En el excepcional «Diccionario de teorías narrativas» de Lorenzo Vilches Manterola se define ARQUETIPO de la siguiente manera:
«Representación inconsciente de una experiencia común a todos. En ámbito antropológico es el universo imaginario en el cual aparecen mitos, figuras y grandes temas recurrentes. Los arquetipos se encuentran en los antiguos poemas, historias, mitos y rituales. Se trata también de un concepto psicológico estudiado por Jung (un símbolo creado por la humanidad) y en las teorías literarias de Frye (un símbolo en una tradición particular).
Para Frye, los símbolos como unidad literaria se pueden distinguir en dos tipos: como unidades de significado que incluyen imágenes o como estructura en la que ciertos significados se relacionan con otros.
Los arquetipos se pueden organizar en categorías de comedia, romance, tragedia e ironía y sátira. También incluyen modelos narrativos, secuencias, tramas y tipos de personaje».
Toda esta definición se apoya en teorías de Campbell, Frye y Propp entre otros.
A su vez, la Real Academia Española recoge cuatro acepciones para arquetipo:
- Modelo original y primario en un arte u otra cosa.
- Punto de partida de una tradición textual.
- Representación que se considera modelo de cualquier manifestación de la realidad.
- Conjunto de imágenes o esquemas congénitos con valor simbólico que forma parte del inconsciente colectivo.
Si nos paramos un momento a entender qué es lo que quiere decir todo esto, podremos llegar a muchas conclusiones interesantes referidas a por qué contamos las historias de formas tan similares desde que empezamos a utilizar la ficción para explicar el mundo (algo que ocurrió, según varios folkloristas, hace más de treinta mil años).
Lo arquetípico, es decir, los modelos originales, los símbolos narrativos dotados de significado, nos ayudan a la hora de contar porque poseen algo mágico: nos ponen rápidamente en contexto y nos predisponen de forma muy sencilla para que la narración nos permita establecer cuanto antes lo que más nos interesa de ella: el juego de expectativas.
Vale, vamos a parar un segundo porque quizás está quedando todo esto un poco lioso. Culpa mía, sin duda.
Punto por punto.
¿QUÉ QUEREMOS DE LA FICCIÓN?
Hagamos un juego. Ponte en la puerta de una librería y a cada persona que vaya a entrar pregúntale: ¿tú qué quieres que te dé una buena historia? Seguro que las respuestas son muy diferentes. Algunas te dirán que buscan que las sorprendan. Otros que les emocionen. Un par de señoras que les genere una buena atmósfera de misterio y algún adolescente que haya un romance fantástico. Ninguna respuesta es correcta ni incorrecta, solo faltaba. Pero hay algo que es común a todas ellas a pesar de que pueda parecer otra cosa: todas tenemos expectativas con respecto a lo que esperamos de una ficción.
A veces esa expectativa es externa a la obra. No sabemos nada sobre ella, pero conocemos a la autora o nos ha llegado algún tipo de recomendación con mayor o menor grado de confianza. De ese tipo de expectativa también se podría hablar largo y tendido, pero hoy no es ese día.
Las que nos incumben hoy son las expectativas que se generan dentro de la propia obra y cómo se apoyan en muchos casos sobre lo arquetípico para construirse.
En el mayor porcentaje de ficciones narrativas (entendiendo en este caso que lo narrativo significa que se quiere contar algo) la trama se elabora en torno a dos conceptos centrales: una o varias cuestiones dramáticas y un juego que se le plantea al lector en el que irá intuyendo las respuestas a cada una de las preguntas que se le formulan y recalculará sobre la marcha a medida que vaya teniendo más información.
Si reducimos esto a la mínima expresión podemos decir que la ficción nos lanza interrogantes y nosotras tratamos de responderlas antes de que efectivamente se respondan (ya sea consciente o inconscientemente).
El papel que cumple en todo esto lo arquetípico abarca todas las fases de la creación.
ARQUETIPO EN LA ESTRUCTURA Y EN LA TRAMA
Cuando queremos organizar un relato solemos apoyarnos en la forma más natural de contarlo: un principio, una serie de complicaciones, curiosidades o peripecias y un final. No es una cuestión de «reglas». No es que solo exista esa manera y que siempre deba utilizarse, es algo mucho más sencillo y libre de artificio: es lo que hemos hecho siempre.
