Cuando el cine aprendió a hablar, durante un rato se olvidó de hacer cine. Puede sonar a exageración, pero… no lo es tanto.
A finales de los años veinte, el cine mudo había alcanzado un nivel de sofisticación visual extraordinario. Había aprendido a moverse, a montar, a utilizar el espacio y a convertir un gesto en información. No disponer de diálogos grabados obligaba a solucionar mediante imágenes problemas que hoy resolveríamos poniendo a dos personas en una habitación a contarse cosas. Entonces llegó el sonido y apareció una posibilidad maravillosa: los actores podían hablar. El problema es que las primeras cámaras sonoras eran ruidosas y debían encerrarse en cabinas para que los micrófonos no las recogiesen. La tecnología que acababa de ampliar las posibilidades del cine consiguió también que, durante un breve periodo, muchas películas fuesen visualmente más pobres. La cámara perdió movilidad y la necesidad de grabar un sonido limpio empezó a condicionar dónde podía estar cada cosa. Entre 1929 y 1931, la puesta en escena de muchas producciones se organizó alrededor de las necesidades de la grabación.
No duró demasiado. Los cineastas aprendieron a utilizar el sonido y el cine terminó construyendo con él un lenguaje nuevo, pero antes hubo unos años extraños en los que una tecnología que ampliaba enormemente las posibilidades del medio produjo películas formalmente peores. Lo más curioso es que al público le dio bastante igual. En 1929, mientras Hollywood desmontaba a toda velocidad una forma de hacer cine para construir otra, la gente acudió en masa a las salas. La novedad era demasiado fascinante como para quedarse en casa porque la cámara se moviese menos.
Llevo un tiempo pensando en esto cada vez que salgo a la calle.
No porque haya empezado a encontrar cabinas insonorizadas en las aceras de mi barrio, sino porque cada vez veo más carteles generados con inteligencia artificial. Están en los bares, en los escaparates, anunciando las fiestas de algún sitio o acompañando actividades culturales. Después abres Instagram y la sensación continúa. Hay una imagen para una academia, otra para unas jornadas, otra para un concierto. No son iguales. De hecho, pueden representar cosas completamente distintas. El problema es que cada vez se parecen más.
No hace falta ser diseñador para reconocerlo. Hay un determinado acabado, cierta manera de iluminar o de repartir las cosas dentro de la imagen que resulta familiar. Cambia el caballero por una señora comiendo pulpo y el bosque encantado por el Casco Vello, pero algo permanece. Hemos conseguido una «extraordinaria» diversidad iconográfica construida sobre una uniformidad formal cada vez mayor.
Y, sin embargo, funcionan. O eso decimos: «a mí me vale».
El cartel que no necesitaba ser bueno
Imaginemos que una asociación necesita un cartel para anunciar una fiesta medieval. Hasta hace no demasiado tiempo tenía varias opciones. Podía contratar a un diseñador, pedírselo a alguien que supiese manejar Photoshop o perpetrarlo personalmente con los conocimientos disponibles y la firme convicción de que Comic Sans tiene mala fama porque la gente exagera.
Todas esas soluciones compartían algo: en algún momento había que tomar decisiones.
Alguien tenía que pensar qué imagen utilizar, dónde colocar las letras y qué debía verse primero. El resultado podía ser espantoso, pero para llegar hasta él había que atravesar un pequeño campo de minas compuesto por problemas de diseño.
Las plantillas eliminaron una parte de esa fricción porque alguien había tomado previamente muchas de esas decisiones. Tú escogías una que te gustaba, sustituías la foto de una señora tomando café por la de tu torneo de pádel y confiabas en que nada grave hubiese sucedido durante el proceso.
La inteligencia artificial generativa elimina todavía más fricción. Ya no necesitas escoger una solución construida por otra persona. Puedes pedir directamente el resultado.
«Hazme un cartel para una fiesta medieval».
Y ahí está.
