Saltar al contenido

Las comicones son carísimas

A veces me pasan cosas raras. Intento entender cómo funciona algo y, cuanto más leo, menos entiendo. Uno empieza con una pregunta sencilla, ¿esto cuánto cuesta? Vas a una tienda, miras la etiqueta y voilá, lo sabes. Sin embargo a veces la vaina se complica. ¿Cuánto cuesta la San Diego Comic-Con Málaga? No parece especialmente complicado y, bueno…

La primera edición recibió alrededor de 4,5 millones de euros de dinero público. Si queremos ser más precisos, podemos hablar de unos 4.477.000 euros procedentes de distintas administraciones: Junta de Andalucía, Agencia Digital de Andalucía y Ayuntamiento de Málaga. Cuatro millones cuatrocientos setenta y siete mil lereles. Nada mal. Con eso puedes comprar por lo menos un piso de tres habitaciones.

Para la segunda edición la cifra vuelve a estar claramente por encima de los cuatro millones y, según cómo se impute el contrato de la Junta para 2026 y 2027, volvemos a movernos en una cantidad cercana a los cinco millones entre las distintas administraciones. Millones. En plural.

Quiero insistir en este pequeño detalle porque luego uno se acostumbra a leer cifras grandes y parece que pierden significado. Cuatro millones suena casi igual que cuatrocientos mil cuando aparecen escritos en una noticia entre declaraciones institucionales, palabras como «impacto», «retorno», «sinergias» y una foto de cinco personas en traje sosteniendo algo. Pero no. Son millones de euros públicos. Tu pasta.

Y, hasta aquí, ningún problema. De verdad. Me parece perfectamente defendible que una administración pública invierta dinero en cultura, en promoción económica, en turismo, en industrias creativas o en traer a una ciudad un evento internacional capaz de atraer visitantes, empresas y profesionales. De hecho, ojalá las administraciones públicas pusieran más dinero en cultura. Muchísimo más. Tengo una lista. Tiene muchísimos puntos. El problema es que, después de descubrir cuánto dinero público entra en Comic-Con Málaga, cometí el error de mirar cuánto cuesta entrar.

La entrada general para la edición de 2026 cuesta 80 euros más 4,80 de gastos de gestión (otro día hablamos de la estafa de los gastos de gestión y cómo mueve muchísima panoja). Es decir: 84,80 euros. Vamos a dejarlo en 85 lereles, ni pa ti ni pa mí. Y aquí es cuando mi cerebro empieza a atascarse.

Según mi nivel básico de entendederas, la razón principal por la que las administraciones públicas financian parte de la cultura es, entre otras cosas, facilitar que esas actividades existan y sean accesibles. Pero quizá esta es una interpretación antigua. Lo mismo ahora funciona de otra manera. Seré yo que no vivo en el presente.

Igual el dinero público se utiliza para financiar un evento privado y después el público paga 85 euros por entrar para comprobar que efectivamente ha sido financiado. No sé. Yo pregunto. Porque es posible que haya algún concepto económico avanzado que se me esté escapando. Quizá existe una teoría por la cual cuanto más dinero público recibe un evento, más cara tiene que ser la entrada para mantener el equilibrio del universo. No soy economista. Yo escribo tebeos.

Pero hay algo que me resulta curioso. San Diego Comic-Con Málaga no vive solo del dinero público. También vende entradas, tiene patrocinadores privados y dispone de toda una serie de vías comerciales completamente normales en un evento de estas características. BBVA, por ejemplo, mantiene un acuerdo de patrocinio durante tres años. El Corte Inglés fue patrocinador oficial de la primera edición. Telefónica participa como socio tecnológico. No sabemos cuánto dinero aportan algunos de estos patrocinadores porque, al tratarse de acuerdos privados, esas cantidades no se publican. Perfecto. Nada que objetar. ¿Estaría guay que un evento que recibe entre 4 y 5 millones de dinero público tuviese que enseñar de manera igual de pública cuánta pasta recibe y de quién? A mí me gustaría muchísimo porque me considero un ser con una curiosidad casi infinita, pero, eh, por curiosidad nada más, que nadie crea que eso debería estar establecido por ley, en plazos razonables y con difusión pública…

También hay expositores, merchandising, actividades de pago, fotografías con invitados y firmas. Hay marcas, acuerdos comerciales y empresas que pagan por tener presencia. Y aquí quiero dejar algo claro antes de que alguien me señale desde detrás de una figura gigante de un T-800 en moto: no tengo absolutamente ningún problema con que un evento gane dinero. Ninguno. Sería bastante absurdo organizar una Comic-Con internacional con la intención de perderlo. El capitalismo tiene sus cosas. Pero… ¿pagando nosotros la fiesta? Es más, ¿pagando nosotros la fiesta dos veces? Pero vaya, que lo entiendo… tampoco es que tenga otra opción que entenderlo, ¿no?

Aunque, claro, si tienes patrocinadores privados, cobras entradas de 85 euros, vendes espacios comerciales (por una pasta loca), tienes merchandising, actividades de pago y toda una serie de vías de ingresos asociadas al evento, ¿para qué hacen falta además cuatro o cinco millones de euros públicos? Y, sobre todo, si hacen falta esos cuatro o cinco millones, ¿por qué la entrada cuesta 85 euros? Ahí es donde los ojos se me ponen un poquito del revés. Poquito. Pero del revés.

