El mes de noviembre siempre ha tenido una relación especial con mi camino en esto de hacer tebeos. Fue un mes de noviembre cuando se publicó mi primer cómic: «Teluria 108» dibujado por Alex Muñoz y fue, en aquel mismo mes de 2014, cuando se publicó el segundo: «Nyx, los sueños de la Diosa» con René Valiñas.
Es curioso, que saliesen dos cómics con apenas dos semanas de diferencia entre ellos ya establece lo loco que es todo esto. Fue en 2011 cuando empecé a montar proyectos y cometí muchos errores. Eso no quiere decir que haciendo las cosas de otra manera aquellas historias hubiesen visto la luz, es más que probable que el problema fuese que eran historias de mierda, pero sí que al menos me hubiese ahorrado muchísimo tiempo y habría metido la energía en aspectos mucho más importantes.
Puede que te preguntes, amiga de mi corazón, cuáles fueron aquellos errores, así que voy a hacer una pequeña lista porque creo que se puede sacar algo de todo ello.
Cantidades, atracones y ferias
Este sistema es algo así como querer ganar al bingo jugando muchos cartones: el índice de éxito varía en un porcentaje apenas significativo y, a la vez, el gasto se incrementa de forma exponencial. Mi experiencia hablando con otras compañeras me dice que además es algo muy extendido: las guionistas llevamos varios proyectos al mismo tiempo. Escribimos un drama costumbrista, una aventura en el espacio, una cosa de vampiros, otra de ninjas y algo de roboces. Todo a la vez.
Eso, por supuesto, acompañado siempre del trabajo que paga las facturas (o los trabajos).
Ni siquiera lo tengo claro, pero antes de que en 2013 nos ofreciesen nuestro primer contrato y ganásemos el concurso que nos garantizaba el segundo, debí montar entre 8 y 10 propuestas con otras tantas dibujantes. ¿Son muchas? Sí, lo son, pero en los años siguientes el ritmo no bajó.
Poco después, en los años 2017 y 2018 recuerdo viajar al salón de Barcelona llevando hasta 10 proyectos cada vez. Pero ¿por qué es malo llevar tantísimos proyectos al mismo tiempo? Porque es posible que consigas que te den igual y eso acabe transmitiéndose a la gente a la que le llegues con «mira, quiero enseñarte todo esto».
Desarrollo un poco: en ocasiones me he plantado en un encuentro con una editora para hablar de varios proyectos a la vez. Eso, de manera inmediata, descartó unos cuantos porque nadie estuvo dispuesto a ofrecerme contratos de dos en dos, de tres en tres o de cuatro en cuatro. ¿Que has escuchado por ahí que fulano vendió a la vez seis proyectos súper diferentes entre sí gracias a una única reunión? Pues puede ser, también hay una señora de Torrelodones que jamás había jugado a la lotería y con el único boleto que compró en su vida ganó el equivalente al PIB de un país mediano.
Si tienes una reunión para hablar de proyectos con una editorial lo mejor es que se hable de una única propuesta. ¿Esto significa que no puedes llevar varios proyectos a la vez? No, qué va. Mi recomendación es que no sean muchísimos (a partir de 5 son muchísimos) y con mis consejos siempre vas a poder hacer lo mejor de todo: ignorarlos.
Yo sé lo que me ocurre a mí cuando llevo demasiados proyectos al mismo tiempo: no les dedico tiempo suficiente, la comunicación es peor, los esfuerzos por tratar de colocar bien cada uno disminuyen y varios van a morir mucho antes de tiempo.
Hay algo que es importante analizar desde una perspectiva emocional y psicológica: cuando una propuesta es rechazada después de haber intentado moverla un poco pierde potencia, energía y posibilidades. Un rechazo editorial se entiende automáticamente como un fracaso. Es un «no sirve», «no tiene espacio en el mercado» o un «no está lo suficientemente bien».
Cada vez que eso ocurre con cada dossier de forma individual se le pone una marca. Puede ser consciente o inconsciente, pero ahí está. Ese proyecto marcado no anima a retocar, a corregir, a rehacer (que podría considerarse como lo deseable), sino que lleva a pasar página y a probar con otra cosa.
