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¿Por qué no se habla de la reacción en los manuales de escritura? (I)

Lo que viene a continuación es el primer capítulo de un minimanual de escritura que lleva por título «Si no reaccionas estás muerta». La intención es ir lanzando cada parte mes a mes hasta completar las ocho entregas. Puedes consultarlo siempre en la Biblioteca.

El 4 de noviembre de 2019 estuve a punto de morir. Volvía a casa después de dar una clase. Era martes. Llovía a cántaros. Una de esas tormentas en las que parece que se va a acabar el mundo. Nunca he sido el mejor tomando decisiones. Por aquel entonces todavía conservaba cierto miedo a conducir. Ese miedo se convertía en pavor en función de las condiciones climatológicas, sobre todo el viento y la lluvia. Aquella tarde coincidían las dos. Ya había oscurecido. En Galicia a esas horas, a partir de octubre, hace rato que es de noche. Decidí ir por carretera. Me pareció mucho más seguro que tener que cruzar el puente de Rande.

Para los que no sepáis qué es el puente de Rande es similar al mítico puente de San Francisco, pero en miniatura. Cruza la Ría de Vigo por encima del agua. En una noche de tormenta, si llevas un coche como el que yo tenía en aquel momento, tienes la sensación de estar conduciendo el Dragon Khan por el cañón de Colorado con los ojos vendados. Así que algo en mi mente dijo: «mucho mejor por la nacional». No debería haber hecho caso, es más, jamás debería hacer caso a voces que de repente suenan en mi cabeza.

Estaba saliendo del término municipal de Pontevedra. Justo antes de la salida hay una gasolinera. Imagino que es la típica gasolinera de carretera que te recuerda que tienes una última oportunidad de repostar antes de meterte de verdad en ruta. Había un cruce, claro. Estaba ahí para que los que viniesen en el otro sentido pudiesen entrar en la gasolinera. Eso sí, para hacerlo tenían que detenerse primero en un stop. Una furgoneta no hizo el stop, pero sí que se detuvo. Se detuvo contra mí.

Yo iba, según el informe, a 57 kilómetros por hora. La furgoneta impactó contra mi coche a tal velocidad que no pude reaccionar. No se activó ningún reflejo. No di un volantazo, no intenté pisar el freno, no quise taparme la cara, nada, no hice nada. La furgoneta chocó de forma tan violenta contra mi coche que no pude hacer ninguna de esas cosas «semiautomáticas» que se activan en situaciones de peligro. No había visibilidad. Lo único que se escuchaba era la lluvia cayendo y el viento soplando. No había modo alguno de anticipar lo que iba a ocurrir.

Saltó el airbag, pero el impacto fue tan fuerte que mi cabeza lo atravesó como si nada y me golpeé con la cara contra el volante hasta reventarme la nariz. El coche empezó a llenarse de humo. Una neblina dulzona que me dejó medio drogado. Cuando llegó la guardia civil me encontraron recostado sobre el asiento, sonriendo y chorreando sangre por la nariz. Me ofrecieron varias veces llevarme al hospital, pero me negué, les dije que me ayudasen a arrancar el coche y ya iba yo.

El coche quedó siniestro total. Por suerte yo no tuve lesiones graves, pero sí que se me quedó el susto en el cuerpo durante un tiempo.

Si te acabo de contar todo esto es porque esto es el primer capítulo de un manual que se titula «Si no reaccionas estás muerta». Sí, sé que hay muchas dosis de ironía en el título y quería explicarlo a través de una pequeña metáfora que tiene que ver con mi vida. Aquel día no reaccioné. Todo ocurrió tan deprisa que no fui capaz de hacer nada. Estuve a punto de irme al otro barrio y las necrológicas dirían: «muerto en accidente de tráfico sin mover ni un dedo para evitarlo». Lamentable.

Reaccionar ante lo que nos pasa es la sal de la vida. Es la forma que tenemos para demostrar que estamos vivos, que respiramos, que sentimos, que padecemos, que algo nos duele, nos emociona o nos llena de ilusión. Es un mecanismo natural que genera interacción con las demás, que también les demuestra a ellas que estamos ahí y lo que nos dicen o lo que nos hacen tiene un efecto. Ese intercambio de acciones y reacciones mueve el mundo. Cuando no reaccionamos, cuando somos incapaces de hacerlo, corremos el riesgo de desaparecer, de perder una oportunidad, de alcanzar una meta o de zanjar de una vez por todas una mala situación.

Llevo casi quince años devorando manuales de escritura. Los he leído sobre guion de cine, sobre escritura de novelas, sobre subtexto, sobre formato, sobre herramientas narrativas… Los he estudiado y los he utilizado para impartir clase, pero siempre formando mis propios apuntes. Nunca me verás llegar a clase con un libro fotocopiado y ponerme a leerlo. NOTA: si digo esto es porque he padecido al menos a tres profesores que sí que lo hacían. Llegaban a clase con un manual de Syd Field, con el libro de McKee o repartiéndonos fotocopias del libro de Sánchez-Escalonilla y se dedicaban a leérnoslo y, con suerte, a hacer algún ejercicio después.

