Curiosa pregunta. La respuesta rápida debería ser: sí, claro, sin embargo… las cosas están como están y quizás, antes de plantear nada más, sería interesante revisar cómo están, aunque sea por encima.
En este momento existen en España cuatro asociaciones de autores y autoras de cómic constituidas legalmente y con ámbito nacional: AACE, ARGH!, APCómic y Comiqueras.
La última publicación de AACE en instagram es del 23 de julio de 2023, una felicitación a Juan Díaz Canales y Juanjo Guarnido por su quinto Eisner.
La de ARGH! es del 23 de enero de este año, una felicitación a los ganadores del IV premio ARGH de guion de cómic.
La de APCómic es del 6 de octubre de 2025, un pequeño homenaje y pésame por el fallecimiento de Mai Egurza.
La de Comiqueras es de hace tan solo unas horas y, en las últimas semanas, han mantenido una serie de publicaciones regular.
Estando completamente fuera de cualquiera de ellas y, sin mantener apenas contacto con nadie que esté dentro, una podría pensar que 3 de las 4 asociaciones de ámbito nacional viven en una parálisis sostenida, al menos en cuanto a imagen o labor pública se refiere.
A mayores de esas asociaciones hay otras dos entidades que también tienen ámbito estatal, pero que carecen de entidad jurídica, son colectivos que han decidido libremente organizarse por su cuenta: el Colectivo de Autoras de Cómic y PIFS.
El primero no necesita presentación (o no debería necesitarla). Están ahí desde 2013. Todas y cada una de sus acciones, sean reivindicativas o divulgativas, son apoyadas siempre de forma masiva. Llevan 8 años (que se dice pronto) haciéndose cargo de las Jornadas Profesionales que se organizan cada año en Comic Barcelona, son responsables de varias exposiciones y ofrecen de manera constante información legal, fiscal y de interés general, no solo para las autoras del colectivo, sino para todo el mundo.
El segundo reúne a varias decenas de autores y autoras que trabajan para el mercado francobelga. No tienen actividad pública, no tienen redes sociales, no tienen página web, no tienen blog. Su comunicación se concentra en una comunidad de whatsapp dividida por secciones y han conseguido establecer una conversación constante. Sé que visto desde fuera se puede pensar «pues no parece mucho». Ehhhh, bueno… yo puedo asegurar que tener un espacio de debate y reflexión activo ya está a seis mil años luz de lo que hay en otros sitios.
Perdonad todo este rodeo, os aseguro que estoy tratando de llegar a alguna parte.
Hace nada, apenas unos días, terminó un evento en el que tengo la suerte de participar desde la parte organizativa. Allí, como en otros muchísimos saraos, suelen surgir siempre conversaciones similares. Una de ellas siempre acaba orbitando la idea de que «es imposible montar una asociación de autores».
En torno a esa idea siempre salen argumentos similares: puñaladas, egos, rencores, personalidades irreconciliables, incompatibilidades, nichos, grupos, familias, intereses, trepas, figurantes…
Por contra, volviendo tan solo a unas cuantas palabras antes, si nos fijamos en la actividad del Colectivo de Autoras, me parece absurdo seguir exclamando que la unión es imposible. Con todas y cada una de las acciones que llevan a cabo resulta difícil no verla. Muy difícil. Resulta imposible que no marquen conversación, que no se hable de su discurso y que no se sepa su posicionamiento, siempre claro y contundente.
Entonces, ¿imposible? ¿cómo que imposible? Es tan fácil como mirar a un lado y ver que la realidad te devuelve otra cosa bien distinta.
Peeeeeeero es en ese momento cuando empiezan los cuestionamientos.
NO SON UNA ASOCIACIÓN LEGAMENTE CONSTITUIDA
Ajá. ¿Y quién dice que tienen que serlo?
A esa última pregunta alguien podría responder: «es que las administraciones prefieren que sus interlocutores tengan una entidad jurídica y tal y cual y pascual».
…
Sé que esto puede sonar un poco bruto, pero el planteamiento en cualquier democracia debería ser justo el contrario: las instituciones deberían amoldarse a las preferencias de la ciudadanía y no al revés.
