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¿Cuánto vale un millón de euros?

Está curiosete el mundo del libro. Hace apenas unos meses, AENA, esa empresa participada en su mayor parte por todas nosotras, anunciaba la creación de tremendo premio de un millón de euros al mejor libro escrito en español del año anterior.

Muy fuerte. Un millón de euros. Y claro, hubo debate. Que si es una locura, que si ojalá veinticinco premios como ese, que si qué hace aena metiéndose en estas vainas…

A mí, que soy dado a la interrogante, todo esto provocó que me hiciese unas cuantas preguntas. Todas ellas de respuestas múltiples.

Pero en vez de formularlas tal cual prefiero que demos un bonito paseo.

EL VALOR DE LOS MILLONES

Un millón de euros no siempre vale lo mismo.

Si inviertes un millón de euros en la criptomoneda de algún influencer parece un desperdicio.

Si el gobierno destina un millón de euros a acabar con el problema de la vivienda parece ridículo.

Hace poco más de un año, cuando supimos que el ministerio de cultura pondría en marcha las ayudas a la creación de cómic por valor total de un millón de euros, aplaudimos. Fuerte, aplaudimos fuerte.

Era un millón de euros destinado a levantar 40 tebeos. 25000 lereles por proyecto. Nada mal.

Recuerdo que ya desde el primer momento en que se habló de la cifra se puso especial énfasis en que era importante. Es más, histórica, nunca se había destinado una cantidad tal a subvencionar tebeos.

Y es cierto. En ese caso el valor de ese millón de euros es alto e incuestionable.

O… bueno… más o menos incuestionable. Si de repente llega aena y crea un premio de un millón de euros (más ciento veinte mil más a repartir entre los cuatro finalistas) toda la sensación de valor se desvirtúa.

Cada finalista del flamante premio aeroportuario ha recibido la misma cantidad que un premio nacional.

Ese premio, el nacional, es la mayor distinción que se otorga en España a la gente de la cultura. Además, en los mundos del cómic o de la literatura generan una inmensa narrativa en torno al prestigio que hace que su valor vaya mucho más allá de lo económico.

Llega una empresa pública en su mayor parte y consigue con una única acción hacer que nos cuestionemos el valor del premio nacional. ¿Qué preferirán las escritoras a partir de ahora, ganar el nacional o ganar el premio de los aviones?

Pues… ni idea. El prestigio no llena la nevera o al menos no lo hace directamente. El premio aena te permite incluso comprarte una nevera que te cuide a los niños por la tarde y te lea algún prestigioso periódico por la mañana.

CULTURA Y SUBVENCIONES, SUBVENCIONES Y CULTURA

Mi primer contacto con alguna faceta de una industria cultural fue como estudiante de una escuela de cine en el año 2003. Ya entonces estaba instalado el debate de si la cultura debía o no debía recibir subvenciones.

Yo tengo claro que sí, exactamente igual que las reciben todo tipo de industrias, porque generan empleo, crean mercado y, además, en este caso, construyen patrimonio cultural.

Además, no lo olvidemos, los sectores culturales son un campo de desigualdades extremas y parece sensato tratar de paliar de alguna forma la pobreza severa de la parte más afectada: la creativa.

Dicho esto, las subvenciones ni son ni serán nunca suficientes. Y no me refiero a que habría que meter muchos más millones para que llegasen a muchas más personas (que también), sino a que el problema es de base, de los engranajes mismos que conforman las reglas del juego.

Basta con acercarse a la sección de cultura de cualquier periódico más o menos serio para darse cuenta de que vivimos en una alucinación paradójica constante. Cuando se habla de las cifras en macro siempre se celebran: más títulos, más facturación, más lectoras, sube la novela, sube el infantil, sube el cómic.

Pasan un par de semanas y se habla de que el chorropocientos por ciento de los libros no venden nada. Luego te cuentan algún éxito de ventas aislado acompañado del relato siempre emotivo de «escritor hecho a sí mismo que empezó escribiendo en un garaje».

