El 6 de mayo de 2026, dos tipos encapuchados entraron en una tienda de Alcalá de Henares armados con un taladro y un soplete. Uno de ellos manipuló la verja mientras el otro vigilaba. Cuando consiguieron acceder al local, se llevaron dos vitrinas y algo de efectivo. La policía llegó cuatro minutos después, pero ya no quedaba nadie.
No habían entrado a robar relojes. Querían cartas Pokémon, sí, sí, como suena.
El botín de Tsuki Center estaba valorado entre 20.000 y 30.000 lereles. Entre lo sustraído había cartas «gradeadas» capaces de superar por sí solas los mil euros. La precisión del golpe llevó a la policía a mantener abiertas todas las hipótesis, incluida la posibilidad de que fuese un robo por encargo. La tienda, por cierto, tenía un seguro propio de una joyería.
Quieto parao ahí. Ojo, una tienda de cartas Pokémon asegurada como una joyería.
¿Cómo demonios hemos llegado hasta aquí?
No practico el coleccionismo, pero lo entiendo. Hay algo muy bonito en reservar un espacio físico de tu vida para las cosas que alguna vez te hicieron feliz. Guardar aquel tebeo que leíste cuando tenías doce años o conservar una edición determinada porque fue la que te descubrió un autor me parecen formas comprensibles de cariño.
Coleccionar también puede ser una manera de construir una autobiografía con cosas. No necesitas volver a leer todos los cómics de una estantería para que tenga sentido conservarlos, del mismo modo que no necesitas mirar todos los días las fotografías antiguas de tu familia. Están ahí. Forman parte de tu relación con lo vivido.
Y entiendo incluso el deseo de cuidarlos. Guardarlos en una bolsa para que no les dé el sol o molestarte porque alguien ha apoyado el café encima de un tebeo que aprecias mogollón. Todo eso mantiene una relación sencilla con el objeto: lo proteges porque te importa.
El problema empieza cuando la pregunta deja de ser cuánto te importa y pasa a ser cuánto vale.
El gradeo alimenta esa transformación. Entregas un cómic a una empresa especializada y, cuando vuelve, tiene una nota dentro de una escala y está encerrado en un contenedor rígido. CGC, una de las compañías de referencia, explica que su proceso incluye la verificación y el control de autenticidad, la evaluación por varias profesionales, el encapsulado y un control final de calidad.
Lo interesante no es solo que alguien determine que tu cómic merece un 9,6 en lugar de un 9,4. Lo fascinante ocurre después. A partir del momento en que le ponen la nota, tú ya no tienes el mismo objeto.
Pero espera un segundillo. Antes de seguir, hagámonos una pequeña pregunta. Coge la mano de la persona de tu derecha: ¿qué demonios significa que tu tebeo tiene un 9,6?
Eh… Ya, ya me imagino.
PSA (no, los de los coches, no), el gigante que domina buena parte del chiringo del gradeo de cartas, acaba de ser demandada en Estados Unidos. Una demanda colectiva, presentada hace tan solo un mes en un tribunal federal de Maryland, acusa a la compañía y a su matriz de vender el sistema como una evaluación objetiva y consistente pese a que se cree que existen tasas de error ocultas y notas contradictorias. La demanda sostiene además que las nuevas entregas de una misma carta generan más ingresos para la empresa.
¿Y cuál es el problema? Pues que una décima puede mover mucha pasta. ¿No te gusta la nota porque con un 9’4 en lugar de un 9’5 pierdes cien lereles? Naaaaada, tranqui: pagas otra vez y vuelves a intentarlo.
De momento son acusaciones y no hechos probados. Eso no impide que la demanda deje una duda bastante razonable flotando en el aire: si una décima puede cambiar tanto el precio de una carta, estaría bien saber de dónde sale y por qué a veces sí y a veces no.
Pero, más allá de los jaleos de las empresas, vamos al propio tebeo. Antes del encapsulado, con mejor o peor nota, tenías un cómic. Quizá era raro o antiguo. Puede que estuviese maravillosamente conservado y que costase una barbaridad. Pero su función principal seguía siendo la misma: ser leído.
Después del encapsulado tienes otra cosa. Puedes contemplarla. Puedes enseñarla. Puedes venderla y consultar cuánto están pagando por otros ejemplares con la misma puntuación. Puedes observar la etiqueta (con gafas de protección antibrillis) que certifica que alguien ha estudiado con una lupa estupenda el estado de aquello que compraste.
Lo que no puedes hacer es leer el tebeo. Bueno, sí que puedes. Si revientas la cápsula.
No sé si existe una representación más clara de cierta relación que mantenemos con la cultura en estos días rarunos que nos ha tocado vivir: hemos conseguido aumentar el valor económico de una obra haciendo más difícil acceder a ella.
Por supuesto, esto no significa que los objetos culturales no puedan tener valor material. Una primera edición de un libro importante puede costar una fortuna. Un original de una página de cómic puede alcanzar un precio que no guarda ninguna relación con el papel y la tinta empleados para producirlo. Nadie necesita fingir que la escasez, la conservación, la procedencia o la importancia histórica de un objeto no existen.