Un ministro, un secretario de estado o una directora general son, en primer lugar, servidores públicos. Si la gente decide organizarse en colectivos, asambleas, grupos o caracoles zapatistas, genial, eso demuestra libertad, iniciativa y capacidad de decisión más allá de la burocracia que quiera imponer nadie.
Insinuar siquiera que «hay que asociarse para ser serios» no solo es absurdo, es algo muchísimo peor: condescendiente.
Si un grupo de profesionales de este sector (o de cualquier otro) decide que va a organizarse de la forma que consideren ¿quién demonios eres tú para decir que deberían hacerlo como a ti te gusta?
A ver si el problema de este planteamiento es que hay gente externa a esos colectivos que pretende decidir sobre cómo se relacionan los demás hacia dentro y hacia fuera. Ante esto, a mí me surge una única pregunta ¿por qué alguien de fuera pretende opinar sobre cómo me junto yo con los míos?
Quién sabe…
LOS ARGUMENTOS B
Si el cuestionamiento A es ese de ahí arriba, justo un peldaño por debajo empiezan a sonar una buena ristra de cuestionamientos secundarios derivados del primero.
«Es que si no se es asociación no se pueden pedir subvenciones».
Perfecto. Ninguna asociación profesional debería pedir subvenciones. Deberían autogestionarse y no depender en ningún momento del dinero público. ¿Por qué? Porque cuando un organismo legalmente constituido, sea cual sea, empieza a recibir dinero de la administración corre un peligro inmenso: dejar de defender los derechos de sus asociadas por miedo a perder parte de su sustento económico.
«Sin una asociación la representatividad no es real».
¿Y con una asociación sí lo es? ¿A cuánta gente representan AACE, ARGH!, APCómic o Comiqueras? ¿Cuánta de esa gente está involucrada en la gestión y en la toma de decisiones? ¿Cuántas asociaciones y colectivos forman parte de la Sectorial del Cómic? ¿Cuánta de esa gente está involucrada en la gestión y en la toma de decisiones?
Yo jamás me atrevería a hablar por asociaciones de las que no he formado parte, jamás he estado en AACE ni tampoco en Comiqueras, así que no tengo ni idea de cómo se articulan de manera interna. Estuve en ARGH varios años, estuve un tiempo en la Sectorial del Cómic y estuve en APCómic en dos brevísimos períodos de tiempo. Hay algo común en todas esas asociaciones: una junta directiva y una asamblea de socios. Vaya, lo que marca la ley.
El funcionamiento habitual suele ser que la junta directiva organiza el trabajo del día a día, toma decisiones y, muy de vez en cuando, consulta al resto de socias sobre determinadas cuestiones. Eso en la práctica significa que un pequeño grupo de personas, en el que se ha confiado previamente, actúa sin consultar con nadie y de vez en cuando informa sobre las acciones correspondientes. ¿Es el mejor sistema? Es un sistema.
Una forma de trabajar que en todos los casos que yo he conocido (tres dentro del mundo del cómic, seis más fuera de ese mundo) es completamente ineficaz por varios motivos:
- Impide la participación real de las personas asociadas. La información llega tarde, sin capacidad de intervención y sin poder de decisión. Cuando te llega algo, que no siempre te llega, alguien ya ha tomado las decisiones relevantes y, con suerte, te dejan escoger entre planteamientos de otros.
- La representatividad queda reducida a una pantomima. Si en una asociación hay 100 socias y deciden 8, se puede enarbolar la idea de ser «portavoz de las patatas», pero… la realidad es bien distinta.
- Se generan puestos perpetuos por un síndrome de poder circular. La gente de la junta directiva tira del carro, muchas veces con una dinámica con la que no se hace partícipe a las asociadas, eso hace que en los períodos en los que toca renovar esa junta no aparezcan candidatos porque la mayoría de la gente no tiene muy claro cuál es la labor que se hace. Nadie presenta alternativas y los puestos se repiten una y otra vez.
