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El Día del Cómic en la era del contenido infinito

Ya estamos otra vez aquí: el día del cómic, del tebeo, de la novela gráfica, del manga, da banda deseñada y de todo lo demás. Este año no me apetecía mucho repetir ni insistir en cosillas que ya he dicho un porrón de veces y que puedes leer, por ejemplo, en el texto de hace justo un año.

Me apetece mucho más pensar en alto sobre un fenómeno que nos está llevando hacia un lugar pantanoso.

Porque no nos engañemos, es evidente que hemos perdido la cabeza ya del todo. Llevo dos meses seguidos asomándome a los canales de TikTok y de Instagram más exitosos relacionados con la lectura y bueno… lo que encontré me hizo darme cuenta de algo muy importante: si te gusta leer, si de verdad te gusta leer, date un respiro de redes sociales.

No hace falta que te vayas, no es necesario que dejes de seguir los canales que más te gusten, pero sí que me parece útil que te oxigenes, que levantes la cabeza y que tengas algo súper claro: nada de lo que ocurre en las redes es real, nada, es solo una construcción que busca mantenerte dentro.

Ahora mismo es posible que te preguntes a qué demonios me refiero. Y con razón. Así que toca, como de costumbre, tratar de desmenuzar un poquito el menú para ver si podemos preguntarnos tres o cuatro cosas al terminar.

Hace unas semanas ya escribí sobre la relación de la lectura y la escritura en lo que se puede considerar como un pequeño avance de este texto, pero hoy me apetece darle otra dimensión porque creo que hemos llegado a unas cotas de absurdo que se hacen muy difíciles de manejar.

Así que nada, vamos al lío.

BOOKTOKERS, BOOKSTAGRAMERS, BOOKTUBERS

Mi primer contacto con eso a lo que se llama Booktube fue en 2015. Estaba trabajando en la organización de un evento que mezclaba (de forma poco equilibrada) diferentes componentes de cultura pop para tratar de gustar un poco a todo el mundo.

A mí personalmente aquel planteamiento ni me gustaba ni me interesaba demasiado, pero qué queréis que os diga, era lo que me daba de comer en aquel momento (poco, me daba de comer muy poco, yogures, macarrones y ya). Una de las ideas de mi «jefe» (me cuesta hasta escribir la palabra) era que utilizásemos como moderadores para las charlas a gente que tuviese ya un recorrido, por breve que fuese, como booktubers.

Fue mi primera experiencia intensa con gente que te recomendaba lecturas desde un vídeo grabado en su casa. Porque sí, críticos y divulgadores literarios ha habido siempre, pero con la llegada de las redes sociales nació el concepto de los influencers culturales que se salían un poco de la norma marcada hasta aquel momento.

Sí, ya sé que ahora vendrá gente a decirme que la primera etapa de los blogs, que ya existía el podcast en el siglo 17 y que los foros y que blablabla. Para mí hay un cambio muy marcado que va ligado al capitalismo de plataformas, a la locura absoluta de la marca personal y a la cultura del positivismo absurdo.

El prescriptor, centrado habitualmente en las obras o incluso en un tipo de obras muy concreto, se convirtió en un creador de contenido que desplaza el foco y se convierte en protagonista sumándose a la propuesta de una plataforma que solo piensa en acelerarlo todo al máximo para venderte cosas.

Gente que tiene un «saludo inicial», una marca muy concreta, miniaturas estudiadas, un outfit específico, un tono siempre similar, un «no te olvides de suscribirte y darle a la campanita» y cierta obsesión por las métricas y por monetizar lo que hace. Aquello de lo que hablo ya no importa tanto como el hecho de que soy yo hablándote de ello.

Retomo: aquella primera vez, en 2015, asistí perplejo al nacimiento de un fenómeno que transformaría a las lectoras en «comunidad» y en «seguidores». Y vi en directo algo que acabaría convertido en canon: gente que hacía vídeos en casa convertidos en ideales para moderar charlas en eventos. ¿Por qué? Por popularidad.

Aquella fue la primera vez que pensé que algo no encajaba. Tener un canal en una plataforma en la que controlas todos los detalles, no te convierte de inmediato en alguien capaz de desempeñar funciones que nada tienen que ver con eso. A mí me parece lógica pura, pero más de una década después ahí tenemos los resultados…

Sin embargo, eso no me parece ni siquiera especialmente problemático, creo que convertir la lectura en puro consumismo y haber creado monstruosidades como los retos lectores es muchísimo peor.

