Hace un par de veranos, en un curso universitario, asistí a una de las charlas que hablaba sobre el cómic y la universidad. En un momento determinado, alguien del público lanzó una frase tan incómoda como interesante: «el cómic no necesita a la universidad».
Hay que aclarar que aquella frase no transitaba por la vereda de la antiintelectualidad, sino que pretendía señalar algo mucho más interesante:
El cómic puede —e incluso debe— ser motivo de estudio. Puede conservarse, investigarse, abrir nuevos lenguajes sobre el medio o promoverse desde la universidad. Lo que no necesita es que venga nadie a decirle: «ven aquí, bonito, ahora ya eres cultura».
El cómic ya existía antes de que la universidad se fijase en él. También antes de que las instituciones descubriesen que quedaba estupendo en una exposición, en una programación cultural o en una fotografía con un concejal sosteniendo un álbum que, por lo que sea, todavía no ha tenido tiempo de abrir.
Sin embargo, muchas veces tengo la sensación de que necesita pedir permiso de forma constante. Tenemos que repetir una y otra vez lo útil que resulta.
Espere, espere, caballero, no se vaya. Atienda aquí un instante. Le garantizo que a través de un buen cómic sus hijos podrán aprender historia, ciencia, valores, hábitos saludables y respeto por el medio ambiente. Póngame una competencia básica encima de la mesa y le organizo una novela gráfica en un momentito.
Gracias al cielo, el cómic es arte y, como tal, es inútil por definición.
Ya lo dijo una vez Ionesco: «si es absolutamente necesario que el arte o el teatro sirvan para algo, será para enseñar a la gente que hay actividades que no sirven para nada y que es indispensable que las haya».
QUE NADIE SE VUELVA LOCO (TODAVÍA)
Antes de que empiecen los «pero qué demonios está diciendo el impresentable este», aclaremos una cosa: no tengo nada en contra de que se creen obras con una función asignada de antemano.
Yo mismo he hecho varios trabajos así y me siento orgulloso de ellos.
«Subnormal» quiso ser desde el principio una herramienta para abordar el acoso escolar en colegios e institutos. No se planteó como otra cosa en ninguna parte del proceso. Debía exponer una problemática concreta para que después, en un espacio educativo, se pudiese realizar un trabajo posterior a la lectura.
¿Eso resta valor al cómic?
No, claro.
Pero ¿se lo otorga?
Esa es la pregunta incómoda. ¿Es una obra más valiosa porque encaja en unos términos de utilidad marcados por algo o por alguien?
No.
Un cómic puede ser una herramienta excelente para trabajar el acoso escolar y, al mismo tiempo, ser un tebeo espantoso. Puede presentar información rigurosa, incorporar una guía didáctica estupenda y conseguir que nadie quiera volver a acercarse a sus páginas (o incluso a ningún otro tebeo) salvo amenaza directa de la jefatura de estudios.
Recuerdo que uno de los primeros cómics que me pusieron en las manos sin que ya estuviese en las estanterías de mi casa fue un álbum titulado «150 años de la Diputación de Pontevedra». Me lo regalaron en una excursión que hicimos a… bueno… a ver… a la Diputación de Pontevedra. En aquel momento no entendía que un cómic, algo que a priori tenía que molar mogollón, pudiese convertirse en… en eso… Pero seguro que desde la institución que encargó aquel trabajo lo veían como una forma estupenda de acercarnos a la historia de la provincia. A mí consiguió alejarme de ella durante unos quince años
EL CÓMIC COMO VEHÍCULO
El problema no es que se quiera hacer «cómic útil», sino que esa función deje de ser una posibilidad y se convierta en un salvoconducto.
El cómic sirve para fomentar la lectura.
La frase se repite tanto que hemos terminado por aceptarla sin hacernos una pregunta bastante sencilla: ¿la lectura de qué?
Porque si alguien está leyendo un cómic, me temo que la lectura ya ha sido fomentada. Hay una persona interpretando palabras, imágenes, secuencias, silencios, elipsis, símbolos y relaciones entre elementos. Está leyendo. A no ser, claro, que utilicemos la palabra «lectura» como una forma educada de decir «libros sin dibujos».
En ese caso, el cómic no sería una lectura, sino una fase larvaria. Un pasillo de colores que conduce hacia la literatura de verdad. Primero lees un tebeo, después un libro juvenil y, si todo sale bien y tomas suficientes vitaminas, acabas leyendo a Dostoievski. Suena anacrónico, ¿verdad? Pues ahí sigue muchas veces el planteamiento.
El cómic se aprecia por el lugar al que nos conduce. Puede llevarnos a la literatura, la historia, la ciencia, la filosofía o hacia unos valores éticos, ecológicos, ideológicos o filosóficos determinados. Lo curioso es que rara vez se acepta que su destino sea el propio cómic.