- Eso que ocurre en el punto 3 genera a su vez un desinterés total por parte de las asociadas. La gente que alguna vez quiso participar no fue incluida en los círculos de decisión, no se tomaron en consideración sus opiniones y, con total seguridad, tuvo la sensación de que hay un grupo cerrado de gente que manda en el que no pinta nada. Ya sea porque ese grupo da la sensación de que «trabaja mucho», de que es hermético, de que es arisco o de que andan a mil cosas y no tienen tiempo para escucharme a mí con mis cosas que soy un simple socio numerario.
LA MENTIRA DE LA HORIZONTALIDAD
Quien piense que todo esto lleva directamente a plantear que la única salida es la horizontalidad, se equivoca. En las asociaciones al uso ni existe ni puede existir la horizontalidad. Pero no nos engañemos, en los colectivos tampoco, al menos tal y como están planteados ahora mismo.
En las primeras es imposible por ley. La legislación obliga a que existan al menos tres figuras: presidente, secretario y tesorero. El que manda y representa, el que levanta las actas (es decir, el que controla la información que llega a las socias) y el que maneja la caja. Ya está, es así de simple, eso imposibilita la horizontalidad de facto.
En los colectivos, aunque se quiera dar a entender otra cosa, tampoco es posible con su planteamiento actual. ¿Por qué? porque nuestra educación y nuestra cultura nos llevan a elegir esos mismos cargos (u otros similares) aunque no sean designados como tal. Hay «voces autorizadas», «gente que sabe de X», «gente que sabe de Y», «gente que tiene contactos», «gente a la que se le da muy bien esto» y así sucesivamente. Tenemos la terrible tendencia de escoger «gente imprescindible». Personas que sí o sí tienen que estar porque aportan algo que el grupo considera imprescindible y, si no están, se pierde fuerza, empaque, carisma, capacidad organizativa o lo que sea.
Y eso nos lleva irremediablemente al mismo punto 3 del listado anterior. Puestos perpetuos en un poder circular.
ENTONCES, ¿ES POSIBLE LA UNIÓN DE LOS AUTORES?
La pregunta es tramposa a más no poder. Por supuesto que lo es. Ahí están el Colectivo de Autoras y PIFS para demostrar que una organización activa, participativa y con entidad suficiente como para ser convocada por las instituciones es posible.
Ahora, ¿es suficiente? Pues… depende. Imagino que para esos colectivos lo es. Quizás la pregunta debería enfocarse de otra forma: ¿se puede constituir una unión que vaya más allá de los límites de esos colectivos y de las asociaciones legalmente constituidas?
Pues… ahí ya surgen enseguida dos preguntas: ¿para qué? y ¿cómo?
El ¿para qué? parece obvio: asesoramiento legal, asesoramiento fiscal, defensa de los derechos, interlocución sin intermediarios con la administración y red de apoyo y de cuidados.
El ¿cómo? ya es algo más complejo. Mi experiencia me dice que estas cosas solo son posibles con dos factores irrenunciables: tiempo e implicación. Es más, si cada vez que alguien dice «no tengo tiempo» estuviese obligado a meter un euro en una hucha, nadie se plantearía jamás tener que recurrir a pedir subvenciones.
Pero más allá de meterle horas, hay un paso imprescindible justo después de ese: la implicación. Nadie debería permanecer más de dos años seguidos en el mismo puesto, ni encargándose de las mismas labores, ni asumiendo las mismas funciones, ni poniendo la cara una y otra vez.
Todo el trabajo que hay que hacer, toda la organización interna, debe pasar en algún momento por las manos de todas y cada una de las personas asociadas. Que no sabes hacerlo. Aprendes. Que no quieres hacerlo. No te metas, nadie te obliga. Que a ti te vale con estar dentro y no participar. Existen millones de actividades pasivas en las que eso no daña a nadie. Que a ti te vale con pagar la cuota y ya. Hazte socia de una ONG. Que tú quieres seguir tirando del carro porque te gusta y lo disfutas. Te apartas y dejas hueco, nadie debe ocupar el asiento más tiempo que las demás.
En el momento en que un grupo concreto, sean 10, sean 8 o sean 20, asuman siempre el mismo rol y empiece a establecerse en la comunidad que son esas personas las que hacen todo el trabajo, adiós, no hay vuelta atrás. Podrá tardar más o menos, pero la iniciativa fracasará por los mismos puntos 1, 2, 3 y 4 de ahí arriba.