Tiene un castillo porque los castillos son medievales, una espada porque las espadas también lo son y probablemente alguna partícula luminosa flotando porque en algún momento decidimos que ninguna imagen fantástica estaba terminada hasta que hubiese suficiente mierda brillante suspendida en el aire.
No tiene que ser un buen cartel.
Solo tiene que ser suficientemente cartel.
Esa distinción me parece importante porque determina contra qué está compitiendo realmente la imagen. Si la comparación fuese con el trabajo de un buen diseñador, probablemente perdería. Pero muchas veces no compite contra eso. Compite contra no tener cartel, contra gastar doscientos euros o contra dedicar una tarde a intentar hacerlo tú.
Necesito un cartel. Tengo un cartel.
A mí me vale.
No te pagaba para que supieras Photoshop
Hay algo bastante desagradable escondido en ese proceso y tiene que ver con nuestra relación con los oficios creativos.
Durante mucho tiempo hemos pensado que pagábamos a un diseñador porque sabía utilizar determinadas herramientas. Abres Photoshop y aquello parece la cabina de un Airbus, él abre Photoshop y a los quince minutos hay unas letras muy bien puestas. Lógico. Le pagábamos porque sabía dónde estaban los botones.
Pero no.
Le pagábamos para que tomase decisiones.
Precisamente para eso sirven la experiencia y la formación. Cuando contratamos a alguien que sabe hacer algo no estamos comprando únicamente su capacidad para ejecutar una tarea, sino los años que le permiten distinguir entre una buena solución y otra que a nosotros podría parecernos exactamente igual. El conocimiento profesional consiste muchas veces en detectar problemas que una persona sin ese conocimiento ni siquiera sabe que existen.
La inteligencia artificial generativa introduce una fantasía muy peligrosa en esta relación: quizá ya no necesitemos saber.
Si una máquina puede producir una imagen, ¿para qué necesito comprender cómo se construye una imagen? Y si además puedo preguntarle a un chat si el resultado está bien, el círculo se cierra de una forma casi preciosa. Primero delego las decisiones que no sé tomar y después delego también el juicio necesario para saber si eran buenas.
Es difícil encontrar un sistema más cómodo. También es muchísimo más barato.
Por eso tampoco me interesa demasiado discutir si la inteligencia artificial generativa es o no una herramienta. Yo tengo bastante clara mi respuesta y no siento ninguna necesidad de convencer a nadie. La conversación, además, suele terminar llevándonos siempre hacia el mismo lugar: qué puedo hacer con ella, cuánto tiempo ahorro o qué cosas me permite producir sin pagar a otra persona.
Es un debate utilitario. Alguna vez alguien lo completa y comenta que el problema no es la tecnología, sino que está en manos de tecnofascistas peligrosos. Tenemos millones de motivos para estar preocupados en ese sentido, pero hoy prefiero hablar de estética.
Las calles ya han cambiado
Durante los últimos años hemos discutido muchísimo sobre lo que la inteligencia artificial generativa puede llegar a hacer. Mientras tanto, ha empezado a hacer algo bastante menos espectacular: cambiar el aspecto de las cosas que vemos todos los días.
No hace falta esperar a que una gran productora estrene la primera superproducción generada íntegramente mediante IA. Podemos bajar a comprar el pan.
Nuestro universo visual a pie de calle ya está siendo modificado. Todavía ocurre sobre todo en los espacios donde el presupuesto es pequeño y el «a mí me vale» tiene más capacidad para imponerse. El restaurante que necesita una imagen para anunciar unas jornadas no está intentando entrar en la historia del diseño gráfico. Quiere que sepamos que el sábado hay pulpo. Si consigue comunicarlo gratis, la discusión parece terminada.
Pero la acumulación importa. Una sola imagen mala es una imagen mala. Miles de imágenes malas construyen un paisaje.
Eso es lo que creo que estamos juzgando mal cuando reducimos la discusión a casos particulares. El cartel funciona. El reel cumple. La ilustración acompaña perfectamente el texto. Quizá cada una de esas afirmaciones sea cierta y, sin embargo, la suma esté produciendo algo que no estamos mirando.