Imagina que llegas a una comida familiar y quieres contar algo relacionado con tu trabajo. Piensa en todas las formas que tienes de arrancar. Podrías hacerlo directamente con «me han despedido» o «me han ascendido» o «la jefa me ha pedido matrimonio». ¿Estarías desordenando los acontecimientos? Bueno… más o menos, lo que haces al arrancar de esa forma es generar un gancho de atracción muy potente. Consigues que te presten atención de inmediato y, cuando la tienes, reordenas la narración para contextualizar todo.
Otra manera clásica para empezar cualquier anécdota es dar todo ese contexto en el arranque: «el otro día estaba en mi mesa tan tranquilo y vino la jefa muy alterada», «faltaban diez minutos para acabar el turno y mi jefa me pidió que fuese a su despacho».
No importa si ordenamos los acontecimientos de una forma u otra, el caso es que solemos hacerlo y casi siempre siguen un patrón muy similar, un modelo básico que nos facilita que la comunicación sea lo más efectiva posible. Ese orden, en nuestra tradición (que se remonta unos cuantos milenios atrás), es arquetípico.
Tal y como dice Vilches Manterola, el modelo narrativo de presentación, nudo y desenlace conforma el más clásico de los arquetipos a la hora de plantar los cimientos y el mapa de cualquier ficción.
No importa si nos vamos al concepto clásico más aristotélico, si tomamos los estudios y las funciones de Propp, nos vamos a las estaciones de Campbell, el viaje de Vogler, el paradigma de Field, los cinco actos de McKee o la hoja de tiempos de Snyder. En cualquiera de esas propuestas se da forma a un camino que en su reducción máxima siempre va a girar alrededor de lo mismo: lanzar una pregunta que interroga a la vez a un personaje (o varios) y a las lectoras.
Los arquetipos, en tanto que modelos e imágenes cargadas de significado, simplifican la construcción dramática porque permiten de manera rápida saber cuáles son las reglas de la historia a la que nos enfrentamos.
Pero ojo, no por ello deberíamos confundirlos con estereotipos, son cosas diferentes. Si acudimos de nuevo a un diccionario resultará mucho más útil en el campo de la narrativa irnos a consultar la voz «estereotipado»:
- Dicho de algo, especialmente de un gesto, de una fórmula o de una expresión que se repite sin variación o de forma fija.
Y es justo ahí donde reside la lucha entre arquetipo y estereotipo.
TÓPICOS, CLICHÉS, CONSTRUCCIONES MANIDAS
Cuando escogemos una fórmula y la repetimos sin ninguna variación caemos de lleno en el tópico. ¿Y por qué esto no es aconsejable a la hora de montar una historia?
Hagamos un pequeño alto en el camino para hablar de homeostasis. ¿De qué? Sí, ya sabes: ese término que proviene del griego homoios (similar) y stasis (estado o estabilidad). Su padre fue el estadounidense Walter B. Cannon a principios del siglo XX, basándose en la idea de Claude Bernard, un científico francés del siglo XIX. Bernard hablaba del «medio interno» para referirse al ambiente en el que viven las células. Cannon formalizó el concepto y lo llamó homeostasis: el mantenimiento constante de ese medio interno.
Por pura homeostasis nuestro cuerpo busca sin cesar mantener unas condiciones equilibradas en las que todo es correcto. Así, se encarga de regular nuestra temperatura corporal, una cantidad idónea de agua y electrolitos, un pH concreto en la sangre, una cantidad de oxígeno, una tensión arterial, un nivel de glucosa…
Cuando se pierde cualquiera de estos equilibrios el cuerpo nos envía señales y empieza a buscar la manera de solucionar el jaleo.
Desde hace unos cuantos años, diferentes estudios hablan de que también existe una homeostasis social según la cual buscamos de manera constante el equilibrio necesario para que nuestro statu quo no se vea amenazado. De ese modo, cuando aparece ante nosotras cualquier perspectiva de cambio que amenace ese estado basal, nuestro cerebro se pone en marcha.
¿Cómo lo hace? A través de un proceso de análisis de la situación, de búsqueda de alternativas y de toma de decisiones.
Vayamos con un ejemplo súper sencillo: vas por la calle y se pone a llover de repente. Podrías apurar el paso, podrías buscar algún lugar para resguardarte, podrías entrar en una tienda y comprar un paraguas o incluso podrías resignarte y mojarte. Cualquiera de las decisiones tendría una explicación y una motivación diferentes que dependerían, sobre todo, del contexto en ese preciso instante. No actuarías de la misma forma en función de tu estado de ánimo, del destino al que te dirijas o incluso de cómo vayas vestida. Las posibilidades de configuración son infinitas.