¿Estoy diciéndole yo a nadie cómo debería organizarse? No, por favor, solo faltaría. Al revés, solo estoy transmitiendo mi experiencia empírica y poco más.
Un ejemplo anecdótico. Hace ya más de una década montamos en el barrio un colectivo que tiempo después se convertiría en una asociación que abrió un centro social. Se llamaba Xogo Descuberto. En un momento determinado, la organización interna se iba resintiendo. La gente que había estado siempre tirando del carro estaba un poco cansada de hacerlo y se buscaron alternativas. Se puso encima de la mesa que las labores diarias, cosas tan prosaicas como la limpieza, la cocina, hacer la compra o la organización de las actividades, fueran rotatorias. En una de las reuniones (eran semanales, los domingos a las cinco de la tarde, porque nos iba la marcha) hubo quien dijo que no quería hacerse cargo de la cocina porque no sabía cocinar. Alguien replicó: «pero se puede aprender» y la respuesta todavía retumba en mi cabeza: «no quiero aprender».
Y eso me lleva de nuevo a varias de las preguntas anteriores. Más allá de las labores propias del día a día de cualquier grupo humano que pretenda organizarse, se requieren pequeños pasos constantes en la búsqueda de los objetivos comunes.
Los grandes objetivos: prender fuego a toda la cadena de distribución tal y como es ahora mismo para reestructurarla poniendo mucho más en valor a las autoras para acabar con la precariedad (por ejemplo), son solo palabras vacías que no llevan a ninguna parte sin acciones previas muchísimo más pequeñas.
Acciones que arrancan desde algo muy sencillo: hablar sobre ello, recuperar espacios en manos de intermediarios y trazar agendas y hojas de ruta en el largo plazo. Vaya, organizarse.
Es muy sencillo saber en qué momento una asociación o un colectivo ha perdido fuelle o ha sido desactivado: cuando todas sus acciones son solo reacciones. No proponen, no articulan, no generan conversación pública, solo están ahí, adormiladas, hasta que ocurre algo lo suficientemente «grave» como para desempolvar el portátil y lanzar un comunicado.
En la última década en España tenemos unos cuantos ejemplos de ello.
¿POR QUÉ HABLO DE RECUPERAR ESPACIOS?
No falla, da igual con qué autor o autora hables de la Sectorial, en un inmenso porcentaje se refieren a ella como «ellos», como «los otros». Es algo que ocurre desde el principio. Tanto la gente que formábamos parte de manera activa, como diferentes miembros de las asociaciones o colectivos de autoras dentro de ella, siempre nos hemos referido a esa entidad como algo ajeno.
Ni siquiera es algo pensado, sale de forma natural. Muchas veces se han planteado cosas del tipo «deberíamos proponer X en el Ministerio» y alguien decía «nah, eso no van a querer en la Sectorial», entonces te quedabas un instante pensando hasta que llegabas a «eh, pero nosotros somos la Sectorial».
Ya te puedes imaginar el volumen de los grillos.
¿Por qué no se tiene sentido de pertenencia y se trabaja desde una dualidad ellos—nosotros? Porque la misma naturaleza del sector es esa y porque se han sacado de la mesa todas y cada una de las conversaciones que supuestamente son incómodas y, en realidad, solo incomodan a una parte.
A base de repetir que la Sectorial solo puede ser un canal de comunicación constante con las administraciones, algunas han optado por afirmar no solo que es así, sino que siempre ha sido así y que no puede ser de otra forma.
Bien, de acuerdo, estoy dispuesto a asumirlo. Es más, importa tres carajos lo que yo asuma o deje de asumir. Mi planteamiento aquí no se ha movido un ápice: la Sectorial es útil y necesaria, siempre lo ha sido. Ahora, lo mismo que ya dije antes para cualquier otra asociación o colectivo, todos y cada uno de los puestos no debería permanecer en las mismas manos más de dos años. Además, en este caso concreto hay motivos más que acreditados para que así sea.