La vaina es otra.
¿Qué ocurre cuando empezamos a organizar nuestra relación cotidiana con la cultura utilizando esas mismas herramientas? ¿Qué pasa cuando una imperfección deja de ser la consecuencia natural de haber utilizado algo y se convierte en una depreciación? Una esquina rozada ya no cuenta que un tebeo ha viajado en una mochila, ha pasado por varias manos, ha dormido en un cajón o ha sobrevivido treinta años en una estantería. Cuenta que has perdido pasta.
Entonces aparece una expresión que me pone especialmente nervioso cuando hablamos de cultura: «es una inversión». Es escucharla y echarme a temblar. Una inversión no necesita gustarte. Ese es el detalle.
Puedes invertir en una empresa cuya actividad te importe una mierda si crees que sus acciones van a subir, da igual si fabrican coches, armas, arneses de seguridad o cámaras de videovigilancia, si una gráfica dice que suben palante con ello. Son activos y la relación con los activos se mide en dibujillos que hablan de su rendimiento.
Cuando esa lógica llega a una carta o a un cómic ocurre lo mismo. Ya no necesito que el objeto me produzca nada. Necesito creer que en el futuro habrá alguien dispuesto a pagar por él más de lo que pagué yo.
El coleccionista quiere conservar algo. El especulador necesita un comprador futuro.
Y el mercado de los TCG lleva tiempo enseñándonos hasta dónde puede llegar esa transformación. En Australia, las tiendas especializadas de Melbourne sufrieron una oleada de robos de cartas coleccionables. The Guardian recogió alrededor de dieciséis asaltos en ocho meses, con pérdidas estimadas por las propias tiendas entre 20.000 y 100.000 dólares australianos en cada golpe. En marzo de 2025, el cálculo acumulado de la mercancía robada rondaba el medio millón.
La policía de Victoria detuvo en febrero de 2025 a cuatro hombres dentro de una investigación que relacionaba asaltos a tiendas de cartas con el robo de seis cajeros de criptomonedas. Entre lo recuperado había unos 50.000 dólares australianos en cartas de Pokémon, Magic, Yu-Gi-Oh!, Lorcana y otras colecciones.
Criptomonedas y cartas Pokémon compartiendo investigación policial. En serio, vuelve a leerlo.
En Japón hemos avanzado un poco más. En abril de 2024 fue detenido Keita Saito, un miembro de rango elevado de una organización vinculada al Sumiyoshi-kai, acusado de participar en un robo cuyo botín incluía cartas Pokémon. Associated Press utilizó el caso para explicar los cambios que estaban experimentando algunas formas del crimen organizado japonés.
A finales de ese mismo año apareció algo todavía más interesante. Un antiguo miembro del crimen organizado aseguró a la revista japonesa Shūkan Gendai que algunas organizaciones utilizaban cartas Pokémon de enorme valor para mover y blanquear dinero. Una carta cara permite concentrar mucho dinero en un objeto pequeño. También puede transportarse y revenderse fuera del país con relativa facilidad.
Mientras tanto, en España la Guardia Civil intervenía hace tres meses unas 109.000 cartas de colección falsificadas, en su mayoría de Pokémon, dentro de una operación desarrollada en Fuenlabrada.
No cuento todo esto porque crea que comprar cartas Pokémon vaya a convertir a nadie en miembro de la yakuza. Tampoco creo que un señor que ha decidido encapsular AmazingHombreAraña #300 sea responsable del crimen organizado internacional.
El asunto es bastante más sencillo. Cuando a un objeto cultural empezamos a atribuirle determinadas características, acaba atrayendo comportamientos… bueno… que se alejan bastante de la cultura.
Si podemos certificar su estado, establecer jerarquías de rareza, concentrar miles de euros en unos centímetros de cartón y transportarlo con facilidad, hemos construido un activo muy particular. Además, existe una comunidad tan tocha como para que siempre haya alguien mirando precios, siguiendo subastas, comprando piezas o intentando adivinar cuál aumentará de valor.
Por supuesto que alrededor de algo así aparecen robos y falsificaciones. Tampoco resulta tan sorprendente que alguien descubra que puede servir para mover dinero.
Por eso el mundo de las cartas me interesa cuando pienso en el gradeo de cómics. No porque sean idénticos, sino porque uno nos permite contemplar hacia dónde puede conducir determinada manera de pensar.
El cómic tiene además una particularidad que hace todo esto especialmente ridículo. Una carta coleccionable posee varias funciones y no todas exigen utilizarla dentro de una partida. Hay cartas de juego, piezas promocionales, rarezas y objetos buscados como si fuesen el Santo Grial. Encapsularlas cancela su función como elemento de juego, pero todavía es posible entender su existencia como objeto visual coleccionable. Está ahí, lo tienes delante. Dentro de una caja de plástico durísimo, pero delante.
