En 1955, Albert Einstein escribió una carta de pésame a los familiares de su gran amigo Michele Besso. En la carta, Einstein «resta» importancia a su fallecimiento concluyendo el texto de esta forma: «Ahora me ha precedido en la partida desde este extraño mundo. No significa nada. La gente como nosotros, quienes creen en la física, saben que la distinción entre el pasado, el presente y el futuro es solo una ilusión obstinadamente persistente».
Además de una despedida triste y bella, el fin de esa carta ejemplifica parte de la teoría de la relatividad que Einstein presentó en Berlín en 1915. En ella expuso uno de sus grandes hallazgos científicos y humanistas que hasta hoy día conviven entre nosotros: el tiempo no es absoluto, sino relativo al observador. El «ahora» no tiene un significado universal. El universo es un bloque espacio-temporal donde todos los momentos existen simultáneamente. De esta forma, el tiempo no existe. Es solo una ilusión. Y si el tiempo no existe, solo existe el cambio. La experiencia del cambio. El ciclo de los días, las estaciones o la vida y la muerte. Pero también el pasar de las nubes o la vela que se consume hasta hacer desaparecer su llama. Son experiencias humanas universales a mayor o menor escala. El cambio forma parte de todos nosotros. Algo que el lenguaje del cómic, por su propia naturaleza gramática y semiótica, es capaz de recrear como ningún otro arte puede. O al menos como cualquier otro arte capaz de percibir la fugacidad de nuestro mundo y ser.

Aun sin conocer la teoría de la relatividad, este sentimiento o intuición tuvieron que tener los primeros autores y autoras de cómic de la historia cuando decidieron dar forma a lo que hoy día entendemos como cómic —si eso de verdad se puede establecer—. Hablo de aquellos pioneros y pioneras de finales del siglo XIX y principios del XX, que supieron ponderar y modelar la esencia del cómic —y que por momentos me parece perdida en pleno 2026—. Me refiero a Rodolphe Töpffer, Matthew y Mary Darly, Cham, Gustave Doré, Christophe, Nadar, Wilhelm Busch, Caran d’Ache… Pero también a Ruth Ann Roche, George Herriman, Ethel Hays, Nell Brinkley, Winsor McCay, Lyonel Feininger, Fay King, Charles Forbell, Cliff Sterren, Frank King y Lola Anglada entre otras muchas. Todos ellos, a su forma, eliminaron de la ecuación al tiempo y dieron todo el protagonismo al espacio. A la ordenación del espacio. Que es a su vez una ordenación del caos.

Cualquier lenguaje artístico intenta ordenar el caos y lo hace gestionando las emociones según la expresión y el medio elegidos para tal fin: se ordena el ruido en música, la reflexión en dibujo o narrativa, la materia en pintura o escultura… Cada artista lo hará a su manera de ver y sentir y no importa en realidad que el ruido también pueda traducirse en una ready-made o que un dibujo parta de un sabor. Siempre habrá un punto inicial de potencial convivencia entre sensitiva emoción —humanidad— y realidad. O la acción de hacerse real que es lo que acaba siendo una obra. Y si esta es honesta siempre será inacabada, siempre será propensa a ser expandida, intervenida o catalizadora de otras emociones y obras ya sea a través de la misma autoría, de otras que tomen el testigo o queden —tan simple y completo— entre los pensamientos y experiencias de aquellos que hayan transitado la obra como lectores, espectadores o transeúntes casuales.
Así, la ordenación del espacio se hace fundamental a la hora de hacer cómics. El autor y autora de cómic trabaja con espacio y no con tiempo. Habrá simulación del paso del tiempo, si así se quiere, pero nunca será tan decisiva como la distribución y adecuación de los elementos que cada obra legisle dentro su espacio.