Los estereotipos no suelen funcionar nada bien en la ficción porque no proponen perspectiva de cambio y, por tanto, no estimulan el cerebro de las lectoras.
Déjame explicarlo un poco mejor.
¿POR QUÉ NOS METEMOS DE LLENO EN LAS FICCIONES?
Porque entramos en flujo con ellas. Es decir, conseguimos, a través del papel de las neuronas espejo, introducirnos en las historias, conectamos con las emociones de los personajes y tratamos de averiguar cómo acabará todo.
Para que esto ocurra no deberíamos prever las respuestas con excesiva claridad ante las incógnitas que se nos plantean (cuidado porque esta afirmación tiene algunas excepciones de las que daré cuenta un poco más abajo).
Utilizar lo arquetípico en la estructura, en la trama o en los personajes no resultará problemático siempre y cuando seamos capaces de trabajar sobre el modelo original aportando matices y diferencias lo suficientemente notables para que podamos reconocer la base y, al mismo tiempo, sepamos que el resultado es genuino.
Por contra, si caemos en el estereotipo estaremos negando el primero de los pasos.
Ejemplo: abres un cómic, lees las primeras páginas y tienes la sensación de que ya conoces perfectamente al personaje. Pero ojo, no es esa sensación de cuando conectas mucho con alguien y dices «ay, es como si te conociese de toda la vida». No, es algo distinto, es como que ya lo has leído antes muchas veces, como si su personalidad pareciese un preset, una plantilla calcada.
Si no entras en el personaje, difícilmente te sentirás atraído por la perspectiva de cambio que se le plantee en la historia. Es más, al igual que con lo arquetípico, lo estereotípico también puede formar parte de la estructura, de la trama y de todo lo demás.
«¿Podrá el chico granjero convertirse en un gran héroe, matar al dragón y salvar a la princesa?» Claro que podrá, ya nos lo sabemos y por eso nos molesta tanto. Nos han hurtado el juego de expectativas y eso es más grave en función de la dimensión que tenga.
Evidentemente existen elementos previsibles en las historias, en las tramas y en la construcción de personajes. Es más, muchas veces se hace la trampa de generar un pequeño misterio que el lector pueda resolver antes que un personaje porque de este modo haces que se sienta súper inteligente, ganas puntos y refuerzas su búsqueda de expectativas dándole a entender que tiene un gran olfato: «sabía que este personaje tan carismático era de los malos», «ves, te dije que la clave era ese cachivache raro», «era evidente que el asesino era ese ángel», etcétera.
La gran línea roja es cuando varios elementos caen en el saco de «esto ya lo vi». Ahí no hay interrogante posible porque aunque lancemos preguntas ya sabemos las respuestas y eso no nos permite entrar en la ficción.
Pero ojo, ya comentaba antes que existen algunas excepciones. Por ejemplo: géneros completos como las comedias románticas se han construido durante eones con la particularidad de que en un porcentaje altísimo somos capaces de prever su final: acaban juntos. Bien, de acuerdo, pero eso no resuelve todas las cuestiones intermedias hasta llegar ahí. Ya no nos interesa tanto el qué sino que pasa a interesarnos mucho más el cómo.
Y sí, en la comedia romántica esto se entiende de forma rápida, pero ¿qué ocurre en la fantasía heroica? ¿Acaso no sabemos cómo va a acabar la mayoría de las veces? Sí, claro que lo sabemos, y precisamente ahí es donde está el oficio de la construcción arquetípica: elaboramos desde lo similar, aportamos diferencias y llegamos a lo genuino (o nos quedamos a medio camino).
¿NECESITAMOS LO SIMILAR?
Ya cuando estaba estudiando en la escuela de cine un profesor nos alertó de algo: «vais a querer coger la cámara y ponerla a dar vueltas en todas direcciones. Eso os hará pensar que sois únicos, que estáis haciendo algo que rompe el lenguaje y que nadie lo había hecho antes. Es posible que consigáis algo original. También es posible que sea del todo incomprensible y que no logre transmitir nada más allá de una curiosidad estética».
Aquel profesor tenía razón y eso es algo que comprendí dedicándome a dar clase y más concretamente tratando de enseñar a la gente a escribir. No falla, siempre aparece alguien que busca algo que no se haya hecho nunca. ¿Eso es malo? ¿Es imposible? Las respuestas breves son: no y no.
