Si has leído tres o cuatro manuales de guion, es probable que te hayas encontrado con fragmentos de Casablanca. También es bastante posible que hayas pasado por Chinatown, Tiburón, Deseando amar o Star Wars. Algunas películas han sido escogidas para convertirse en los «ejemplos perfectos» para sostener todo tipo de teorías.
Con los tebeos no suele pasar tanto, al menos cuando se trata de comprender cómo funciona una herramienta concreta dentro de una historia o sencillamente ponerle nombre. Cuesta encontrar manuales o espacios que se fijen en cómo se construye una trama en un tebeo. Sí que hay algunas webs e iniciativas que transitan, o transitaron, ese camino. Ahí están el espacio «La decisión del guionista», que se publicaba hace ya más de una década en Zona Negativa, los análisis de página de Pedro Paredes en Construyendo Historias, los trabajos de Roberto Bartual sobre teoría del cómic o varios posteos de ADLO en los que a base de mala leche y mucho humor podemos llegar a algunas conclusiones sobre cómo no escribir según qué cosas.
También existen infinidad de sitios en los que te hablan de historia, de narrativa, de dibujo, de importancia cultural, de función social… Mil y un temas tratados de mil y una formas diferentes: desde el tono amable y sencillo hasta densas investigaciones cargadas de datos.
Lo de hoy pretende algo un poco diferente y más concreto: hablar de herramientas narrativas y explicar cómo se utilizan en la escritura mediante ejemplos reales extraídos de obras conocidas.
Para hacerlo voy a utilizar distintas cartas de mi baraja de recursos narrativos. No porque piense que los guionistas se ciñeron a uno u otro arquetipo a la hora de crear sus tebeos, sino para mostrar que quienes escribimos compartimos una enorme cantidad de cachivaches. Algunos los conocemos por su nombre o porque hemos estudiado en algún sitio donde nos hablaron de ellos. Otros los hemos incorporado después de leer, ver, escuchar, jugar y vivir miles de historias.
Hay veces en las que no tenemos ni idea de que la escena que estamos construyendo equivale casi al milímetro a una función de Propp o a uno de los puntos de la Hoja de Tiempos de Blake Snyder, pero eso no quita que la herramienta esté ahí. Eso es algo mágico en toda esta vaina de contar cosas: heredamos millones de «trucos» de todos los que vinieron antes que nosotros.
Mi intención es que esta sea una serie de varias entregas. Pero ya sabemos cómo va esto así que tampoco voy a prometer nada.
Hala, arrancamos nada más y nada menos que con El adivino, uno de los títulos clásicos de Astérix más recordados, escrito por el genial Goscinny y dibujado por Uderzo.
Todo arranca cuando un señor de aspecto inquietante entra en una aldea durante una tormenta y anuncia que es capaz de ver el futuro. Esto siempre inspira confianza.

No hace falta ver el futuro
En las primeras páginas de El adivino, Panorámix ha abandonado la aldea para acudir a la reunión anual de druidas. Su ausencia coincide con una tormenta que aterroriza a casi todos los habitantes. Los galos, capaces de plantar cara al ejército romano sin despeinarse, están convencidos de que el cielo puede caer sobre sus cabezas y ese es el mayor de sus temores.
En ese momento llama a la puerta Prólix.
La colocación del personaje no podría ser más precisa. El adivino no llega cualquier mañana mientras los galos merodean por la aldea y discuten por alguna minucia. Aparece de noche, bajo la lluvia y cuando la persona que representa el conocimiento dentro de la comunidad no está.
Antes de que Prólix haga nada, Goscinny y Uderzo han creado una necesidad. Los habitantes de la aldea no buscan una predicción porque sientan curiosidad por el futuro. Buscan a alguien que convierta su incertidumbre en una respuesta.
Aquí entra la primera carta:
PRESAGIO
«Una profecía, una leyenda, una tradición o una creencia anticipan que algo sucederá de forma irremediable».

Es uno de mis tropos favoritos. A veces viene en modo de sueño premonitorio. Otras veces es una profecía que habla del apocalipsis o de un nacimiento que marcará para siempre el destino de todo un pueblo. Tiene miles de formas y su función suele ser la de introducir información sobre el futuro y, con ella, una expectativa. A partir de ese momento, tanto los personajes como quienes leemos esperamos comprobar si lo anunciado llegará a suceder. Eso permite crear suspense, preparar una amenaza o conceder un sentido nuevo a cuanto ocurre después.
Prólix utiliza el mecanismo de una forma bastante particular. Sus predicciones no suelen ofrecer información precisa. Están construidas para que cualquier resultado pueda interpretarse como un acierto.
Cuando examina el pescado de Ordenalfabétix, anuncia que al día siguiente hará buen tiempo y que habrá una pelea. La primera predicción aprovecha que la tormenta está terminando. La segunda necesita poco riesgo en una aldea en la que hace falta muy poco para que el más mínimo comentario sobre el pescado se convierta en un follón.
No está viendo el futuro. Sabe lo que hay.