Las redes, booktok, bookstagram, booktube y demás, son la parte más oscura de la saturación del mercado editorial.

Se lanzan tantos títulos al año que se requiere de toda una maquinaria inmensa que trate de colocarlos como sea. Llegando a la mayor paradoja de todas: la pila de lectura. Comprar para no leer. Acumular títulos pendientes y no tener tiempo (ni ganas) para leer.

Pero… no se acaba ahí… ojalá.

RETOS LECTORES

El síntoma de locura más grave de lo que está pasando con la lectura son los retos lectores. Aplicaciones como goodreads trajeron consigo las métricas. Y ya nos sabemos de memoria qué significa eso en la época actual.

Medimos la cantidad de pasos diarios, medimos los vasos de agua que bebemos, las pelis y series que vemos, las calorías que ingerimos y las que quemamos, llevamos una lista de novelas, de cómics, de videojuegos…

Hacemos una o varias listas de tareas. Y sí, por supuesto, convertimos la lectura en una tarea más que tachar.

Aquí me gustaría detenerme un instante. Es posible que en los últimos años te hayas cruzado con un par de conceptos que están por todas partes, el de los «hábitos» y el del «bloqueo lector».

El primero nos ha inundado. Puedes encontrar miles de vídeos y decenas de miles de publicaciones sobre las virtudes de generar buenos hábitos en tu vida. ¿Es bueno construir hábitos saludables? A ver… resulta absurdo pensar lo contrario. Comer bien, hacer ejercicio, mantenerse hidratado o realizar diferentes rutinas es estupendo. Lo chungo no es eso, es la idea de optimización personal que suele esconderse tras la inmensa mayoría de todos esos mensajes.

No estás bien, no estás optimizado, no eres tu mejor versión y, para serlo, deberías empezar por hacer la cama todas las mañanas, tomar zumo de limón en ayunas, caminar al menos diez mil pasos, tomar cinco piezas de fruta, comer pescado azul dos veces por semana, ir tres al gimnasio, dormir al menos ocho horas, beber dos litros de agua cada día y leer cincuenta libros al año.

Y eso, como de costumbre, olvida tu realidad material y, por supuesto, tu salud emocional. Es posible que estés tan en la mierda que sea complicado reservarte tus diez minutitos al día para meditar. Sin embargo, ya estarás fallando. No eres capaz de introducir esos microhábitos transformadores y liberadores y, fíjate, bastaría solo con pequeños gestos… pero eres incapaz.

A finales de los noventa llegaron dos conceptos muy potentes que configuraron tendencias que se alargarían más de quince años y acabaron de eclosionar con las redes más visuales: la inteligencia emocional y el pensamiento positivo.

Y ojo, que siguen ahí, evolucionados, retocados, adaptados a los tiempos, pero modificados porque la gente ya no se traga las tazas de mister wonderful (quizás sea por lo de que se arruinaron y tal…) o incluso se han pasado a utilizarlas de forma sarcástica.

Aquello de la inteligencia emocional derivó hacia todo eso que ahora se le llama neoestoicismo. Una reducción simplista de una corriente filosófica a la que se le liman las partes que menos resuenan con la cultura actual y se sobredimensionan otras para que todo encaje. Aquel loco planteamiento de «controla tus emociones» como si tuviésemos un interruptor, se convirtió en un mix de resiliencia y desapego al que se le añaden muchas dosis de «no gastes tu tiempo en aquello que no puedes controlar». Un mensaje que en realidad te está diciendo que es mejor que no te preocupes por nada que no seas tú mismo porque… bueno… porque no puedes cambiar nada…

Así que la clave eres tú y nada más que tú y resulta que existe un «TÚ 2.0» con todas tus funciones mejoradas. Pero para llegar a ella tienes que hackear tu cerebro poco a poco introduciendo pequeñas rutinas. Unos te dirán que hagas burpees. Otros que practiques el silencio. Algunas que te busques un «hobby activo». E incluso que incorpores algún pequeño ritual mágico.

El caso es que, una vez más, no estás bien, no estás ni siquiera regulinchi, estás fatal y… sí, claro, la culpa es tuya, porque ahora ya no te están diciendo que si estás triste dejes de estar triste porque no te aporta nada.

