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Colega, ¿dónde está mi kimono? (I)

No es que tenga intención de hacer de cuando en cuando monográficos sobre el deporte en el mundo del cómic, pero la verdad es que las artes marciales es algo muy ligado a algunas de las obras con las que he crecido, con lo cual, me apetecía dedicarle un espacio por aquí. Siento si alguno no comparte el interés, pero intentaremos dar con la tecla… el próximo investigaré sobre curling. Eso sí, por no repetir también el formato de mi debut en Escribiendo Cómics (¿cómo? ¿No lo llegaste a leer? pues clica aquí), en esta ocasión no voy a diferenciar entre mercados ni cronologías, sino que va a ser un popurrí en el que soy un pasajero del contenido, y no tanto un conductor. Ah, y esta es la primera de dos entregas, así que atentos al mes que viene para completar el repaso.

En lo personal, lo primero que recuerdo yo como lector de cómics relacionados con las artes marciales, fueron los viejos cuadernillos protagonizados por Shang-Chi que editaba Vértice allá por finales de los setenta bajo la cabecera Relatos Salvajes. No es que yo los leyera con un par de años de existencia. Es que mi tío los compró en su día y cuando tuve algunos años más (tampoco muchos) y me picó el gusanillo de los tebeos, los leía con tremenda adicción cada vez que iba a casa de mi abuela (que allí se quedaron). La edición de Vértice era heredera directa de Deadly Hands Of Kung Fu. Es interesante conocer por qué algunas de las historias de Shang-Chi y de otro puñado de personajes relacionados con el mundo de las artes marciales, no salían publicadas en formato comic-book habitual de otros personajes, sino dentro de dicha revista, editada por Curtis Magazines, que era un sello asociado de la Marvel. El motivo era bien simple: esquivar la famosa censura del Comics Code. Si no salía en formato cómic, sino dentro de una revista, podía contener material con algo más de violencia y erotismo. Tampoco es que se soltaran la melena, pero era abrir la mano a historias donde las artes marciales tenían cabida perfectamente. Si tenemos en cuenta que a principios de los setenta, la figura de Bruce Lee era casi icónica ya tras los pelotazos de Kárate a muerte en Bangkok, Furia Oriental o El furor del dragón, y que además David Carradine interpretaba a Kwai Chang Caine en la famosa serie de televisión Kung Fu, la lógica dictaba que el cómic de artes marciales fuera un nicho de mercado por explotar.

Ambas referencias están muy ligadas al origen de Shang-Chi como personaje «reclutado» por Marvel. Sus creadores fueron el guionista Steve Englehart (mente pensante tras el notable arco Imperio Secreto, inspirado por el Watergate) y Jim Starlin (una institución en el mercado estadounidense) en labores gráficas. Pero no lo crearon tal cual de primeras, sino que acabaron de rebote en las oficinas de Marvel, tras haber sido rechazados por DC cuando presentaron una adaptación de la serie Kung Fu. Roy Thomas (ligado a la figura de Conan por los siglos de los siglos) fue el que les compró la idea… de aquella manera. Le interesó la temática de las artes marciales pero no quería hacer una adaptación de Kung Fu, entre otras cosas porque eso supondría una posible compra de derechos a la Warner. La contraoferta que Thomas hizo a Englehart y Starlin fue la de crear una historia en la que se incluyera a Fu Manchú, el villano creado por el escritor Sax Rohmer, de quien Marvel había comprado los derechos entonces. Ah, eso y que el protagonista fuera mestizo, mitad chino y mitad blanco. Vamos, que les dijo que le gustaba lo de las artes marciales, pero que el resto lo cambiaran. Englehart se las apañó para justificar la presencia del supervillano chino, haciendo que fuera el padre de Shang-Chi en sus orígenes. Luego, la historia daría vueltas a tramas y nombres debido a la perdida de los derechos del personaje, pero el parentesco entre ambos permanecería incluso hasta la horrorosa adaptación al cine muy reciente. Si hay que rescatar una etapa brillante dentro del ya largo recorrido de Shang-Chi, seguramente 9 de cada 10 dirían la que se cascaron el dúo Moench-Gulacy. El otro, que sería yo, pondría el trabajo de Gene Day por encima aunque alguno se tire de los pelos.

