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¿Hay que leer para escribir?

La respuesta rápida: sí, claro. Pocas cosas con respecto a la escritura se pueden afirmar de forma más tajante que esta: si quieres escribir tienes que leer.

Sin embargo, en estos días en los que se habla tanto de «consumir» para referirse a la lectura o al visionado de películas, parece importante hacer una serie de puntualizaciones.

DISCLAIMER: puede que alguien se sienta ofendida por lo que va a leer a continuación. Si ese es tu caso te recomiendo que me busques en Facebook para insultarme. Al final del artículo dejo un enlace a mi perfil en la red social de Mark.

Dicho esto, vamos allá.

SI NO ANALIZAS DA IGUAL QUE LEAS

Seamos sensatas: leer por leer no solo es maravilloso, es una de las actividades más estimulantes y más sanas que existen. Hay cientos de estudios científicos que lo avalan. Si eres capaz de ir pasando las páginas con un mínimo de atención y concentración (algo que da para un ensayo completo) ya estarás obteniendo un montón de beneficios directos en tu habilidad para escribir: vocabulario, memoria, sintaxis, ortografía…

Eso ya es bueno, claro, sin embargo no será suficiente si lo que quieres es que la lectura te haga mejor escritora. Para ello hay que trabajar con lo que lees y mantener un diálogo con los entresijos de la obra. En otras palabras: analizar, ser capaz de desgranar de qué manera la autora fue tomando decisiones y por qué.

Vale, muy bien, pero ¿de qué decisiones estamos hablando?

Técnicas, decisiones técnicas.

Hagamos un breve alto en el camino para repetir algo que ya se ha dicho en este blog varias decenas de veces: escribir requiere técnica. Si eres de las que cree que todo es una cuestión de inspiración, musas, litros de alcohol y golpes de ingenio, te equivocas.

Mucho, te equivocas mucho.

A nadie se le ocurriría pensar que el dibujante estrella del momento llegó a un nivel tan alto con un golpe de ingenio y un talento sobrenatural casi inexplicable. No. Fueron miles de horas dibujando. «Pero existe el caso de Dibujo Dibújez que con solo 15 años le dieron la serie de MurciélagoMan y aprendió a dibujar en dos horas y vivía en una cueva con una familia de marsupiales pequeños».

Vale… puedes mentirte todo lo que quieras y creer en todas las historias de «aprendió por su cuenta en un garaje» que te apetezca, pero lo cierto es que en esta realidad si quieres dibujar vas a tener que estudiar, vas a tener que conocer la técnica y vas a tener que elaborar y sostener tu propio proceso creativo. Al menos desde la perspectiva más industrial de todo esto.

Y es ahora donde viene la magia: si quieres escribir vas a tener que estudiar, vas a tener que conocer la técnica y vas a tener que elaborar y sostener tu propio proceso creativo.

Sí, sí, exactamente igual, aunque creas que no es así. Y ojo, que no digo que tengas que ir a una escuela a formarte de manera más o menos reglada (aunque eso te facilitaría muchísimo el camino), puedes ir haciendo bastante por tu cuenta, pero si no conoces la teoría podrás llegar como mucho a ser como un guitarrista que toca de oídas. ¿Los hay buenos? Alguno, pero siempre van a tener limitaciones porque hacen algo sin comprender muy bien por qué lo hacen (sí, aquí seguro que también encuentras el caso de Guitarra Guitárrez que jamás aprendió a leer una partitura y acabo formando su propia orquesta sinfónica).

Si lees sin analizar puedes adquirir conocimiento superficial que, sobre todo, se quedará en la capa de lo que te gusta y lo que no te gusta.

Si quieres analizar, si empiezas a preguntarte sobre estructuras, sobre ritmo, sobre tono, sobre construcción de personajes, sobre sonoridad en los diálogos, sobre intención, sobre todo tipo de juegos narrativos, sobre subtexto, sobre conexión entre imagen y texto y sobre todo lo demás, deberías tomarte tu tiempo, tomar notas, poner toda tu atención.