Ahora eres lo peor porque no eres capaz de hacer la cama, hacer unas flexiones, dar un paseo relajante al sol y estirar todos los grupos musculares antes de desayunar.

En toda esta locura absurda por la que se han colado hasta la cocina los planteamientos más radicales, aparece en la «comunidad lectora» ese delirante concepto de «bloqueo lector». Gente que trata de explicarte por qué ha dejado de apetecerte leer y qué puedes hacer para seguir leyendo.

Me cuesta muchísimo seguir escribiendo de manera más o menos tranquila sobre esto. Todo lo que me apetece es pegar cuatro gritos, lanzar cosas y golpear cosas.

Trataré de respirar.

El bloqueo lector no existe.

Es una idiotez.

Es absurdo.

Es la mayor tontería que yo haya podido escuchar jamás referida a algo que tiene que ver con mi profesión. Y está muy lejos de la segunda.

Leer no es una obligación. Nadie te pone una pistola en la cabeza para que leas. Si quieres leer, lee. Si no quieres leer, no leas. Si te apetece, te apetece. Si no te apetece… pues… no te apetece.

«Es que yo antes leía noventa novelas al año y ahora no soy capaz de leer ninguna».

Ajá.

Quizás haya problemas derivados de la crisis de atención. Eso puede ser y parece arriesgado negarlo, pero entonces el problema no está en la lectura, está en otro sitio. Y para arreglarlo no creo que ayude buscar respuestas en los pozos del doomscrolling.

Los retos de lectura, haber convertido algo tan enriquecedor como leer en una tarea por objetivos, nos ha llevado a considerar que si tenemos una época en la que no nos apetece leer es que «algo va mal». No estamos cumpliendo, no estamos haciendo lo que se supone que tenemos que hacer o incluso peor: estamos desaprovechando el tiempo y abandonando un hábito saludable.

Vaya por dios.

Estamos obsesionadas con llevarlo todo al día y bien anotado. Letterbox, goodreads, whakoom, GG| y otras similares nos sirven para «llevar un orden», «controlar nuestras colecciones» y, por supuesto, para poner estrellitas y contarle al universo entero nuestras experiencias de consumo cultural.

HAULS, UNBOXING Y LAS LISTAS INFINITAS

La aceleración de los últimos cinco años en toda la esfera literaria ha llegado al mundo del tebeo. Hasta entonces teníamos casos aislados, pinceladas por aquí y por allá, pero ahora estamos metidos de cabeza en el huracán.

El ritmo al que va todo obliga a alimentar el algoritmo de manera cada vez más frecuente y eso significa lanzar más vídeos, más directos, más podcasts, más reseñas, más publicaciones, más, más, más.

Antes de 2018 resultaba difícil encontrar vídeos del tipo bookhaul en el mundillo comiquero, ahora ya hay canales inmensos haciéndolos todos los meses y, en algunos casos, todas las semanas.

Ojo, hace solo unos días vi el vídeo de un influencer abriendo un paquete enviado por otro influencer solo para enseñarte los tebeos que había dentro.

Influencers haciendo marketing de influencers.

Y, claro, las listas. Hemos llegado a la era de las listas infinitas.

Lo mejor del semestre, lo mejor del año, lo mejor del mes, lo mejor para regalar el día del cómic, lo mejor para regalar el día del padre, en navidad, el día del libro, en san valentín, en el aniversario de la revolución rusa…

A veces verás a gente bromear con que no hay lectoras suficientes para tantos tebeos. Tienen razón. Ni para tantas listas.

Hace apenas unos años, en sala de peligro, escribí un texto sobre las listas y qué me parecían en aquel momento. Es evidente que estamos en un punto diferente, diría incluso que opuesto. Las listas han perdido su dimensión de prescripción cultural porque la propia prescripción cultural ha perdido el norte.

Manda el consumo, manda el algoritmo, manda el like y manda la marca personal. Y nada de eso tiene que ver con las obras.

Si se hacen doce listas al año todo pierde sentido. Si se hace una de «lo mejor del año» y se incluyen títulos que ni siquiera han salido ese año todo pierde sentido. Si se hace una lista conjunta desde una gran asociación en la que no participan ni la mitad de las asociadas todo pierde sentido.

Y si todo pierde sentido es cuando parece que las cosas se hacen porque «hay que hacerlas». Porque divulgar es hacer listas, porque promocionar es hacer listas, pero… ¿lo es?