Un tebeo contiene una obra. Hay páginas detrás de la portada. Páginas, viñetas, personajes y bocadillos. Sí, ya sabes, una historia con una trama. Pasan cosas. Por todos los santos, pasan cosas en el tebeo y se supone que eso es lo que importa de verdad, lo que lo hace especial.
Pero no. Ahora todo eso está encerrado dentro de la cápsula. Sabes que existe. Incluso puedes pagar más porque esté maravillosamente conservado. Pero no puedes verlo. Es como comprar un libro y considerar una tragedia financiera abrirlo. Como adquirir un disco cuyo valor dependiese de no colocarlo jamás sobre un tocadiscos. Hemos conseguido que utilizar el objeto se convierta en una amenaza.
Y lo más divertido es que estamos haciendo esto con tebeos, con una de las formas de arte popular por excelencia. Durante buena parte de su historia se imprimieron en papel barato. Se doblaban, se prestaban, se intercambiaban y acababan reventados.
Mi madre acudía cada semana al kiosco de su barrio, devolvía tebeos que ya se había leído y los cambiaba por otros. Pero… a ver… pensad en las revistas de manga y en el papel con el que se fabrican. Pensad en la lectura en el metro y en cómo hay gente que las deja allí cuando termina para que cualquiera las coja y se sigan leyendo. Circulan. Pasan de una persona a otra. Muchos de esos cómics sobrevivieron de milagro precisamente porque nadie pensaba que algún día alguien estudiaría con una lupa muy buena si una grapa estaba ligeramente desplazada.
Hay una ironía maravillosa en que algo despreciado durante décadas por considerarse una forma menor de cultura termine necesitando una cápsula de plástico para demostrar cuánto vale.
Primero tuvimos que convencer al mundo de que los cómics podían ser arte. Es más, le dimos tanto la vuelta que en ocasiones ya solo se les otorga valor si sirven para algo distinto de ser un tebeo. Ahora resulta que, si los encerramos, pueden ser una inversión. Me quedo picueto. Noto un pinchazo cada vez que lo pienso.
El peligro no es que alguien quiera conservar impecable un tebeo que adora. Tampoco que exista un mercado para piezas históricas o escasas. El problema aparece cuando la lógica especulativa empieza a modificar la manera en que producimos, vendemos, conservamos y pensamos los objetos culturales.
Entonces aparecen las variantes diseñadas para ser escasas desde su nacimiento y las cubiertas alternativas que invitan a comprar varias veces exactamente la misma obra. La escasez deja de ser una consecuencia accidental del paso del tiempo. Se convierte en una característica comercial fabricada.
Llevan años. Muchos años vendiéndonos el mismo tebeo con portadas diferentes. No uno parecido: el mismo, viñeta a viñeta y bocadillo a bocadillo. No sé de quién fue la idea original, pero me parece digno de elogio conseguir tomar por gilipollas a las lectoras de todo el mundo sin apenas consecuencias.
La industria busca con desesperación los objetos raros del futuro. Y eso cambia la naturaleza de la compra porque introduce la idea de una recompensa posterior. Quizá esto valga más dentro de cinco años. Quizá debería comprar dos. Quizá no debería abrirlo. Quizá debería mandarlo a gradear.
En algún punto de ese recorrido, el arte estorba. Necesitamos que siga dentro porque justifica la existencia del objeto, pero cada vez importa menos acceder a él. Lo relevante es que continúe intacto mientras el precio hace lo que esperamos que haga.
A eso me refería al hablar de una de las formas más peligrosas de consumo. No es la que nos hace comprar cosas por encima de cualquier lógica. Esa, por desgracia, ya la conocemos bien.
Es la que consigue que dejemos de leer aquello que compramos. No necesito leer el cómic. Necesito conservar su valor. No necesito jugar con la carta. Necesito que aumente su precio.
El capitalismo ha conseguido hacer un truco bastante impresionante: venderte una obra y convencerte después de que disfrutarla puede estropear tu inversión.
Y eso me lleva de vuelta a los dos tipos de Alcalá de Henares. Un taladro y un soplete para vaciar unas vitrinas. Dar un palo en una tienda de cartas asegurada como una joyería suiza.
El problema no es solo que hayamos sido capaces de convencernos a nosotros mismos de que unos pedazos de cartón valen miles de lereles. Llevamos siglos siendo absurdos y extravagantes a la hora de decidir a qué cosas otorgamos valor.
Lo inquietante empieza cuando ese valor exige que olvidemos para qué servía el objeto. Un cómic encerrado en una cápsula sigue conteniendo una obra. Ahora resulta que vale más si nadie la lee.
Quizá yo me esté pasando de simplista. Puede que mi punto sea tan loco como este: los tebeos se leen, las pelis se ven, con las cartas se juega, los discos se escuchan y los videojuegos se juegan… No sé. Será que soy un reduccionista.
Eso debe ser. No tengo la suficiente visión empresarial.
Ni criminal.