E insisto, si simplemente lees ya tendrás algo ganado, pero si no analizas, el beneficio que obtendrás en cuanto a mejorar tu escritura será extremadamente limitado.

Hace un tiempo realicé un mini curso de escritura impartido por nada menos que Alan Moore. En una de sus lecciones ponía mucho énfasis en analizar lo que leemos y no hacerlo solo con aquellas obras que se consideran «buenas» también con las que no nos gustan, las que nos parecen horrendas.

No se trata de regodearnos ni de pensar «menuda mierda ha hecho fulano» sino de localizar y profundizar en todos y cada uno de los aspectos que hacen que una obra no te funcione yendo mucho más allá de los «me habría gustado que».

Para analizar es imprescindible separarse emocionalmente de la obra, sacar de la ecuación las expectativas propias y ajenas e ir más allá. De lo contrario no hay análisis, hay opinión y eso, que puede aportar muchísimo en la conversación, apenas sirve de nada en el estudio y en la elaboración.

NOTA: dicho todo esto, sí que es cierto que la inspiración puede jugar un papel fundamental en la creación artística, podría escribir sobre ello, pero ya lo hizo millones de veces mejor el austríaco Stefan Zweig para su célebre conferencia en Buenos Aires en 1938: «El misterio de la creación artística».

SI LEES DEMASIADO NO ANALIZAS

En el mundo reseñístico comiquero contamos con una gran cantidad de gente que lee sin parar y leen hacia fuera, para contarnos lo que leen cada semana, cada mes o cada día. Alguno de ellos está por encima de los 400 y los 500 títulos al año. Es una lectura por objetivos.

Muchas de esas reseñas ya no es que sean superficiales, están plagadas de errores de bulto, de una falta total de conocimiento técnico y de obramaetrismo y putamierdismo rampante. Leer muchos cómics y leerlos para correr a publicar qué te ha parecido la lectura enseña muchas cosas, pero ninguna de ellas tiene que ver con los cómics.

Enseña principalmente que estamos absorbidos por el like, por el reclamo de atención, por la dopamina, por la competición, por la sobreproducción, por el consumo y por la total falta de respeto hacia lo que se lee.

Si lo que quieres es escribir me temo que leerte 500 títulos al año para cumplir con algún tipo de meta autoimpuesta (que seguro que tiene muy poquito que ver con la creatividad) no te va a ayudar de nada, es más, todo lo que tenga pinta de reto o de lista de tareas o de objetivos cuantificables solo te dará lecciones sobre autoexplotación, ansiedad y culpa. Tres malas amigas.

¿Es del todo incompatible leer mucho con analizar? No es una respuesta sencilla.

Con 19 años empecé un ciclo superior en imagen. En las primeras clases aprendíamos el lenguaje audiovisual y hacíamos un ejercicio maravilloso: el profesor (gracias, David) escogía un fragmento de alguna película y teníamos que ir anotando cómo se iba construyendo la secuencia completa plano a plano. Anotábamos el valor, la angulación, cómo se producía la transición de cada uno al siguiente y, si había algún tipo de movimiento simple o complejo, cómo arrancaba y cómo terminaba. Lo veíamos tres veces tratando de resolver el puzzle y después lo corregíamos y tratábamos de comprender por qué se había escogido esa sucesión concreta de planos y no cualquier otra.

Hacer todo eso requería algo de conocimiento previo, algo de atención, un punto de reflexión y, sobre todo, tiempo. Pero incluso así no bastaba, además había que cambiar la mirada.

Con 29 años empecé a estudiar en una escuela de guion. Una de las asignaturas que se extendían a lo largo de todo el curso consistía en analizar, reconocer y comprender la estructura de cada película. Cada semana nos proponían un título en el que tenías que ir localizando todo el esqueleto, los puntos, los pilares, las etapas, los pasos o las funciones según el tipo que tocase en cada momento.