¿Esto significa que hay que dejar de hacer listas, dejar de hacer hauls, unboxings, vídeos previos de las novedades antes de los propios vídeos de las novedades? Ay, amiga, yo qué sé.

A mí me encantaría que todo se desacelerase mucho para recomponer y reconfigurar todo el sector cultural, pero mis deseos están muy lejos de ser trasladados a la realidad.

Lo que tengo claro es que cuando se llega a la saturación todo pierde fuerza. Y esto aplica a los vídeos, a las publicaciones, a las reseñas, a los podcasts, a las recomendaciones y a las listas. Todas recomendamos cosas. Yo recomiendo lecturas, de vez en cuando recomiendo pelis y a menudo recomiendo videojuegos. Y lo hago en un espacio que, a priori, nos iguala a todas (aunque eso es una patraña del tamaño de un planeta grande) porque cualquiera puede verlo.

Si resulta que le pillo el truco al espacio y a sus normas, ya dejará de importar si lo que recomiendo es mejor o es peor, importo yo, mi estilo, mis formas, mi manera de recomendar. Y volvemos al mismo punto de antes: las obras que forman parte del vídeo o de la lista no tendrán tanta relevancia como la(s) persona(s) detrás de ese vídeo o de esa lista. La recomendación no es buena porque la obra es buena, lo es porque la hace Mengano con un chaleco y un sombrero de One Piece. O porque es un máquina. O porque «dice las verdades». O porque es un «gran intelectual». O porque «tiene una forma única de recomendar». O porque patatas.

Y al final del día la pregunta que me hago es casi siempre la misma: ¿importa la cultura o solo importan las métricas?

¿ESTO NO ERA PARA NOSÉQUÉ DEL DÍA DEL CÓMIC?

Sí, sí, pero ya sabes cómo me pongo. Le doy vueltas a un concepto y me acabo desviando un poco.

Llevamos cuatro años (o cinco si quieres) celebrando el día del cómic y del tebeo. Antes de eso, se me ocurrió decir que estaría genial que tuviésemos uno para hablar de la situación del mercado.

Un lustro después, se habla del sector, claro que se habla, pero a los poquitos, en ocasiones contadas y a puerta cerrada. ¿Por qué no se hace en espacios abiertos y participativos? Porque ni siquiera nos ponemos de acuerdo sobre quién debería participar en esos espacios. Y porque aunque se hable de barcos, de trabajar de forma incansable por el cómic y de buscar puntos de encuentro, lo cierto es que también se habla de cainismo y se acusa a las que piensan diferente de buscar la confrontación, de ser polémicas y de haber matado a Kennedy.

Y todo eso no invalida en absoluto el Día del Cómic en su mayor faceta: la celebración. Y sí, ya sé que soy más pesado que seis toneladas de plomo, y no debería ser solo una fiesta, debería ser un día de reivindicación y blablablabla.

El problema, o al menos el problema que yo le veo este año, es que lo estamos llevando al mismo punto al que ya hemos llevado a las reseñas, las recomendaciones, las listas y todo lo demás: una excusa más para seguir alimentando al bicho del contenido infinito.

¿Podría hacerse de otra manera? ¿Podemos escapar del contenido infinito?

Quizás, pero para ello tienes que empezar por construir un microhábito. Aléjate de todo el contenido comiquero antes de las doce y después de las cinco. ¿Te imaginas?

El monstruo está ahí. Godzilla ya ha reventado parte de la bahía y se acerca a los barrios más populares. Bajar la vista y pretender que no existe un kaiju gigante arrasando la ciudad no es una opción. Acercarte y gritarle que se pire tampoco parece una buena idea. Coger el coche y huir al campo esperando que nunca llegue allí, bueno… es darle la espalda al problema.

No hay una solución sencilla. ¿Tengo yo una? Oh, dios, no. Ni siquiera creo estar cerca de entender del todo el problema. Es más, muchas de las veces en las que he dicho que hay un problema me han mirado raro o se han reído en mi cara.

Pero eh, soy resiliente… (me siento sucio solo de escribirlo), me he levantado y he seguido diciendo que tenemos algún que otro problemilla. Y todas formamos parte de él.

Sí, sí, tú y yo también.

Pero que eso no nos amargue, al revés, reconocerlo ya es avanzar.

Feliz día del cómic.

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