Porque la cultura visual también educa.
Aprendemos a mirar mirando. Nuestro criterio no aparece de la nada ni permanece intacto mientras cambia todo aquello que nos rodea. Se construye mediante exposición, comparación y costumbre. Si durante años una determinada clase de imagen ocupa las redes, los comercios y los espacios públicos, esa imagen no solo satisface una necesidad inmediata. También participa en la construcción de aquello que empezaremos a considerar normal.
Entonces la pregunta deja de ser si un cartel generado con IA puede ser suficientemente bueno para anunciar una churrascada.
La pregunta es qué significará «suficientemente bueno» dentro de diez años.
El desprecio por aprender a hacer algo
Hay además una forma de desprecio hacia lo artístico que me cuesta separar de todo esto.
No hablo del típico energúmeno que lleva veinte años explicándonos que dibujar monigotes no es trabajar. Ese al menos tiene la cortesía de dejar bastante clara su posición.
Me interesa más el desprecio involuntario, el que aparece cuando consideramos que el conocimiento acumulado detrás de una disciplina puede sustituirse sin pérdida por la obtención de un resultado parecido.
Una fotografía no vale únicamente porque representa a una persona. Un cartel no es un sistema para conseguir que un señor y una fecha ocupen juntos una superficie rectangular. Lo artístico está también en las decisiones, y esas decisiones no nacieron ayer. Cada disciplina arrastra una cantidad enorme de aprendizaje colectivo que después una persona estudia, practica y termina convirtiendo en criterio.
Cuando nos parece suficiente sustituir todo eso por algo que produce un resultado superficialmente equivalente estamos tomando una decisión sobre su valor. No hace falta decir que el conocimiento artístico no sirve. Basta con comportarnos como si fuese prescindible.
Esto no significa que quien no haya estudiado diseño deba tener prohibido hacer un cartel. Sería una conclusión bastante idiota. Una de las cosas maravillosas que han hecho las tecnologías digitales es permitir que muchísima gente cree cosas que antes estaban fuera de su alcance. Yo quiero que la gente escriba, dibuje, grabe películas y haga lo que le dé la gana aunque no tenga un título colgado en la pared.
Pero democratizar la posibilidad de hacer algo y declarar innecesario aprender a hacerlo son dos ideas completamente distintas.
Y tengo la sensación de que las estamos mezclando.
El problema de que nos guste
Aquí es donde vuelvo al cine sonoro.
Sería tranquilizador pensar que una pérdida de calidad produce automáticamente rechazo. Hacemos algo peor, el público protesta y terminamos corrigiéndolo. Fin del problema.
Pero no funciona así.
Los primeros años del sonoro demuestran que una novedad tecnológica puede resultar tan poderosa que aceptemos encantados un retroceso formal. Las cámaras se volvieron más estáticas, determinadas soluciones visuales desaparecieron temporalmente y aun así las salas se llenaron. El público estaba escuchando hablar a las estrellas de cine. ¿Cómo iba a competir contra eso un travelling precioso?
La fascinación y la calidad no son la misma cosa.
Ese es el paralelismo que me inquieta con las imágenes generadas. Podemos encontrar errores anatómicos evidentes, composiciones torpes o decisiones tipográficas que deberían tener consecuencias penales en varios países y, al mismo tiempo, normalizarlas hasta que terminen inundándolo todo.
Haz una prueba sencilla. Entra en YouTube y pasa diez minutos sin abrir ningún vídeo. Limítate a hacer scroll y cuenta cuántas miniaturas generadas con IA aparecen. Esas caras forzadísimas, esas letras que deberían pedir perdón al mismísimo WordArt, ese acabado que empieza a parecerse en todas partes. Todo se uniformiza, todo parece masticado y regurgitado por la misma máquina y, aun así, hay un montón de gente mirando el resultado y pensando exactamente lo mismo:
«A mí me vale».