Entonces, si el cómic es una ordenación del espacio, también es un microcosmos de ordenación o reflexión del mundo. De una parte de él según cada momento. Así cada obra podría funcionar como un instante donde retrocedamos a nuestro propio nacimiento, a uno de los mecanismos de crecimiento y supervivencia más humanos que existen: el entendimiento del mundo que nos rodea a través de las imágenes. En Modos de ver, Jonh Berger dice que la vista llega antes que las palabras y que un niño mira e identifica antes de hablar. También dice que las palabras que explican el mundo nunca se adecuarán completamente a la experiencia de la visión. Y que además de una respuesta mecánica de los estímulos, es también un acto de elección. Elección consciente o inconsciente. Pero nunca neutra. Es la llamada percepción fragmentada de la realidad en la que el cerebro interpreta, completa e inventa lo circundante según su experiencia. Además, si elevamos la ecuación al triángulo comunicativo entre obra, autoría y lector, el acto de elegir cada momento dividido representado, establece una relación recíproca con la visión del lector: si podemos ver, podemos ser vistos sin establecer, de primeras, un diálogo entre las partes —pero sí con la obra—. Lo que es lo mismo que decir que el lector, como no puede ser de otra manera, también selecciona qué ver y cómo. Y el cómic funciona de una forma muy similar. En un cómic la elección de lo representado y su experiencia del cambio —narrativa o no y siendo el formato que sea— es decisiva y condiciona su lectura. Porque además, siempre será una muestra fragmentada de pequeñas coyunturas que se ordenan como una muñeca rusa con sentido panóptico donde pasado, presente y futuro conviven a la vez.

Sigo volviendo a esa época de los pioneros y pioneras —y más allá— para intentar dar sentido al cómic. De momento, la palabra «cómic» siempre ha generado controversia desde su concepción porque etimológicamente no deja de ser una perversión de su propio desarrollo posterior pero que, sin embargo, se ha establecido como el término más aceptado por la popularidad y expansión que obtuvo, a principios del siglo XX, el comic strip en EE. UU. Y tiene su razón de ser porque no deja de ser una forma de no olvidar el pasado y recordar de dónde venimos. Pero siendo así, también se delimita temporal y geográficamente en demasía y, sobre todo, deja fuera la acepción aplicada por Töpffer en 1827: histories en estampes. Un término que además de ser más abierto y conciliador, indaga más y mejor en la tradición desarrollada en Europa mucho antes que en Norteamérica. Y por supuesto también se puede hablar de otras acepciones que van más allá de la traducción pura como fumetto, historieta, manhua, etc. Hasta llegar hasta hoy día donde seguimos inmersos en batallas dialécticas, no solo por el pasado, sino también por el presente con la aparición del término «novela gráfica»… Así la mejor definición del cómic —o parte de su naturaleza— sería su propia indefinición. O también puede ser, como dice Santiago García en La novela gráfica, que «después de más de un siglo de no tomarse en serio a sí mismos, a los historietistas les cuesta empezar a hacerlo ahora».
Además, de forma muy general y complementando lo anterior, existen dos formas de percibir el nacimiento del cómic. Por un lado, hay muchos historiadores que valoran eventos como la Columna de Trajano, el Tapiz de Bayeux o los frescos de la Basílica de San Francisco de Asís de Giotto como acontecimientos dignos de configurar la prehistoria del cómic. Pero muchos otros, como David Kunzle, ponen esta delimitación justo con la aparición de la imprenta en torno a la mitad del siglo XV —destilada entre el XVIII y, sobre todo, el XIX—. Así, William Hogarth actuaría como el abuelo de los cómics —me permito añadir a Mary Darly como abuela— y Töpffer como el padre.

Esta elección es significativa por una razón importante, si la creencia recae en lo que considera Kunzle, se podría considerar al cómic, ante todo, un medio de comunicación popular —íntimamente relacionado con el desarrollo editorial— que necesita de una industria asentada dentro de una sociedad evolucionada culturalmente en la que poder mercantilizar las obras producidas. En cambio, si se bucea en la historia del arte y se encuentran vestigios que anticipan ítems propios del lenguaje visual del cómic, se le da más importancia, justamente, a su filología y a las múltiples mutaciones y ramificaciones que el cómic ha tenido a la largo de la historia.