Por supuesto, se habla de precariedad. De una forma un tanto extraña, la verdad, como si esa palabra, de tanto repetirla se hubiese asumido de tal manera que ya no le importa a nadie. Pero a ver, esto no es nuevo.

En unos días se celebra el Día del Libro y los derechos de autoría. Se escogió el 23 de abril por el fallecimiento de Cervantes, de Garcilaso (y… bueno… más o menos el de Shakespeare). Cervantes murió pobre como una rata. Es más, un par de semanas antes de morirse se vio obligado a ingresar en una orden de franciscanos porque eso le garantizaba que le cubriesen el entierro y no acabar en una fosa cualquiera.

Escribir, pintar, actuar, cantar… y todas y cada una de las profesiones artísticas que se te ocurran, tienen una consideración nefasta en España.

Pero vuelvo, que me voy por las ramas. En la narrativa que se construye en torno al sector del libro o del cómic siempre existen relatos contradictorios: sube la facturación, pero hay pocas ventas, crecen los lectores, pero no hay lectores, las librerías existen a pesar de que España es una distopía y a la vez se abren librerías de tropecientos metros cuadrados que dicen facturar apenas unos cuantos milloncitos de euros.

Y no solo eso, hay muchísimas «noticias» enfrentadas más en el multiverso informativo comiquero, pero tampoco pretendo aburrir.

A lo que voy con todo esto es a que las subvenciones, sean para la autoría, sean para la edición, para la traducción, para festivales o para cualquier iniciativa relacionada con los tebeos se han utilizado y se utilizan como un parche. Son una excusa para no afrontar que hay problemas de base.

E insisto, son bienvenidas, son necesarias y, desde mi punto de vista, las instituciones tienen la obligación de proteger y promocionar el patrimonio cultural. Ya luego podemos entrar en si se destina suficiente, en si están bien repartidas, en si son equilibradas o en la letra pequeña de cada convocatoria concreta.

Pero… aunque puedan ayudar, los males de la industria siguen ahí y nadie mueve un dedo por cambiarlos.

¿DE QUÉ MALES HABLAS? SI TODO VA CADA VEZ MEJOR

Sé que me repito más que un bocata de pimientos verdes, chorizo y alioli, pero en unos días se celebra el día de los derechos de autoría. En España, para regular qué ocurre con esos derechos, tenemos una extensa ley de propiedad intelectual que desarrolla una serie de artículos específicos sobre los contratos de edición.

En apenas veintipocos artículos se establecen las normas referidas a cómo debe hacerse la explotación de un libro respetando y protegiendo esos derechos.

Es ahí, por ejemplo, donde se marca la obligación para los editores de proporcionar la información veraz a las autoras sobre la trayectoria comercial de sus obras.

Eso, conocido habitualmente como el informe de ventas, debe entregarse al menos una vez al año y suele hacerse en el primer trimestre.

Pues bien, caso práctico:

Hasta este momento he publicado 30 obras diferentes. Quitando algunas que ya no tienen obligación de pasarme nada porque se ha vencido el contrato o porque fueron encargos institucionales, en 2026 debería haber recibido 23 informes de liquidación.

Recibí 5.

¡Escándalo! ¡Ilegalidad! ¡Vergüenza!

Eh… bueno… en realidad, por desgracia, es lo normal. Ojo, atención a la palabra: es lo NORMAL. Y aquí podría bajar al más fangoso de los fangos y decir que la editorial X, la editorial Y y la editorial Z son unos noséqué y blablabla.

Probablemente lo sean, pero ¿por qué se saltan la ley hasta el punto de que sea lo normal y no pasa absolutamente nada? Pues porque no pasa absolutamente nada. Y se sabe. Todo el mundo lo sabe. Lo saben las editoriales, lo saben las distribuidoras, lo saben los libreros, lo saben en los medios de comunicación, lo saben en las instituciones, lo saben en la crítica especializada… pero la respuesta suele ser encogerse de hombros y poco más.