Incluso hay veces en las que aparece el indulto.
«Para estar hecho con IA está bastante bien».
Esta frase es extraordinaria porque reconoce el problema y lo perdona en el mismo movimiento. Hemos visto que algo falla, pero introducimos el procedimiento de producción como atenuante. El resultado deja de competir con otras imágenes y pasa a competir contra nuestras expectativas acerca de lo que una máquina debería ser capaz de hacer.
Una década de «suficiente»
Aquí es donde la comparación con el cine sonoro deja de servirme.
El sonoro provocó un retroceso formal durante unos años, pero el problema estaba dentro del propio lenguaje cinematográfico: había que aprender a utilizar una posibilidad nueva sin renunciar a todo lo que el cine ya sabía hacer. Con la inteligencia artificial generativa hay algo más en juego. No estamos hablando únicamente de cómo se producen las imágenes, sino de quién deja de producirlas.
Diseñadoras, traductoras, correctoras, maquetadoras, redactoras y muchos otros oficios ya están viendo desaparecer encargos porque existe una alternativa más barata que no necesita hacerlo mejor. Le basta, otra vez, con resultar suficiente. La empresa que deja de contratar a una diseñadora no necesita demostrar que la máquina diseña mejor. Solo tiene que decidir que la pérdida de calidad compensa el ahorro.
Por eso no tengo demasiado interés en imaginar las maravillosas posibilidades formales que quizá aparezcan dentro de veinte años. Antes habría que resolver una cuestión bastante más urgente: qué clase de tecnología estamos construyendo y qué lugar reservamos dentro de ella a las personas cuyo trabajo, conocimiento y experiencia estamos utilizando para hacerla funcionar.
Mientras la respuesta a esa pregunta no coloque una ética humanística en el centro, hablar de una futura madurez estética me parece empezar la conversación por el final.
Porque el problema no consiste únicamente en que hoy tengamos carteles peores. También estamos creando las condiciones para que quienes saben hacerlos mejor tengan cada vez menos oportunidades de seguir haciéndolos. Y eso termina regresando inevitablemente al terreno estético: si expulsamos a las personas que acumulan el conocimiento, el oficio y el criterio, después no debería sorprendernos descubrir que nuestro paisaje visual se ha empobrecido.
No estamos sacrificando calidad esperando que algún día llegue un lenguaje nuevo. Estamos aceptando una pérdida de calidad porque sale más barata.
Y eso es otra cosa.
No consiste únicamente en ofrecernos una herramienta nueva para hacer imágenes. Consiste, muchas veces, en permitirnos obtenerlas sin necesitar a quien sabe hacerlas.
Y ahí el peligro no es que las imágenes sean malas durante un tiempo. El peligro es acostumbrarnos a que eso no importe demasiado.
Todo esto me lleva a Fahrenheit 451. Pero no a las hogueras ni a los libros perseguidos, sino a las paredes-pantalla de las casas, ese entretenimiento permanente que ocupa el espacio y mantiene fascinados a sus habitantes. Bradbury no estaba profetizando Midjourney, por supuesto. Hablaba de algo bastante más incómodo: para degradar una cultura no hace falta sustituir lo bueno por algo manifiestamente horrible. Basta con llenarlo todo de algo suficientemente estimulante como para que dejemos de echar de menos lo demás.
Esa posibilidad me preocupa bastante más que decidir si una IA es una herramienta, un colaborador, un loro probabilístico o el nombre que queramos ponerle esta semana.
¿Qué pasa si estamos una década diciendo «a mí me vale»? ¿Qué ocurre si, después de diez años aceptando imágenes espantosas porque «cumplen», nuestro criterio también termina adaptándose a ellas?
No me preocupa especialmente que dentro de diez años todas las imágenes sean malas. No creo que vaya a ocurrir. Me preocupa que algunas sean un puto desastre y ya no nos demos cuenta.