Eso sí, hay algo en mi planteamiento que sí que ha cambiado: los autores hace tiempo que no pintamos nada en la Sectorial del Cómic. ¿Por qué? Porque incluso los colectivos y asociaciones que permanecen dentro lo hacen desde la lógica nosotros—ellos. Porque estando dentro se ha intentado controlar la intensidad de nuestro discurso.
Por ejemplo, en diciembre de 2024 se lanzó aquel infame intento de Real Decreto sobre la Inteligencia Artificial Generativa. Poco tiempo después se celebraba el festival de Angoulême en el que España sería Focus Country y se mandaría una gigantesca delegación al país vecino.
Se iba a preparar una acción de protesta, unas chapas, unas palabras, un poco de jaleo que podía llegar a empañar un poco el trabajo de meses del ministerio.
Se levantaron teléfonos, se perdieron los nervios, se habló de boicots (imagino que gente que no ha visto un boicot en su vida y que no quiero ni pensar qué significará la palabra sabotaje para ellos), se organizaron reuniones de urgencia, hubo desplantes, malas caras y, lo más surrealista de todo: se agitó el fantasma del miedo diciendo que se estaban poniendo en riesgo las ayudas a la creación de cómic.
Juro que no me lo invento.
De verdad, lo juro.
Hubo gente (en plural) que llegó a plantear que se estaban poniendo en peligro unas ayudas de un millón de euros por ponerse unas chapas.
Eso es anecdótico y, a la vez, es una pequeña muestra de pérdida de autonomía. Las decisiones de las autoras jamás deberían ser ni vigiladas, ni cuestionadas, ni intermediadas por nadie. Sean para bien, para mal o para regular. En este caso y en cualquier otro.
Y digo todo esto porque seguro que alguien puede decir: un día, Fulanito, tuvo un problema, se le comunicó al presidente de la Sectorial, hizo un par de llamadas y, al día siguiente, el problema estaba solucionado. Entiendo que eso pueda parecer estupendo, pero en realidad, no lo es.
Yo no quiero que nadie me solucione los problemas, quiero participar de forma activa en su resolución y quiero sentarme en primera persona a resolverlos con quien sea. Sin delegados y sin intermediarios.
Por eso hablo de recuperar espacios. ¿Que la Sectorial quiere seguir haciendo su labor de recibir dinero publico y gastarlo sin que nadie fiscalice hasta el último centavo gastado? pues… oooooookey… allá cada uno con sus vainas, después nos llevamos las manos a la cabeza. Pero no tiene sentido alguno permanecer en lugares en los que la voz de las autoras solo se escucha para después decirles: «deja, ya me encargo yo».
Eso vuelve a ser condescendiente.
En los últimos tiempos se nos ha llamado indiscretos. Ante el menor atisbo de protesta se ha dicho que «se hace ruido en las redes sociales». Si dices que no quieres asociarte porque no te sale de dentro, te dicen que no eres serio. Si te quejas porque unas bases mal redactadas te dejan fuera de una convocatoria te dicen que somos «muy pasionales».
Es evidente que dos millones de euros en ayudas a la creación de cómic son una noticia maravillosa.
Es evidente que dos millones de euros en ayudas a la creación de cómic no modifican en absoluto la cadena de valor del cómic. El diez por ciento de royalties es una estafa de un sistema obsoleto que nadie parece querer cambiar. Los cambios que necesita el sector son revolucionarios y no se van a cubrir con millones en subvenciones. Se trata de cambiar la legislación, intervenir el mercado y generar una excepcionalidad cultural. Cualquier otro objetivo a largo plazo que no vaya en ese sentido seguirá incidiendo en el mayor problema que tiene toda la industria a nivel internacional: el sistema editorial se sostiene sobre las espaldas de autoras pobres.
Y no lo digo yo. En España lo dice el Libro Blanco. En Francia lo dice Les États Généraux de la Bande Dessinée (EGBD).
¿Cambiar eso es el «¿para qué?» que podría llegar a justificar una unión de todo el mundo? No tengo ni idea, a mí personalmente me parece un buen motivo, si a alguien le apetece hablar sobre ello que me llame.