La búsqueda de la originalidad nunca jamás puede ser considerada como algo negativo. Según el caso, sobre todo cuando se trata de alguien que está siquiera empezando a comprender el proceso creativo, es un pensamiento ingenuo y, a veces, soberbio. Sin embargo, es maravilloso que la intención de contar algo como nunca se ha contado antes, aflore y se haga un hueco.
Porque no es imposible. Estamos hablando de escribir ficción: nada lo es. El tema es que quizás la pregunta y la respuesta siempre se plantean de forma regulera. Me temo que no es una cuestión de si se puede o no se puede, la clave está en para qué.
¿Debe la ficción tener propósito? Me resulta impensable poder afirmar algo así de forma categórica y general. Sé lo que ocurre en mi caso: sí, cuando escribo siempre hay una parte del proceso centrada en conseguir algo. Puede ser una reflexión sobre un tema determinado, generar una emoción, buscar el entretenimiento, ofrecer un punto de vista…
Los franceses lo llaman «note d’intention», aquí lo llamamos de maneras diferentes, pero una muy común es «memoria explicativa». Los motivos detrás de todo, el rollo que sueltas en las entrevistas y presentaciones, el cierto aire de racionalidad que subyace por debajo de un acto creativo para que no parezca aleatorio y caótico.
Detente un instante, imagina que quieres crear una obra que hable sobre la identidad y los roles establecidos. ¿Recuerdas cuando en el cole te explicaban los elementos que forman parte de la comunicación? Seguro que sí, era aquello del emisor, el receptor, el canal, el código…
Si tienes claro o al menos intuyes cuál es el mensaje que quieres transmitir resulta mucho más sencillo trabajar sobre el resto de los elementos.
Y después de este rodeo inmenso volvemos: lo similar, aquello que se nos parece a algo conocido, que resulta próximo o comparable, nos facilita sobremanera la comprensión. El arquetipo, por tanto, en su cualidad de base reconocible, nos permite la verosimilitud sin caer en el tópico.
No lo necesitamos, es decir, no es una obligación, es algo que nos va a proporcionar ciertas ventajas a la hora de manejar el código. Si lo complicamos, si buscamos los límites y lo que no se ha hecho nunca podemos generar (a veces incluso de forma deliberada) una confusión que desconcierte o que no deje desentrañar el mensaje de forma clara por parte del receptor. Y eso, una vez más, no es malo, todo dependerá de cuál es la intención que hay detrás.
El estereotipo ya no es similar, es igual, y aunque parece que la diferencia entre una cosa y la otra es apenas un matiz, lo cierto es que no lo es. Lo similar nos da pistas: «esto se parece a», «tiene pinta de», y nos permite subvertir expectativas. Lo igual rompe el juego y ofrece un camino carente de asombro, no te preguntas nada porque ya conoces las respuestas.
Pero… ¿cuándo pasa algo a convertirse en estereotípico?
LA TEORÍA DEL TROPO MUERTO
Desde finales del siglo XIX, la cantidad de ficción que hemos creado y difundido se multiplicó de tal manera que en apenas un siglo y medio se ha generado más que en todos los milenios anteriores. Esto provoca que la repetición de herramientas narrativas sin variación aumente hasta el punto de generar estereotipos con más frecuencia.
Así, hablamos de tropos muertos para referirnos a aquellos que no solo son un cliché y podrían perjudicar alguna parte de la lectura, sino que llegan a arruinar por completo toda la obra. Seguramente el más conocido sea «todo era un sueño». Sí, ya sabes…
Pero hay más: «todos están muertos», el personaje sabe que forma parte de una ficción y la altera, la pesadilla recurrente, el malo es el prota…
Vemos, leemos y escuchamos nuevas obras a mayor velocidad que nunca. Esto quema con muchísima rapidez cualquier recurso poco trabajado y lo iguala casi de inmediato a otros miles. Es más, ¿te suena la expresión «darle una vuelta»?
Ejemplo: «recogí los mitos artúricos y les di una vuelta para actualizarlos y hacerlos más _____________ (inserta aquí lo que te apetezca y luego repite sustituyendo «mitos artúricos» por la mitología que más te guste: griega, egipcia, nórdica…)». El propio concepto de darle una vuelta se acerca ya peligrosamente a ser un tropo muerto.
El sentimiento de insatisfacción con respecto a una lectura es directamente proporcional a la cantidad de tropos muertos que introduzcamos en la misma. Es más, algunos de ellos ya ni siquiera funcionan como parodia.
Teniendo en cuenta que la lista crece y crece a un ritmo mayor a cada día que pasa, llega la gran pregunta: ¿cómo se puede trabajar un arquetipo para evitar caer en el estereotipo?