Para ello había que ir parando, reflexionando, tomando notas y, una vez más, dedicando mucho tiempo y cambiando la mirada. Si la peli te gustaba o no te gustaba no entraba en la ecuación y tus expectativas sobre ella ya ni te cuento. La cosa iba de radiografiar hasta el más mínimo detalle para comprender primero y asimilar después.

Es más, tanto con los tiernos 19 como con los no tan tiernos 29, tuve el mismo «problema», si cambias tu mirada para entrar en modo analítico de forma continuada y extendida en el tiempo después te cuesta bastante quitarte esa mirada. Eso está genial si quieres ver o leer algo para estudiarlo, pero es un auténtico incordio si lo único que te apetece es ver por ver o leer por leer.

Ese cambio, esa modificación imprescindible para convertir la lectura en estudio, requiere tiempo, pausa, papel, boli, distancia, conocimiento teórico y desapego. Me temo que eso es imposible de conseguir leyendo 500 títulos al año.

SI QUIERES ESCRIBIR TIENES QUE ESCRIBIR

Volvamos a la pregunta inicial de todo esto: ¿para escribir hay que leer? Insisto una vez más: sí, claro, por supuesto. Y además hay que aprender a analizar lo que se lee, sino los beneficios (que los hay y son muchos) no estarán encaminados a la escritura o no podrás aprovecharlos del todo bien para ello.

Sé que es la obviedad más grande del mundo, pero repitámosla una vez más: para aprender a escribir hay que escribir. Estudiar está genial. Leer está genial. Analizar es estupendo. Pero si no escribes todo lo demás no importa. La única manera de saber si has comprendido la teoría, si has extraído algo de la lectura y el análisis, es creando, porque es ahí (y solo ahí) donde descubrirás que existe una inmensísima diferencia entre lo que crees que sabes hacer y lo que realmente sabes hacer.

El bagaje acumulado aporta, claro. Y suma mucho más si eres capaz de desprenderte mínimamente (del todo es imposible) de la subjetividad, pero aquí no hay relatividad ni vuelta de hoja posible: o escribes o no escribes.

Además, hay algo que considero imprescindible: acabar lo que escribes. Por el camino llegarán dudas, bloqueos, inseguridades, ansias por corregir y perfeccionar, momentos de euforia, de machaque, contagios emocionales y un sinfín de cosas más. Obstáculos que amenazarán de forma constante las posibilidades de terminar. Todo ello forma parte indivisible del proceso y lo único que sirve para sobreponerse es ser capaz de poner el punto final.

Cada vez que terminas algo recibes el aprendizaje del trayecto, de la reescritura y de la corrección. Cuando lo sueltas y lo entregas al mundo se cierra el círculo. No hay nada que aporte más, ni teoría, ni lectura, nada más importante para escribir que… bueno… escribir.

SI QUIERES ESCRIBIR TIENES QUE ESCRIBIR, QUE LEER, QUE VER, QUE ESCUCHAR Y VIVIR

Eso no quita que todo lo demás no importe, claro que importa. Estudiar, leer, comprender, analizar y asimilar es relevante. Mucho. Pero también ver pelis, series, obras de teatro, espectáculos de danza, jugar a videojuegos. Escuchar música. Interesarte por cómo funcionan las cosas y estimular todo lo que puedas tu curiosidad. Preguntar, involucrarte, poner atención, vivir experiencias nuevas de manera constante, conocer gente, relacionarte, salir a pasear, realizar actividades de todo tipo… ya sabes… mantener ocupado y estimulado tu cerebro con algo que esté ahí fuera.

Termino esto con un párrafo del texto anterior que es ideal también para el de hoy: «cuanto más rico sea tu universo emocional y, sobre todo, más capaz seas de analizarlo y comprenderlo, más sabor y peculiaridades podrás añadir a cualquiera que sea la base que escojas y en cualquiera de los ámbitos que forman parte de la narración. Si no quieres caer en el tópico ni en el tropo muerto, ya sabes».