La página 10 prepara y la 11 ejecuta. La discusión provocada alrededor de las predicciones termina en una pelea y esa misma bronca funciona como demostración de que Prólix tenía razón. El adivino no necesita causar directamente el enfrentamiento. Le basta con anunciar algo muy probable dentro de una comunidad que ya posee todos los ingredientes necesarios para cumplir su profecía.
El presagio modifica además la manera en la que los personajes interpretan lo que ven. El jaleo deja de ser algo rutinario sin más y se convierte en una prueba de que el pitoniso puede ver el futuro. La herramienta narrativa no cambia los hechos, cambia su significado.
Un engaño funciona mejor con una colaboración
Prólix no tarda en abandonar la casa del jefe, pero su prestigio ya ha empezado a crecer. Karabella sale tras él y lo convence para que permanezca en el bosque. Después, buena parte de los habitantes empieza a visitarlo en secreto. Le llevan comida, bebida y preguntas. Cada uno desea una predicción distinta, aunque todos esperan en realidad lo mismo: que el futuro confirme aquello que quieren.
El personaje comprende enseguida qué debe ofrecerles. A Karabella le anuncia que su marido será llamado a más altos destinos y que ambos acabarán viviendo en Lutecia. A Ordenalfabétix le presenta un futuro favorable. A cada visitante le devuelve una versión mejorada de sus propios deseos.
La segunda herramienta permite describir esta operación.
ENGAÑO
«El agresor intenta engañar a su víctima para apoderarse de ella o de sus bienes».

En las funciones de Propp, «agresor» y «víctima» no necesitan entenderse como descripciones morales cerradas. Son roles que alguien ocupa dentro de una acción. El agresor intenta obtener algo de la víctima y para ello suele recurrir a diferentes argucias. En ocasiones tirará de interrogatorio, pero otras recurrirá a un engaño, alguna triquiñuela con la que hacer que la víctima haga justo lo que él quiere.
Prólix busca comida, refugio, seguridad y una posición de poder. Para conseguirlo observa a cada persona, detecta qué desea escuchar y formula una predicción lo bastante amplia como para resultar atractiva.

Sin embargo, el engaño no basta para explicar lo que sucede. Prólix puede mentir todo lo que quiera. Si nadie modifica su comportamiento, la mentira no hace avanzar la historia.
Por eso la siguiente función de Propp aparece pegada a la anterior.
COMPLICIDAD
«La víctima se deja engañar y ayuda a su enemigo a su pesar».

La palabra «complicidad» puede sonar aquí un poco raruna. La gente de la aldea no sabe que está colaborando con el engaño. Precisamente por eso la definición termina con «a su pesar». La víctima acepta como verdadera la información del agresor y, al actuar en consecuencia, facilita que este consiga su objetivo. ¿Te acuerdas de la manzana de Blancanieves? Pues eso.
Los galos alimentan a Prólix. Lo esconden. Difunden su prestigio. Compiten por consultarlo y convierten cualquier coincidencia en una nueva prueba. El poder del adivino no procede de su capacidad para ver el futuro, sino de la cantidad de personas dispuestas a ir diciendo por ahí que tiene esa capacidad.
Uderzo lo hace visible mediante la posición de los cuerpos. Prólix aparece sentado, tumbado o apoyado mientras los demás se inclinan hacia él, lo rodean, le ofrecen comida o aguardan una respuesta. No necesita imponerse físicamente.
Con la complicidad construyen su autoridad.
La profecía como instrucción
Hasta este momento, las predicciones sirven sobre todo para que Prólix viva estupendamente a costa de los demás. La trama cambia cuando una patrulla romana lo captura y lo conduce ante el centurión Caius Noterajus.
Prólix admite que no es un verdadero adivino. El centurión no parece demasiado preocupado por ese detalle y le propone utilizar sus supuestas capacidades para expulsar a los galos de la aldea.

Esta secuencia elimina cualquier duda sobre el personaje y transforma también el funcionamiento de sus profecías. Hasta entonces, Prólix estudiaba las circunstancias y anunciaba resultados probables. Ahora recibe un objetivo concreto: conseguir que los galos abandonen sus casas.
Para lograrlo regresa a la aldea y anuncia que la cólera de los dioses provocará un aire irrespirable. La predicción ya no intenta anticipar lo que va a suceder. Está diseñada para provocar una conducta.
Prólix no dice «marchaos». Dice «si permanecéis aquí, ocurrirá una desgracia». La apariencia de presagio oculta una orden. Y los habitantes obedecen. Es el mismo recurso, pero ahora es mucho más efectivo porque Goscinny lo ha ido sembrando durante más de medio álbum.

Cuando el adivino levanta los brazos y lanza su amenaza en la página 24, buena parte de la aldea ya obedece porque se ha ido construyendo su poder. Ha conseguido instalar el miedo en la gente y eso casi siempre tiene consecuencias:
Prólix miente. Los galos le creen. Los galos abandonan la aldea. Los romanos pueden ocuparla sin combatir.
Y llega otra función de Propp más.
FECHORÍA
«El agresor daña a uno de los miembros de la familia o le causa perjuicios».