Quizá en vuestra cabeza ronda la pregunta ¿y por qué no hicieron cómics de Bruce Lee directamente en vez de sacarse un sosia de la manga? Pues en verdad sí que intentaron sacar historias con Bruce Lee como protagonista, pero si con el tema de Fu Manchú hubo movimientos de un lado a otro por tema de derechos, imaginad lo que supondría en aquella época llevar adelante una cabecera con uno de los personajes más relevantes del siglo XX. Precisamente en The Deadly Hands of Kung Fu se incluyó un especial de 35 páginas ya con él fallecido. Posteriormente, hubo un intento por parte del célebre Milton Caniff (Terry y los piratas, Steve Canyon…) de hacer una tira cómica para Los Angeles Times Syndicate. Solo hizo una junto a Noel Sickles, pero cuando empezaron a sugerirle cambios, Caniff dijo que adiós muy buenas. Eso no frenó la idea de la tira cómica por parte de Los Angeles Times Syndicate, que cinco años más tarde (1982) publicaría The Legend of Bruce Lee, escrita por Sharman DiVono y dibujada por Fran Matera. Editoriales como Warrior Publications en los ochenta, Malibu Comics en los noventa (un horror de miniserie con Mike Baron y Val Mayerik) y más recientemente Magnetic Press, contando con la aprobación y participación de la hija de Bruce, Shannon Lee, han ido intentando sacar diferentes historias con dudoso éxito comercial. Pero antes de pasar al siguiente hito, os recomiendo echar un vistazo a este post de hace más de veinte años publicado en ADLO, donde se cuenta con la sorna habitual, cómo en España se dio el caso de que una editorial catalana llamada Vilmar, allá por los ochenta, tuvo los huevazos (¿derechos? ¿qué derechos?) de cascarse lo menos 40 grapas dedicadas a la figura de Bruce Lee, con situaciones tan surrealistas como las que cuentan los de ADLO. ¿De aquellos polvos, estos lodos? No vamos a entrar en ese lodazal, porque entonces necesitaríamos una retroexcavadora.

La tercera pata de este banco (de tres patas) sería Puño de Hierro, o para los que hayan llegado al personaje con sus recientes adaptaciones, Iron Fist. Se ve que Roy Thomas le vio salida al tema de las artes marciales y después de redirigir la propuesta de Englehart y Starlin, cogió un batiburrillo de referencias para idear a Danny Rand, un chico de familia acaudalada al que su padre lleva de excursión a la ciudad perdida de K’un-L’un (cosas de ricos) solo para palmarla junto a su esposa. El chaval es recogido por los habitantes de K’un-L’un y allí aprende Kung Fu y Wing Chun (creado por la sacerdotisa Ng Mui) de la mano de Lei-Kung el Tronador (¿por qué?). Corte a la mayoría de edad en la que se enfrenta al reto de pelear contra Shou-Lao el Inmortal (que no será tan inmortal cuando acaban con él cada vez que surge un nuevo Puño de Hierro). Y de ahí surge su poder como uno de los portadores del poder que le permite concentrar su chi en el puño y romper paredes de acero como si fueran decorados de cartón piedra. Hay que decir que lo mejor que tenía el personaje es el diseño de Gil Kane, con ese uniforme y capucha verdeamarela, como si fuera a jugar con Pelé, Jairzinho, Rivelino o Tostão. No obstante, cuando Puño de Hierro agarra verdaderamente es cuando llegan Chris Claremont y John Byrne. Ambos comenzando en el negocio. Y ambos con ideas y hambre como para hacer que la colección de Iron Fist tuviera más repercusión que la cabecera protagonizada por Shang-Chi. Después de aquella etapa me quedaría con las interpretaciones que hicieron como no, Brubaker, Fraction y David Aja en El Inmortal Puño de Hierro, y una que me gustó no hace tanto (para el tiempo que llevo sin comprar un cómic de SHs) es la que hicieron David Walker y un tremendo Sanford Greene al dibujo.

Antes de dejar un punto y aparte… pero esperad, mis poderes mentales me dicen qué estaréis pensando a estas alturas: «¿pero qué tipo de repaso es este que no menta a ningún manga ni cosas hechas aquí en nuestro país (las hay, las hay)?» Tranquilidad, queridas y queridos, porque en un mes volveré con la segunda entrega de este Colega, ¿dónde está mi kimono? para completar todo eso que estáis echando a faltar y quizá, solo quizá, alguna cosa que ni se os pasa por la cabeza.

Como decía, antes de dejar un punto y aparte hasta junio, no puedo olvidarme de dos curiosidades en el combo cómics y artes marciales. La primera es que antes que Daniel LaRusso ganará injustamente el combate por el título con la técnica de la grulla, había un Karate Kid en el universo DC: Val Armorr, un miembro de la Legión de Superhéroes, que apareció por primera vez en Adventure Comics #346. Su creador fue Jim Shooter, a la postre mítico editor. Os soy sincero, no tengo ni idea y creo no haber leído nada donde salga este personaje, pero en los créditos de Karate Kid (la película) se puede ver que los derechos del nombre pertenecen a DC Comics. La segunda es que Chuck Norris tuvo su propia serie de cómics en los 80 de la mano de Star Comics (sello infantil de la Marvel), titulada Chuck Norris: Karate Kommando, y como no hace tanto de su fallecimiento me parecía oportuno al menos que apareciera aquí.