Sin entrar en polarizaciones y menos en la intención de sentar cátedra alguna —y dejando al margen los resquicios que hay entre ambas visiones— no veo la necesidad de enfrentarlas y reducirlas a compartimentos estancos porque no dejan de ser conceptos complementarios que, al menos en un sentido estrictamente creativo, no hacen más que enriquecer y demostrar la amplitud, complejidad y potencial crecimiento que tiene el cómic. Algo que se complementa con lo que dice Roberto Bartual en Narraciones gráficas. Del códice medieval al cómic, cuando afirma que «el pasado del cómic es su futuro». Donde además apunta que hay una tendencia actual entre autores asentados en echar la vista atrás y recuperar recursos y modos de hacer de los citados. Algunos de estos son Alan Moore, Robert Crumb, Sergio García, Chris Ware, Santiago Sequeiros, Daniel Clowes, Sfar o Laura Pérez Vernetti. Pero también se aprecia este hecho en tendencias contemporáneas de apariencia experimental y tachadas de vanguardistas —ojalá una vanguardia explosiva— en artistas más jóvenes como Aidan Koch, María Medem, Juan Alcudia, Begoña García-Alén, Ana Galvañ, Gustavo Rico, Marta Cartu o Nadia Hafid.
Al revisitar algunas páginas de esos precursores del cómic me sigue fascinando su fecha de creación. Me parecen de una lejanía casi hiperbórea y a su vez, son de una totalidad coetánea. Algo que hace atestiguar que los avances dentro del cómic han sido —con honorables excepciones— más técnicos que lingüísticos desde el siglo XIX hasta nuestros días. Y la demostración palpable que desde entonces ya se asentaron gran parte de las mecánicas que hoy vemos en el cómic y que hay otras muchas —enriquecedoras— se han perdido por el camino.

Por una parte es algo desalentador pero también esperanzador. Soy un firme creyente de las posibilidades del cómic y que lo mejor de este lenguaje está por llegar. Especular sería bastante inocente por mi parte, pero llevo años rondando un pensamiento que comento de vez en cuando sin mayor desarrollo, solo como anhelo: el futuro del cómic está fuera del cómic. Y me refiero, sobre todo, a la hibridación con otras artes y que, aunque esta cualidad es propia de la idiosincrasia del cómic desde siempre, considero algo domesticada hoy día. Atrapada. La inmovilización creativa general en las novedades de cómic actuales es preocupante y muy aburrida —un cómic no se define por su tema ni por su argumento—. Y cuando aparece algo fuera de lo común —de verdad algo fuera de lo común— se pierde entre la vorágine de mastodontes editoriales con poder de elección y posición. Haciendo que la máxima para seguir perpetuando un anquilosamiento global y continuado sea resguardarse en que el cómic es un arte popular donde no hay espacio, por ejemplo y entre otras muchas propuestas artísticas, para el cómic no narrativo.

No sé si atreverme a llamarlo dirección, pero si como dice Thierry Groenstens, «el cómic establece relaciones cooperativas (no subordinadas) entre sus elementos», propongo extender estas relaciones de forma decidida hacia otros formatos y lenguajes. De forma descarada, radical y amparadas desde los trabajos de esos pioneros y pioneras y haciéndolos respetar de la forma en la que nacieron: de forma evolutiva. De lo contrario sería reaccionario. Y si algo no es el cómic, desde su lingüística, es conservador.
No sé si lo que pienso tiene lógica o validez alguna. Tampoco es importante porque lo que dictará el futuro del cómic no será lo que diga nadie. Siempre serán las obras de sus futuros creadores y creadoras y no los designios editoriales ni mercantilistas. Y eso es algo, por suerte, incontrolable. Inocente por mi parte pero, solo me queda creer. Y seguir.

Quizá el cómic es solo «una ilusión obstinadamente persistente» que vive entre nosotros desde siempre o solo desde hace dos siglos cuando hemos necesitado una palabra para visibilizarlo. Quizá su nombre, sea el que sea, nunca será tan completo como el hecho de verlos, transitarlos y vivirlos. Quizá solo seguimos descubriéndolo mientras crece y muta en este instante desde el futuro y hacia el pasado. Quizá ser original no es más que volver al origen. Quizá la dispersión de estas líneas se acerquen a su forma informe, anárquica y anacrónica de espacio infinito y simultáneo. Quizá ser autor o autora de cómic es una respuesta emocional y dialéctica —racional, irracional o arracional— al tránsito por este mundo. A las infinitas experiencias de cambio. Al fulgor de existir.
Einstein acompañó a su amigo Besso pocas semanas después, el 18 de abril de 1955. Y lo hizo tranquilo. Sabiendo que su muerte no era más que un espejismo. Que ambos seguían vivos.
Manu Gutiérrez
Autor y dibujante de cómics