Tampoco recuerdo demasiadas campañas institucionales que presenten «Crimen y castigo» como una herramienta fabulosa para conseguir que los jóvenes acaben leyendo «One Piece».
CONFIESO QUE HE HECHO COSAS
Además de «Subnormal», he trabajado en cómics como «Florencio», «As nove cruces» o «Los últimos de Filipinas». Son obras nacidas dentro de marcos divulgativos, históricos o institucionales. Proyectos que no ocultaban su intención de transmitir una información, recuperar una memoria o acercarse a unos hechos concretos.
No reniego de ellas, solo faltaría. Tampoco considero que su origen los convierta inmediatamente en obras menores. Un encargo no impide hacer algo digno del mismo modo que la ausencia de encargo no lo garantiza. Hay montones de obras personales, libres y sincerísimas que resultan más aburridas que seis etapas en llano del Tour de Francia.
Ahora bien, ninguna de aquellas funciones hizo el tebeo por nosotros.
Marcaban qué asunto debíamos abordar, pero no cómo afrontarlo. No decidían qué personaje ocuparía el centro de la página, cómo se ordenaría el tiempo, qué información quedaría fuera o qué imagen debía permanecer en la cabeza de quien leyese después de cerrar el libro.
Había que elegir, construir una mirada y convertir la información en narración. Es ahí donde se puede hablar del valor de la obra (si es que de verdad puede hablar alguien del valor objetivo de una obra), no en la importancia previa del asunto tratado.
Un cómic divulgativo puede ser magnífico, pero no lo será por divulgar. Lo será porque encuentra una forma propia de hacerlo y no trata a la lectora como un recipiente vacío que debemos rellenar con conocimientos.
PÓRTESE BIEN Y LE DEJAMOS ENTRAR
Pedirle al cómic que demuestre su utilidad no es una costumbre inocente. Determina qué obras reciben financiación, cuáles entran en las aulas o encuentran espacio en bibliotecas, universidades, museos y programaciones públicas. También favorece unos temas, unos lectores y unas formas de entender el medio.
El cómic puede entrar, sí, pero debe prometer que se portará bien.
Debe enseñar algo.
Debe concienciar sobre un problema.
Debe recuperar una memoria.
Debe fomentar la lectura.
Debe ofrecer unas conclusiones que puedan resumirse en un dossier con objetivos, metodología, resultados esperados y, si no es mucha molestia, una propuesta de actividades para el aula.
Debe, debe, debe, debe, debe, debe.
El humor, el terror, el romance, la fantasía, las aventuras o la experimentación formal lo tienen algo más complicado. No porque carezcan de valor, sino porque ese valor no siempre cabe en una casilla administrativa.
«Este cómic pretende que el lector pase un rato estupendo» no queda demasiado convincente en una memoria justificativa. «Este cómic no pretende nada concreto, pero no consigo dejar de pensar en él» todavía peor.
Así aparece una forma peculiar de domesticación. Permitimos que el cómic ocupe un espacio siempre que justifique su presencia mediante una función externa. Puede ser cultura, pero conviene que además sea pedagogía, divulgación, memoria, terapia o documento histórico.
Nos cuesta aceptar el placer como argumento. Parece poco decir que una obra merece existir porque alguien necesitaba hacerla y otra persona quiere leerla. Preferimos colocarle un chaleco reflectante y mandarla a arreglar alguna tubería social.
EL CÓMIC YA ESTABA ALLÍ
Decir que el cómic no necesita a la universidad no significa que esta deba mantenerse lejos. Puede investigarlo, conservarlo, enseñarlo y construir herramientas que nos permitan comprender mejor su historia, su lenguaje o su relación con el mundo. Es más, creo que lo conveniente sería decir que la universidad necesita el cómic.
Lo que no tiene sentido es pensar que la universidad o los museos «dignifican» el cómic. Solo pensarlo ya resulta raro, ¿no? Es maravilloso que se organicen seminarios, simposios y todo tipo de artilugios académicos en torno a los tebeos. Maravilloso. Pero eso no otorga galones ni categorías. Sobre todo porque no son necesarias.
El apoyo de instituciones de todo tipo permite hacer obras, conservar archivos, desarrollar investigaciones y llegar a nuevos lectores. Reconocen y cuidan el valor del cómic, pero no lo crean.
El cómic ya estaba allí.
Podemos hacerlo para explicar una guerra, combatir el acoso escolar, conservar una memoria o divulgar un descubrimiento científico. También podemos contar la historia de un señor que mantiene una relación sentimental con una tostadora poseída porque llevamos tres semanas imaginando cómo demonios se besan.
El problema no es que el cómic sirva para algo. El problema es que tenga que hacerlo para que le permitamos existir. La próxima vez que alguien intente convencernos de que merece atención porque fomenta la lectura, quizá convenga tranquilizarlo.
No hace falta que nos venda nada.
Ya estábamos leyendo.