Tomo apuntes a mano de cada manual que me leo. Si veo algo interesante trato de formular una clase con ello. El curso en el que estoy ahora mismo y desde hace una década tiene una duración de treinta meses, necesito muchísimos apuntes y necesito ir renovando el material de forma constante para no aburrirme y tener la sensación de que estoy enseñando siempre lo mismo.

Después de haber acumulado tantos años de notas y apuntes, me he dado cuenta de algo que creo que es fundamental: en los manuales de escritura apenas se habla de la importancia de la reacción.

El motivo fundamental es que hay muchas cosas sobre las que escribir. Uno de los grandes problemas de muchos manuales es que quieren tratar todos los temas «importantes». Recuerdo que uno de los primeros que leí con verdadero interés fue «Estrategias de guion cinematográfico» de Antonio Sánchez-Escalonilla y me parecía un auténtico grimorio medieval que agrupaba todo el conocimiento del mundo en torno a un tema concreto.

Lo mismo te mencionaba a este o a aquel que te desglosaba las 20 tramas maestras y te hacía un breve resumen de cada una de ellas. Si tienes que hablar de estructuras (de largo el tema más veces tratado), de tramas, de personajes, de diálogos y de situaciones dramáticas y no quieres sacar una enciclopedia por fascículos tienes que escoger muy bien de qué demonios vas a hablar o posiblemente te ahogues antes siquiera de empezar.

Y esto es algo que me ha pasado con muchos de los manuales: pretenden servir como métodos integrales de escritura, quieren enseñarte un poco de cada uno de los ingredientes fundamentales que podemos encontrarnos a la hora de escribir.

Juguemos a una cosa. Acércate a una librería y échale un vistazo a los libros de cocina. De primeras verás que hay cientos de ellos. ¿Cómo de específicos son? Sí, es cierto, algunos son amplios o incluso muy amplios: «Cocina española», «Cocina francesa», «Cocina italiana». Es evidente que por muy grande que sea cada uno de esos volúmenes no puede contener todo lo que se puede saber sobre cada una de esas tradiciones gastronómicas, quizás en un libro de cocina británica te quepa todo, pero aparte de esa excepción…

Son resúmenes, compendios, selecciones. Una serie de recetas escogidas por un cocinero, un editor o un estudio de palabras clave en google. No importa el método, lo que está claro es que alguien ha hecho una selección siendo consciente de que la totalidad de la cocina italiana no se puede contener en un libro.

Al lado de esos libros encontramos otros que para mí resultan mucho más atractivos y específicos: «Cien maneras de cocinar patatas», «Cien recetas de bacalao», «Más de cien recetas con judías verdes». ¿Siguen siendo libros de cocina? Lo son, pero se centran en algo muchísimo más concreto, un producto y una serie de formas de prepararlo.

Con los manuales de escritura tenemos un problema. Hay muchos que te hablan de cocina española y muy pocos de recetas con espárragos. La generalidad abunda mucho más que la especificidad. Si uno coge «El guion» de Robert McKee, por citar el más conocido de todos los libros de guion del mundo, se enfrentará a más de 400 páginas dedicadas a desentrañar todos y cada uno de los campos más importantes que tenemos que tener en cuenta si queremos escribir una película. Es un ladrillo. Un mamotreto plagado de tecnicismos y que requiere enfrentarse a él ya con cierto nivel sino queremos que se quede como un pisapapeles bastante voluminoso.

Pero «El guion» no está solo ni mucho menos. Hagamos otro juego: busca en google «Manuales de escritura creativa» y bucea un rato entre los resultados. Anota todos aquellos que te parezca que tratan un tema general. Si tienes acceso al índice de alguno de ellos, consúltalo. Anota cuántos se desgranan en una gran cantidad de capítulos cortos del tipo «La creación de personajes es súper importante», pero se desarrolla en veinte páginas.

Mi experiencia con todo esto me dice que necesitamos manuales mucho más concretos, más centrados en algo y, por favor, más cortos. Gracias al cielo, en los últimos años han aparecido textos como «El secreto del mejor cine» de Linda Seger centrado en el subtexto, el brillante «Imágenes narradas» de Coral Cruz dedicado a cómo debemos escribir y «—Te quiero. —No me jodas» de José Cabeza sobre la escritura de diálogos y el culpable de que yo me haya atrevido a escribir esto.

«Si no reaccionas estás muerta» es un manual de escritura, pero aquí no vas a encontrar teoría sobre estructuras, ni sobre creación de personajes, ni sobre el ritmo en los diálogos, ni sobre las tramas maestras, ni las situaciones dramáticas. Aquí voy a hablarte de las reacciones, de su importancia capital y nuclear en la construcción de cualquier artilugio narrativo y sobre encontrar la mejor manera de utilizarlas para contar lo que queremos contar.

Cada capítulo lanza una pregunta, pero muchas veces no te daré respuestas, al contrario, te daré más preguntas y, cuando seas capaz de responderlas, es posible que hayas descubierto alguna cosa sobre esto de escribir.

Hoy la pregunta era: ¿por qué no se habla de la reacción en los manuales de escritura? Todo lo de ahí arriba es solo una aproximación a lo que yo creo que podría ser una respuesta, pero seguro que, si esto te interesa lo más mínimo, tú ya te has quedado dándole alguna vuelta.