Si llevas diez, doce o quince al mismo tiempo y consigues colocar uno o dos, el resto van a ir sumando sus primeras marcas y resulta muy complicado (al menos para mí) el seguir metiendo esfuerzos de venta en propuestas marcadas.
A esto hay un factor que añadir que todavía puede generar un impacto mayor en la salud a medio plazo de esos embriones de cómic: pegarse un atracón para llegar a una fecha concreta. Esto es algo que llevo viendo muchos años. Incrementar el ritmo (a veces a costa de bajar la calidad) para tener las páginas listas para enseñar en un evento concreto (Cómic Barcelona, Manga Barcelona, Angoulême…).
Cuando se produce ese esfuerzo extra, ese impulso energético fuera de lo habitual, y el resultado no cumple las expectativas propuestas el batacazo anímico es todavía mayor. «Lo dimos todo para llegar a la cita y no salió» y eso equivale a: «no merece la pena».
En definitiva, el tiempo me ha enseñado que no es buena idea escribir muchísimos tebeos de forma simultánea y, sobre todo, no intentar venderlos todos a la vez porque eso no solo es contraproducente, es injusto con tus propias historias y con tus compañeras. Hay que buscar un momento para cada cosa.
Ofrecer proyectos cerrados
De esto ya hablé alguna vez: cuando empezaba en esto de los tebeos me dedicaba a dar forma a lo que quería contar de forma individual. Es decir, se me ocurría algo, elaboraba un pitch, una escaleta, unas fichas de personajes y unas cuantas páginas de guion. Vaya, un pack listo para que alguien lo cogiese y empezase a dibujarlo.
Esos packs los movía buscando dibujantes. Que una me decía que no, pues le enviaba el pack a la siguiente. Es más, llegué a enviar el mismo lote a diferentes personas al mismo tiempo. Por suerte nunca tuve un problema, pero pude haber generado unos cuantos…
Esto no es una mala idea, es una malísima idea. Es más, entra dentro de una práctica que hoy en día considero detestable. No importa quién dibuje, lo único que se pone en el centro es tener desarrollándose a la vez más y más proyectos para ver si así sale alguno con el que seguir alimentando el ego.
Ofrecer proyectos cerrados es una forma de desprecio hacia la otra parte. Sobre todo cuando se llega al punto de decir cosas como «tú encárgate de dibujar y en el guion no te metas». Yo no he llegado a esos extremos, pero sí que caí en enviar el mismo pack a personas con estilos diametralmente opuestos, incluso antagónicos. Lo único que quería era que alguien se pusiese a dibujar mis mierdas porque había que seguir alimentando la hoguera.
Resumiendo, creo que lo ideal es no cerrar demasiado esos packs. Claro que puedes trabajar en ideas nuevas, claro que puedes ofrecérselas a gente diferente si te van diciendo que no pueden o tienen que bajarse del proyecto por lo que sea, lo que se trata es de no crear cajones herméticos de lo tomas o lo dejas porque anulas cualquier visión artística del otro lado. Si te crees que tu visión en cualquier parte del proceso es la que tiene que imperar porque sí, pues… no escribas tebeos… haz algo que case mucho mejor con el Juan Palomo.
No tener marcadas las expectativas desde el inicio
Esto es un tema complejo con muchos factores y en el que el sistema pernicioso en el que nos movemos tiene mucho que decir. A la hora de poner en marcha un proyecto es muy importante tener una conversación incómoda: qué quieres hacer con el proyecto y cuáles son las condiciones con las que te embarcarías en él de principio a fin.
Tener esa conversación, que insisto que es bastante incómoda, es fundamental y ahorra muchos problemas. Cuando una dibujante está dispuesta a trabajar contigo en un tebeo es necesario saber qué es lo que quiere hacer con él. Y no solo hablo de términos económicos, que podría ser lo más importante, me refiero también a expectativas a nivel de distribución, internacionalización, etcétera.