Se asume como una pieza más del engranaje. De hecho es la pieza oxidada que todo el mundo sabe que está ahí: la opacidad. Se podría regular, es más, de cara a la relación editorial—autoría está regulada en la ley de propiedad intelectual, en la ley del libro y en varias directivas europeas.

Pero en el caso a caso, en la miríada infinita de incumplimientos, no pasa nada porque todo se deja en manos de «búscate un abogado y reclama los 18 informes que te faltan».

A veces, cuando la gente se harta, llega un artículo de un periódico importante y todos nos echamos las manos a la cabeza y exclamamos que vaya locura lo de Dolmen. Ya… lo de Dolmen…

Toda esta niebla negra que cubre las cifras de ventas se utiliza como arma en el circuito de los libros.

Las editoriales reciben una cifra de ventas que les llega de las distribuidoras. Les llega cuando les llega. Y cobran o no cobran en función de muchos factores marcados en el acuerdo al que hayan llegado.

Por otro lado también venden de manera directa en ferias y en páginas web. ¿Reflejan esas ventas en los informes?

¿Qué informes?

Muchas veces, cuando se trata de analizar cómo está el mundillo del tebeo, salimos algunas a decir que estaría bien que tuviésemos cifras de ventas reales para poder hacer un estudio real de la situación.

Imaginad lo utópico que resulta eso cuando es normal que ni siquiera te pasen un informe anual de cuántos ejemplares se han vendido de un título del que se han impreso 500 copias.

Perdón por el enfásis: no es extraordinario, no es un caso aislado, es lo normal.

Y no nos confundamos, el tema de que las autoras sepamos lo que venden o no venden nuestras obras no es más que un grano de arena en el desierto de los problemas que tiene la industria con la opacidad.

Nadie quiere levantar la alfombra porque se sabe que lo que hay debajo es la mayor causa de la precariedad, de las librerías obligadas a cerrar, de los sellos que desaparecen y de todas esas realidades que se disimulan varias veces al año con titulares grandilocuentes.

El negocio editorial consiste en mover cajas de un sitio a otro. Lo que hay dentro de esas cajas es secundario. La gente que vende lo que hay dentro de esas cajas tampoco importa demasiado. Y la gente que escribe y dibuja las cosas que salen de esas cajas resultan del todo irrelevantes porque a fin de cuentas hay cosas más que suficientes para seguir llenando cajas y cajas.

SEGURO QUE HAY SOLUCIONES, NO TODO ES TERRIBLE Y OSCURO

Seguro. Soluciones siempre hay.

Otra cosa es que se quiera andar ese camino o que se quiera presionar dentro y fuera del sector para dar forma a esas soluciones.

¿Cuánto cuesta poner en marcha una plataforma pública que obligue a que distribuidoras, librerías y editoriales introduzcan las cifras de lo que se vende para que se pueda cumplir de forma sencilla con las obligaciones que marca la ley?

El punto en el que estamos ahora mismo es claro y está denunciado por activa y por pasiva: no se están cumpliendo ni las leyes españolas ni las directivas europeas, ¿es eso un motivo suficiente para regular el mercado de forma más estricta y, en consecuencia, más transparente?

No sé, imagino que hay pocos motivos más importantes que esos.

Sin embargo, a la vez que nos movemos en esa realidad, hablamos de subvenciones y premios. De si es mucho o si es poco. Si ayudan o perjudican. Si generan obras complacientes con el poder o no. Si debemos o no debemos agradecer y aplaudir o simplemente exclamar «es lo normal».

Un millón de euros en ayudas públicas que se van al bolsillo de las autoras me va a parecer bien siempre. Un millón de euros en un premio literario otorgado a una única obra y sufragado con parte de dinero público me parece… esperpéntico, creo que yerra el tiro y que se busca instaurar, una vez más, narrativa de fuegos artificiales: mucho brillo, mucho ruido, poquísima trascendencia real en eso fortalecer la industria.

Si se quiere fortalecer el sector del libro quizás, y solo quizás, convendría meter esos millones que aparecen a veces por ahí en reparar y modificar las partes del engranaje que claramente no funcionan.

Porque es ahí cuando los millones valen de algo.