La fechoría es un ataque o un daño que rompe una situación y exige una reparación. Puede ser un secuestro, un robo, una agresión, un asesinato o la pérdida de un castillo. En El adivino, los habitantes pierden la aldea sin que los romanos necesiten superar sus defensas.
Lo más interesante es que quienes ejecutan la acción decisiva son las propias víctimas. No son expulsados por los romanos. Prólix no se planta allí con un ejército de mercenarios para echarlos de sus casas. Les hace creer en su poder y eso convierte su amenaza en una realidad innegable.
Los personajes trabajan para el enemigo pensando que están intentando salvarse.

Primero creemos y después buscamos las pruebas
La historia podría haberse conformado con mostrar que Prólix es un estafador. Sin embargo, Goscinny consigue hacer algo más, algo que lo hace especialmente divertido. Una vez aceptada la autoridad del adivino, la gente empieza a interpretar cualquier acontecimiento como una confirmación.
El propio Prólix reconoce ante el centurión que no puede hacer verdaderas predicciones. Si hubiese sabido lo que iba a suceder, afirma, no habría acabado detenido por los romanos. Pero Noterajus ya ha comprobado que la aldea está vacía. Los hechos encajan con lo anunciado y decide creer en él incluso cuando el supuesto adivino niega sus poderes. La mentira ha dejado de depender del mentiroso.
Astérix, Obélix y Panorámix aprovechan esa situación. El druida prepara una mezcla pestilente y la extiende por la aldea. Cuando el olor llega hasta los romanos, estos no se preguntan quién puede haberlo provocado. Ya poseen una explicación: Prólix había predicho que el aire se volvería irrespirable.

El engranaje del presagio funciona como un reloj:
Prólix anuncia una desgracia. Los galos creen la predicción y abandonan la aldea. Panorámix provoca el fenómeno anunciado. Los romanos encuentran aquello que esperaban encontrar. La coincidencia aumenta la autoridad de Prólix.
Cada personaje actúa por un motivo diferente, pero todas las acciones terminan alimentando la misma interpretación.
Esto nos ofrece una herramienta muy útil para escribir. Si queremos construir una profecía autocumplida, no necesitamos que el anuncio describa con exactitud el futuro. Podemos hacer que reorganice las decisiones de los personajes hasta producir un resultado que se le parezca. La profecía no anticipa la causalidad. La pone en marcha.
Desenmascarar no basta
La historia conduce finalmente a otra función.
DESCUBRIMIENTO
«El agresor o el falso héroe es desenmascarado».

Prólix queda expuesto cuando sus predicciones dejan de proporcionar una explicación satisfactoria. Los romanos han sido derrotados, el centurión descubre que lo han manipulado y los aldeanos comprenden que el supuesto adivino colaboraba con el enemigo.

El descubrimiento no consiste únicamente en que el público sepa la verdad. Quienes leemos conocemos el fraude desde mucho antes. Para que la función se complete, la verdad debe modificar la situación dentro de la historia. El falso poder de Prólix desaparece cuando los personajes dejan de comportarse como si existiera.
Sin embargo, Goscinny introduce una última resistencia. Incluso después de descubrir el engaño, algunos habitantes buscan explicaciones que les permitan conservar su creencia. La demostración de un fraude no elimina de inmediato la necesidad que lo hizo posible. Por eso el cierre recupera la tormenta del comienzo.
Cuando nuestro falso adivino, cansado de desgracias, renuncia incluso a dejar de ser lo que era lanza una provocación al cielo: «¡Y si algún día cambio de opinión que Taranis haga que el cielo se desplome sobre mi cabeza!»

El juego se completa y ofrece un cierre redondo. La creencia de que Taranis un día puede hacer caer el cielo sobre sus cabezas cae sobre Prólix con unas dosis bien altas de ironía y haciendo ver que a veces hay gente capaz de predecir que después de una tormenta vendrá la calma o, como decimos en mi casa, de descubrir el Mediterráneo.
Meter la herramienta en la caja
El adivino no se limita a contar la historia de un farsante que engaña a una aldea. Construye una cadena en la que cada herramienta necesita la anterior:
El presagio genera una expectativa, el engaño la utiliza y permite dirigir la conducta de los personajes, la complicidad pone a toda la aldea al servicio del estafador, la fechoría convierte esa complicidad en un daño importante y, al final, el descubrimiento desmonta al falso adivino y llega la reparación.
Esta combinación se puede utilizar en historias completamente diferentes. No tiene por qué incluir a alguien que diga conocer el futuro. Podría prometer una recompensa, inventarse una amenaza, manipular una información o intentar que alguien actúe a su favor a base de hacerle creer varias mentiras. Alguien cree, reacciona y la situación cambia.
Prólix nunca fue capaz de ver el futuro. Tampoco le hacía falta: había conseguido algo bastante más útil, que los demás se encargasen de construirlo.
En los cimientos hay una construcción clásica que tira de elementos reconocibles, los pule y los presenta de modo divertido, pero ahí están. Goscinny no inventa las herramientas, simplemente las maneja con oficio y esa es la lección más importante de todo esto.