Por ejemplo: yo hace años que decidí no seguir creando proyectos cuya primera opción fuese publicar primero en Francia. ¿Por qué? Por muchas razones: acumulé varias experiencias traumáticas, los contratos de aquel mercado son más restrictivos para el ejercicio de nuestros derechos y creo (de forma casi utópica) que la mejor manera de hacer un mercado fuerte en España es publicar directamente aquí, intentar conseguir buenos contratos y complementar después con la internacionalización de obra autóctona colocada como licencia en otros mercados.
¿Esto quiere decir que si alguien me dice que su primera opción es vender en Francia yo no quiera formar parte del proyecto? Pues depende del proyecto, claro, pero de primeras va a haber muchísimas más dificultades para embarcarme en ello y mi paciencia a la hora de negociar y tratar con editores franceses se agotará mucho antes.
Y esto es trasladable a cualquiera. A la hora de afrontar el desarrollo de un tebeo hay que marcar cuál es el objetivo deseado: ¿es publicar en España? ¿en USA? ¿en Italia? ¿es tener un libro con tu nombre en la portada? ¿es el genérico «tratar de conseguir el mejor contrato posible»? Y una vez marcado es importante tenerlo claro porque no se va a trabajar de la misma forma si es para una cosa que si es para otra. Y no me refiero a nivel estético y artístico (que también), es una cuestión de colocarlo en una pirámide de prioridades de la que todo el mundo esté informado.
Si estoy escribiendo un proyecto con intención de vendérselo a una editorial potente en USA y además ya hay un interés previo de esa empresa, esa escritura va a pasar por delante del cómic colectivo que me ha propuesto un amigo para hacer un crowdfunding e imprimir trescientas copias. Lógica pura que afecta a cualquier ejemplo que se te ocurra.
Ahora bien, hay algo importantísimo que señalar por la gran cantidad de veces que ocurre y que guarda relación con los errores anteriores: el cambio de expectativas sobre la marcha o las expectativas diferentes entre miembros del equipo.
A veces ocurre que se empieza una propuesta en una indefinición, no existe un objetivo, tan solo la idea de «colocarlo» y no se entra en más detalles. Se elabora el dossier, se mueve por todas partes y se consigue una oferta «mediana» o «pequeña» (no quiero utilizar términos excesivamente insultantes). En tu cabeza eso puede sonar a «ya está, hemos colocado el proyecto», en la cabeza de la otra parte puede sonar a «no estoy dispuesta a hacer todo este trabajo a cambio de esa cantidad ridícula».
En esos casos he visto a gente enfadarse muchísimo. Es más, me avergüenza sobremanera reconocerlo, pero yo también me he enfadado mogollón (por suerte se me pasó y no caí en el pozo de la gilipollez absoluta). El problema en estos casos es un claro error de marcaje de expectativas. No se habló lo suficiente y no se tenía claro desde el primer momento qué entraba dentro de lo aceptable y qué no.
Es más, puede que esas expectativas cambien en alguna parte del proceso. Y eso podría hacer que te enfadases de nuevo (no, esta vez no es hablo de mí (por suerte)) porque primero te habían dicho A y luego resultó ser B. ¿Y sabes qué? Que cada una manda en su hambre, en su ambición y en su carrera artística. Puede cambiar de expectativas cuando le apetezca, solo faltaba. Eso sí, lo mejor y lo más sano es hablar de ello cuanto antes.
Nada, con el tiempo aprendí (y sigo aprendiendo) que las conversaciones técnicas con respecto al curro son necesarias, pero también lo son las que giran en torno a lo que cada uno querría conseguir con el proyecto y, a ser posible, huyendo de generalidades. Ahorra ansiedad, malos entendidos y mogollón de problemas futuros.
En estos once años escribiendo cómics (sí, he dicho el nombre de la película justo al final) no sé demasiadas cosas, al revés, cada vez tengo la sensación de que sé muchas menos, pero mira… al menos creo que puedo recopilar fallos y quizás, solo quizás, alguien pueda extraer algo de ellos.