Porque cualquier persona razonable podría pensar que una inyección pública de varios millones de euros tendría algún efecto sobre el precio final que paga tu tía Luisa. Por ejemplo, abaratarlo. Es una idea loca, lo sé, pero imaginemos por un momento ese mundo de fantasía: el dinero público permite reducir el coste de acceso, la administración pone varios millones porque considera que el evento genera un beneficio cultural, económico o turístico y, a cambio, tu amigo Ernesto puede ir al evento con su dos hijas adolescentes sin pedir una línea de crédito (ojo, que lo mismo el acuerdo con el BBVA es que la peña pida créditos). Tiene sentido. Incluso podría parecer una buena política pública.

Pero si después de poner varios millones de euros la entrada cuesta 85, aparece alguna preguntilla inocente. ¿Cuánto cuesta realmente organizar San Diego Comic-Con Málaga? ¿Cuánto dinero ingresa por taquilla? ¿Cuánto aportan los patrocinadores privados? ¿Cuánto pagan los expositores? ¿Cuánto generan las fotografías, firmas, actividades y merchandising? ¿Cuánto dinero pone realmente la empresa organizadora? ¿Cuánto cobran las trabajadoras? ¿A cuánto se pagan los carteles? ¿Se está pagando caché a las invitadas? ¿A cuánto? ¿Cuál es el beneficio final del evento? ¿Quién se queda ese beneficio? Todo preguntas bastante razonables para un evento en el que sabemos con cierto detalle cuánto dinero público entra, pero bastante menos sobre cuánto dinero privado sale después por la otra puerta.

Y cuanto más lo pienso, más interesante me parece. Porque aquí no estamos hablando de una subvención pequeña para ayudar a que un festival cultural pueda sobrevivir. Alguna vez ya lo he contado y tampoco me quiero repetir: he formado parte de eventos que se hacían con 7000 euros, con 15000 y hasta con 60000. Pero es que aquí estamos hablando de millones de euros destinados a publicidad, promoción, espacios profesionales, presencia institucional, actividades y todo tipo de conceptos perfectamente detallados en contratos públicos. Cuando una administración pone dinero, ese dinero deja rastro, expedientes, presupuestos y documentos. Podemos saber cuánto pone la Junta, cuánto pone el Ayuntamiento y cuánto pone la Agencia Digital.

Pero cuando intentamos reconstruir cuánto dinero entra por el resto de vías, la cosa se vuelve bastante más difusa. Y eso genera una situación raruna, sabemos bastante bien cuánto ponemos nosotros y sabemos bastante peor cuánto ganan. Maravilloso. También podría ocurrir, por supuesto, que organizar Comic-Con Málaga costase una cantidad gigantesca y que esos cuatro o cinco millones públicos representasen una fracción pequeña del presupuesto. Puede ser. No tengo ningún dato que permita negarlo. Pero precisamente por eso estaría bien saberlo.

Porque si el argumento para justificar una inversión pública de este tamaño es que el evento genera un enorme retorno económico, cultural y turístico, quizá no sería mala idea que también pudiésemos conocer con cierta claridad cómo funciona su economía. No hace falta publicar cada factura de bocadillos, pero algo. Un poquito. Una cifra general. Un presupuesto. Una relación entre ingresos privados y aportaciones públicas. Algo que permita responder a una pregunta bastante elemental: ¿quién está haciendo negocio con todo esto?

Y una segunda pregunta, un poco menos elegante: ¿quién está haciendo muchísimo negocio con nuestra pasta? Porque esa es la parte que me interesa. No que haya negocio. Que lo haya. Bienvenido sea. La cuestión es qué papel juega el dinero público dentro de ese negocio. Si sirve para asumir buena parte del riesgo mientras los beneficios quedan en manos privadas, tenemos un tipo de conversación. Si sirve para abaratar entradas, ampliar actividades gratuitas, mejorar condiciones laborales, apoyar a profesionales o generar un retorno público claro, tendremos otra conversación distinta.

Pero para saber cuál de las dos conversaciones debemos tener necesitaríamos algunos datos que, por ahora, no parecen especialmente fáciles de encontrar. Así que me limitaré a hacer preguntas. Es más cómodo y bastante más divertido. ¿Es normal cobrar casi 85 euros por entrar en un evento que recibe varios millones de euros públicos? ¿Podría costar menos? ¿Mucho menos? ¿Quién decidió que 80 euros era un precio razonable? ¿Cuánto costaría la entrada si no existiesen esos millones públicos? ¿Ciento veinte? ¿Ciento cincuenta? ¿Vendría alguien a recogernos a casa en lambo?

No lo sé. Lo único que sé es que la combinación resulta, como mínimo, curiosa, millones de euros públicos, patrocinadores privados, entradas de 85 euros, ingresos comerciales y una enorme dificultad para saber cuánto dinero acaba generando todo el conjunto. Yo estaré allí porque, yo qué sé, la coherencia está sobrevaloradísima y porque creo que si alguien piensa que «estas cosas se arreglan negándose a ir» es que igual necesita darle una vuelta. ¿Eso me impide protestar, preguntarme cosas y decir lo que pienso?

No.

Qué va.

Mira, mamá, sin manos.

Etiquetas: