En noviembre de 2014 publiqué mi primer tebeo. Eso significa que dentro de pocos días cumplo doce años como guionista de cómic. Doce. Una cifra lo bastante grande como para que empiece a preocuparme el tiempo que llevo haciendo esto y lo bastante pequeña como para que todavía haya gente que me pregunte cuándo voy a dedicarme a algo de verdad.
Durante estos años he escrito historias de terror, aventuras, comedias, melodramas de apretar el puñito y unas cuantas cosas que no sabría muy bien dónde colocar. He publicado con editoriales grandes, pequeñas, españolas, extranjeras y alguna que, por desgracia, ya no existe. He ganado premios, me han rechazado proyectos, he firmado contratos estupendos y otros que, vistos con perspectiva, habría sido mejor utilizar como mecha para un molotov. También he conocido a gente extraordinaria, a gente bastante menos extraordinaria y a un número preocupante de personas que consideran súper razonable contestar un correo seis meses después.
En definitiva, doce años haciendo tebeos.
En aniversarios anteriores aproveché para hablar de los errores cometidos o de las cosas que aprendí por el camino. Este año también quiero hablar de un aprendizaje, pero de uno que me ha llevado bastante tiempo comprender y que, además, he podido comprobar con datos. Lo que me pierde un dato.
Porque resulta que, después de doce años escribiendo cómics, descubrí que una de las cosas que menos ha influido en que publique mis proyectos es el procedimiento que se supone que hay que seguir para publicarlos.
Y eso tiene bastante gracia. Jaja.
Me mato.
El maravilloso mundo de enviar correos
Cuando empecé a preparar proyectos de cómic, allá por 2011, tenía una idea bastante clara de cómo funcionaba todo aquello. Primero había que encontrar a alguien que quisiera dibujar una historia conmigo. Después preparábamos un dossier, buscábamos editoriales que publicasen cosas parecidas, enviábamos unos cuantos correos y esperábamos a que alguien descubriera nuestro extraordinario talento.
El último paso podía demorarse un poco.
Era un procedimiento lógico. De hecho, sigue siéndolo. Si quieres publicar un tebeo, necesitas que una editorial conozca su existencia. Y para eso resulta bastante útil enviarle el proyecto.
Además, las redes sociales estaban cambiando las reglas del juego. Facebook me permitió conocer a un montón de dibujantes. Yo soy bastante tímido y acercarme a alguien en un salón para proponerle trabajar juntos me parece una actividad de riesgo. Desde casa, delante del ordenador, me parecía más sencillo.
Así empezaron muchas de mis primeras colaboraciones. Hablábamos, compartíamos ideas, preparábamos proyectos y los enviábamos. Algunos recibían respuesta. Otros desaparecían en ese lugar misterioso al que van los correos que nadie contesta.
Durante bastante tiempo asumí que aquello era lo normal. Que publicar dependía de preparar buenos proyectos y conseguir que llegasen a la mesa adecuada.
Hasta que hace unos meses se me ocurrió comprobarlo.
Treinta proyectos y una pequeña sorpresa
Estaba preparando una clase en la maravillosa KAME sobre cómo preparar proyectos para las editoriales y decidí revisar mi trayectoria. No mis libros favoritos ni los que habían vendido más o menos. Todos los proyectos que había conseguido publicar o contratar, uno por uno, para averiguar cómo habían llegado hasta allí.
Conté treinta.
Después reconstruí el recorrido de cada uno. Quién había propuesto la idea, cómo había conocido a la dibujante, quién había hablado con la editorial, si existía un dossier, si alguien nos había presentado o si el proyecto había surgido directamente de un encargo.
Y descubrí algo bastante llamativo.
De esos treinta proyectos, solamente dos habían llegado a publicarse exclusivamente gracias al procedimiento de preparar un dossier y enviarlo por correo.
Dos.
Los otros veintiocho habían necesitado alguna vía adicional. Una recomendación, un encuentro, una relación de trabajo anterior, un concurso, una conversación en redes o una propuesta directa de una editorial.
Naturalmente, aquello podía significar que yo era un caso extraño. Así que pregunté a varios compañeros cómo habían llegado a publicar algunos de sus proyectos. Entre todos reunimos diecinueve casos más.
De esos diecinueve, solamente uno había seguido exclusivamente el camino del dossier enviado por correo.
Cuarenta y nueve proyectos. Tres publicados por esa vía.
Antes de que alguien decida utilizar estas cifras para elaborar un informe sobre la industria del cómic, conviene aclarar algo. No estamos ante un estudio científico. Es una muestra pequeña, construida a partir de mi experiencia y la de algunos compañeros, y además deja fuera todos los proyectos que nunca conseguimos publicar. No sirve para establecer cómo funciona el conjunto del mercado.
Pero sí que sirve para plantear una pregunta bastante interesante.
Si prácticamente ninguno de los proyectos que habíamos conseguido sacar adelante había llegado por el procedimiento que considerábamos habitual, ¿por qué seguimos tratándolo como si fuese el camino principal?
La gente que aparece por el camino
Cuando revisé los proyectos con más detenimiento, empecé a encontrar relaciones que se repetían.
Por ejemplo, Judith dibujó una historia para Las catacumbas de Salem. Después me hablo de Roger, con quien hice Ojos grises, y años más tarde le habló de mí a Carles, con quien acabaría trabajando en Soma.
Tres proyectos diferentes, en momentos distintos, conectados por una persona con la que había empezado haciendo una historia.
No había ningún plan maestro detrás de aquello. Judith y yo colaboramos en algo y, cuando surgieron otras posibilidades, aquella relación permitió que las cosas sucedieran.
Algo parecido ocurrió con varios editores. Un proyecto llevaba a otro. Una conversación en un salón servía para enseñar una idea. Un libro publicado hacía que una editorial extranjera mirase con otros ojos un dossier que antes había rechazado.
Esto último me pasó con Korubaku. Habíamos movido el proyecto por Francia sin conseguir publicarlo. Más de un año después, tras la publicación francesa de Ojos grises, Paquet revisó una pestaña del blog que tenía en aquel momento que se llamaba «proyectos» y me escribió para ver si estaba disponible. En realidad me escribió para preguntar por aquel y por otro más y todo acabó en un sainete espectacular, pero eso es otra historia…
El proyecto era el mismo. El dossier también. Lo que había cambiado era nuestra relación con la editorial, ya habían publicado algo y se interesaron por publicar más.
Y aquí está, creo, una de las claves de todo esto.
Nos obsesionamos con encontrar la manera perfecta de presentar una historia. Con escribir una sinopsis irresistible, preparar un dossier impecable, escoger las páginas de muestra adecuadas o redactar un correo que consiga captar la atención de alguien que probablemente tenga otros doscientos esperando.
Todo eso puede ser útil. Yo sigo preparando dossieres y seguramente seguiré haciéndolo mientras trabaje en esto. Pero un dossier es una herramienta. No es una estrategia profesional.
La pregunta importante no siempre es cómo conseguir que alguien lea lo que has preparado. A veces es cómo llegar a mantener una conversación con esa persona. Y las conversaciones, por suerte o por desgracia, no se tienen mediante un PDF.
Hacer cosas con gente
Hay una expresión que me provoca bastante rechazo: hacer contactos. Ya no te imaginas cuando se habla de networking. Entiendo lo que significa y no voy a fingir que las relaciones profesionales no tienen consecuencias profesionales. Las tienen. Acabo de dedicar varios párrafos a demostrarlo.
Pero me parece una manera bastante triste de entender una actividad que consiste, en buena medida, en crear cosas con otras personas.
Cuando alguien habla de hacer contactos, siempre me imagino a una persona recorriendo un salón con una libreta, apuntando nombres y calculando cuánto puede tardar cada conversación en convertirse en un contrato. Una especie de comercial de seguros, pero con más camisetas de Batman.
Y no creo que esa sea la cuestión (aunque si os apetece un día hablamos de los cazadores, es un temazo).
A lo largo de estos doce años he trabajado con un montón de dibujantes. Con algunos he repetido, con otros solamente he hecho una historia. Hay proyectos que han salido adelante y otros que siguen guardados en carpetas que probablemente no vuelva a abrir. También he mantenido conversaciones que no han desembocado en nada y he conocido a personas con las que nunca he trabajado, pero con las que sigo compartiendo ideas, preocupaciones o información.
Todo eso forma parte del oficio.
Porque el vínculo no consiste solamente en que alguien te recomiende a una editorial. También está en encontrar a una dibujante con la que te apetezca construir una historia, en descubrir que otra persona entiende algo de tu guion que tú todavía no habías visto o en desarrollar una manera de trabajar que mejora con cada proyecto.
El cómic es una actividad colectiva. Incluso cuando una sola persona se encarga de escribir y dibujar, alrededor hay editoras, correctoras, rotulistas, traductoras y muchas otras profesionales cuyo trabajo acaba formando parte del libro.
Y, sin embargo, cuando hablamos de cómo desarrollar una carrera, tendemos a reducirlo todo a una relación entre quien crea una obra y quien decide publicarla. Como si lo que ocurre entre ambas cosas fuese un trámite.
Para mí, cada vez resulta más evidente que ahí está una parte fundamental de todo. No se trata de conocer a mucha gente. Se trata de hacer cosas con gente.