LA PREGUNTA DEL MILLÓN
Sí, es justo eso, una pregunta muy fácil de formular y muy difícil de responder. Imagina que tomas como punto de partida los famosos arquetipos de Jung para empezar a construir un personaje. Esto, de forma básica y sencilla ofrece una serie de rasgos:
Por ejemplo, si hablamos de los «inocentes» la teoría nos dice que son personajes que muchas veces serán criticados por ser soñadores ingenuos. Sin embargo, su actitud positiva y personalidad despreocupada puede elevar a los demás. Tratan de ver lo bueno en el mundo y buscan el lado positivo en cada situación. Su objetivo será ser felices, su miedo ser castigados por hacer algo malo, su debilidad es confiar en los demás y su talento es su capacidad para creer y su apertura mental.
Si tomamos esa serie de características sin más y plantamos a ese personaje en medio de una historia tenemos muchísimas más posibilidades de caer en lo igual, ¿por qué? Porque ya lo hemos visto. ¿Qué podemos aportar? Matices, contexto, psicología. ¿De dónde lo sacamos? Pues si me lo hubieses preguntado hace unos años te diría que hay diferentes posibilidades: otras ficciones, una mezcla de arquetipos… Ahora mismo considero que la mejor opción es que tomes como base tu propia experiencia, no creo que haya nada que funcione mejor.
Al margen del inconsciente colectivo, almacenamos en nuestra memoria una cantidad ingente de emociones repletas de significado y que sabemos que distan mucho de ser exactamente iguales unas de otras.
Imagina dos momentos de alegría en tu vida. Dos, los que quieras, pero que tuviesen una alta intensidad, es decir, experimentaste esa emoción en un grado elevado. Y ahora empieza a preguntarte cosas. La primera cuestión es evidente: ¿era igual esa emoción en ambas ocasiones? A partir de ahí vas tirando del hilo hacia atrás tanto como quieras: ¿por qué te alegraste tanto? ¿Cuál era el contexto? ¿Cuál era el estado de ánimo justo anterior en ese día, en esa semana, en ese mes? ¿Qué cambió el experimentar esa emoción? ¿Vino acompañada de algún tipo de aprendizaje?
Todas esas interrogantes (y todas las demás que se te ocurran) buscan extraer una esencia, algo que convierta en distinguible eso que tú experimentaste con respecto a algo que experimentó otra persona. Puede ser similar, claro. Incluso puede que encuentres esas similitudes con respecto a otros momentos de tu propia memoria emocional, pero ya hablamos de ello, similar no significa igual.
Explorar tus propias emociones te va a ayudar muchísimo para introducirlas en la creación de un personaje, eso es indudable, pero es que además te va a permitir construir todo aquello a lo que llamamos arco de transformación desde una perspectiva genuina.
Una de las claves que siempre repetía mi sensei en esto de escribir era que debíamos tener claro cuanto antes cuál era el estado emocional de un personaje al final de una historia. Saber en qué emoción acaba. Y no se trata del lugar o del espacio físico o de si ha cumplido o no ha cumplido sus objetivos, sino de la emoción concreta y lo más específica posible. Saber eso permite colocar a ese personaje en un extremo opuesto al inicio, pero de nuevo, no se trata de una distancia física, es una distancia interna.
Trabajar el arquetipo desde uno mismo también puede tener un límite ya que a veces caemos en aquello de que todos nuestros personajes representan diferentes facetas del autor. Solo existe una solución: conocer gente. Hablar con otros, interesarte por sus emociones, preguntar, compartir, interpretar, analizar.
Si las neuronas espejo juegan un papel tan relevante en nuestra forma de experimentar la ficción ¿te imaginas el que tienen en nuestro día a día?
Exacto.
La empatía, la capacidad de ponernos en la piel de los demás, es oro a la hora de extraer matices narrativos. Pero para que funcione en condiciones debemos entrenar dos aspectos fundamentales: nuestra capacidad de escucha y nuestra curiosidad. Todo ello sin olvidar a la piedra angular de todo esto: vive y experimenta cosas diferentes, toma el sol, toca hierba, vete a sitios, haz amigas…
Cuanto más rico sea tu universo emocional y, sobre todo, más capaz seas de analizarlo y comprenderlo, más sabor y peculiaridades podrás añadir a cualquiera que sea la base que escojas y en cualquiera de los ámbitos que forman parte de la narración. Si no quieres caer en el tópico ni en el tropo muerto, ya sabes.
