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La libertad artística es incuestionable

Hace poco más de un mes, la organización Freemuse lanzaba su informe anual sobre la libertad artística y el resultado no solo es preocupante, es devastador.

La libertad artística no retrocede solo en dictaduras o regímenes autoritarios, sino que en democracias supuestamente fuertes se está ejerciendo una gran presión política, institucional, judicial y social sobre la cultura.

La censura llega a través de cancelaciones preventivas (o incluso en directo como vimos hace unos meses), de retirada de financiación, de acusaciones de extremismo o radicalidad, de campañas mediáticas, de «búsqueda de neutralidad» y, por supuesto, de autocensura.

Cuando una jueza decide dar la razón a Abogados Cristianos y condenar a la revista El jueves diciendo que se traspasan los límites de la libertad de expresión, no se pretende solamente dar un toque de atención sino que se quiere reabrir un debate que, en 2026, debería estar más que superado: los límites del humor.

No falla, ahí tenemos a varias tertulias metiendo en escaleta lo del jueves. Y ya poco importa el hecho concreto en sí, toca hablar de lo que los artistas pueden o no pueden hacer con su arte.

El problema, una vez más, es que seguimos sin ir a la raíz: en España no está garantizada la libertad artística. Y no es una cuestión de «nos comen los fachas», es un tema de que el poder y la libertad siempre se han llevado regu.

Recuerden que Pablo Hasel lleva unos cuantos añitos a la sombra y no solo se olvida con demasiada frecuencia, sino que incluso en perfiles rojipardos se juega al «se la estaba buscando».

Recuerden también aquel chiste de David Suárez sobre sexo oral y el síndrome de Down y cómo se encendieron antorchas a un lado y a otro de todo el espectro político.

Porque sí, un chiste, una canción, una viñeta, un tebeo o cualquier otra representación en el ámbito de la ficción puede parecernos aberrante, espantosa, una soberana mierda o merecedora del mayor de los desprecios, pero debe poder existir siempre.

Siempre.

Sin excepción alguna.

Sin paternalismos del tipo «el humor debe hacerse desde abajo hacia arriba».

Porque no, no DEBE nada. No hay límite que valga y, sobre todo, tú no eres nadie para marcar esos DEBE.

¿Quién demonios te crees que eres?

Cuando la justicia entra arrasando de esta manera solo busca lo de siempre: generar miedo.

Pero ese miedo no solo actúa como autocensura. También actúa sobre todo el ecosistema cultural. En el medio plazo, la sátira más dura, la ficción más combativa queda recluida (aún más) en el underground, se saca del tablero a quienes protestan y se complementa una labor que ya se hace manteniendo la precariedad en las clases creativas.

Cuanto más se mantiene en la precariedad a las artistas, más abandonan el arte y más queda en manos de clases acomodadas que, por definición, siempre van a ser menos críticas.

Si a eso añadimos incertidumbre, miedo, autocensura y como única vía de financiación el dinero público, pues ya tenemos el combo completo.

Por suerte en España todavía mantenemos publicaciones, editoriales, humoristas, cantantes, escritores y cineastas valientes, pero me temo que deberíamos ser mucho más contundentes.

La libertad artística no se toca.

Nunca, bajo ningún concepto, sin supuestos, sin excepciones, tanto si te gusta el chiste, la canción, el tebeo o la película, como si no te gusta y te parece una oda a lo más repulsivo del universo.

No se toca, porque cada vez que ocurre, en cada ocasión que se señala o se condena admitimos como cuestionable la libertad.

Y es incuestionable. Hoy, mañana y siempre.

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