Tampoco voy a venderte humo
Llegados a este punto, sería muy sencillo convertir todo esto en uno de esos discursos de autoayuda profesional que tanto abundan en internet. Sal de casa. Conoce personas. Acude a eventos. Muéstrate disponible. Construye relaciones. Sonríe mucho. Cree en ti.
Y, si después de seguir todos estos consejos sigues sin publicar, seguramente será porque no has sonreído lo suficiente.
El problema es que las relaciones profesionales no se desarrollan en igualdad de condiciones.
No todo el mundo vive cerca de un gran salón del cómic. No todo el mundo puede permitirse pagar un tren, un hotel y varios días de comidas para asistir a un evento en el que quizá consiga hablar cinco minutos con una editora. Tampoco todas las personas tienen el tiempo necesario para participar en actividades, trabajar en proyectos sin remuneración o dedicar horas a mantener una presencia constante en redes.
Y hay otra cuestión que conviene recordar: las editoriales también tienen responsabilidades.
Que las relaciones personales faciliten la publicación de proyectos no significa que debamos aceptar un sistema en el que resulte casi imposible acceder a una editorial sin conocer previamente a alguien. Una cosa es reconocer cómo han funcionado nuestras trayectorias y otra muy distinta convertir esas circunstancias en el modelo que todo el mundo debería seguir.
Si publicar depende demasiado de quién te conoce, quienes ya están dentro parten con ventaja. Y eso no se soluciona recomendándole a una autora que vaya a más salones.
Por eso creo que necesitamos distinguir dos cosas. Una es la importancia de construir relaciones de trabajo. Otra es la obligación de que existan vías de acceso transparentes, abiertas y razonables para quienes todavía no han tenido la oportunidad de establecerlas.
Ambas deberían ser compatibles.
Además, conviene no olvidar que tener vínculos profesionales tampoco garantiza nada. He trabajado con personas estupendas en proyectos que nunca llegaron a publicarse. He recibido negativas de editoriales con las que ya tenía y tengo relación, incluso muy buena relación. Y he preparado propuestas que parecían tenerlo todo a favor y acabaron durmiendo el sueño de los justos.
El vínculo no es una fórmula mágica. Si lo fuese, después de doce años ya habría encontrado la manera de que alguien contestase los correos a tiempo.
Doce años después
Hay algo que me resulta curioso al mirar hacia atrás.
Cuando empecé, necesitaba encontrar dibujantes, preparar proyectos, enviarlos y convencer a las editoriales de que merecía la pena publicarlos.
Doce años después sigo haciendo todo eso.
Sigo escribiendo historias que no sé si llegarán a publicarse. Sigo preparando dossieres. Sigo enviando correos y esperando respuestas. Sigo equivocándome, descartando ideas y empezando proyectos nuevos cuando todavía tengo otros sin terminar.
La diferencia es que ahora entiendo mejor lo que ocurre alrededor de ese trabajo.
Si reviso mi trayectoria, puedo identificar los libros que he publicado, los premios que he recibido o las editoriales con las que he trabajado. Son datos fáciles de ordenar. Se pueden colocar en una bibliografía, en un currículo o en una página web. Lo que resulta mucho más difícil es reconstruir todas las conversaciones, colaboraciones y encuentros que hicieron posibles esos libros.
Una persona que te presenta a otra. Una dibujante que acepta trabajar contigo cuando todavía no has publicado nada. Una editora que recuerda una conversación de hace años. Un compañero que te habla de una convocatoria. Alguien que te propone hacer una historia que nunca se te habría ocurrido por tu cuenta.
Ninguna de esas cosas aparece en la portada. Pero sin muchas de ellas, las portadas tampoco existirían.
Y eso me lleva a pensar que quizá hemos dedicado demasiado tiempo a explicar cómo se preparan proyectos y demasiado poco a hablar de cómo se construye una vida profesional alrededor de ellos.
No tengo una receta para conseguirlo. Si la tuviera, probablemente estaría vendiendo un curso por internet en lugar de escribir este artículo. Lo que sí tengo son doce años de experiencia, unos cuantos proyectos publicados y una conclusión que me habría venido muy bien conocer cuando empecé.
Hay que escribir. Hay que trabajar. Hay que aprender a presentar lo que hacemos y buscar la manera de que llegue a las editoriales. Todo eso sigue siendo necesario.
Pero, por encima de todo, hay que hacer cosas con otras personas. Porque después de doce años, cuando intento explicar cómo he llegado hasta aquí, la respuesta no está en los dossieres que he enviado ni en los correos que me han contestado. Está en la gente con la que me he encontrado por el camino.
Es el vínculo, hermano, el vínculo.
