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Así son las cosas

¿Sabéis esos disclaimer que a veces aparecen en películas con el enunciado «Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia»? Pues si este texto fuera una película no lo veríais aparecer en ningún momento.

Dicho lo dicho, lo que sí ha de ir por delante es que lo que vais a leer no pretende mover conciencias, ni denunciar nada, entre otras cosas porque entraríamos más en el campo de la moral y la decencia y no tanto en el de la ilegalidad… aunque la línea entre ambos es más delgada que la radiografía de un suspiro. Es una simple descripción de hechos acaecidos a lo largo de los años, vividos en primera persona o sufridos en carnes ajenas a las que tengo especial cariño.

¿Y todo esto para qué? Pues porque este tipo de prácticas son algo habitual en el cómic español de hoy en día, pero parece que muchos se empeñan en ponerse un antifaz y seguir vendiendo esto como si fuera una fábula para niños que aún creen en los Reyes Magos. Y va a ser que no, queridas y queridos. Como decía la gran Terele Pávez en Las Brujas de Zugarramurdi, a mí los que me dan miedo son los hijos de puta…

El NO TAN extraño caso del youtuber inculto

Tenemos a Pompilio Trompeta, un joven guionista con ganas de comerse el mundo y el tiempo libre para hacerlo. Ha decidido poner todos los huevos en la misma cesta y piensa que puede ganarse la vida con esto de escribir historias. Ha hecho ya unos cuantos proyectos, algunos contactos y esto ha llevado a que su nombre llegue hasta una editorial de las que tienen peso cuando su sello va en portada.

Se ponen en contacto con él para que haga el guion de un manga que se le ha ocurrido a un youtuber de estos que tiene muchos seguidores. La cantidad de la que se habla está bastante bien para lo que Pompilio ha visto hasta la fecha, así que las posibles reticencias desaparecen porque hay que pagar las facturas y llenar la nevera. Hay una primera reunión con la persona responsable de la línea editorial específica de esa colección y el youtuber. Presentaciones, quién es cada uno, qué ha hecho, y claro, qué quiere que se haga la verdadera estrella del espectáculo. Hasta ahí, nada que no se esperase: lidiar con las gilipolleces que salen de la boca de alguien a quien nadie le ha dicho que lo que dice son gilipolleces. Pompilio se conciencia de que va a ser un mero instrumento de las pajas mentales de este muchacho, y que si luego ese no se vende más que a sus seguidores será un problema de la editorial.

En la segunda reunión viene el problema real. Hace su aparición la persona que han contratado para llevar el apartado gráfico. Posiblemente igual de idiota que el youtuber y con las mismas ínfulas. En medio de la reunión, deja caer que las ideas del famosillo de medio pelo son tan claras que quizá él mismo podría escribir la historia. Pompilio no dice nada, pero se huele lo que va a pasar. Un día después de la reunión, recibe una llamada de la editorial diciendo que las condiciones han de cambiar porque el youtuber va a escribir la historia y él «solo» tendrá que ordenar las ideas y hacer unos diálogos acorde a lo que la historia va contando. Por supuesto, los emolumentos disminuyen de lo que le habían prometido porque el trabajo va a ser menor de lo que en un principio iba a ser. De la misma manera, al no formar parte de la construcción de la historia, su nombre no podrá aparecer en los créditos. Ante semejante jarro de agua fría, solo queda tirar para adelante y Pompilio se agarra al más vale pájaro en mano. Lo que sí hace es cortar de raíz cualquier vía de transmisión que pudiera tener con las otras partes. A partir de ahí solo se comunicaría por medio de persona interpuesta, ni ganas de hablar con imbéciles y trepas.

A lo largo de los meses le empiezan a llegar capítulos en unos archivos Word de los que aún guarda copia. Al abrir el primero, casi se tiene que lavar los ojos con salfumán. Ya no es solo que las ideas no tuvieran ni pies ni cabeza, que eso era algo que se podría esperar. Es que las faltas de ortografía eran tan aberrantes que Pompilio no sabía si lo había hecho un niño de 6 años sin escolarizar. Su cabeza por aquel entonces todavía pensaba en que aquí había una maquinaría medio seria que se podía denominar industria del cómic. Esos pensamientos empezaron a resquebrajarse cuando se dio cuenta que muchas, por no decir la mayoría, de los que deciden lo que se publica y no se publica, no tienen ni puta idea de qué va esto. Son comerciales en el mejor de los casos. Cero entendimiento del medio, de lo que supone el proceso de creación, de lo que es una buena historia o un pegote. Tras este aldabonazo en la jeta, que con el tiempo me consta que agradeció, se propuso ser un mero peón que dedicaba el tiempo justo y necesario para ordenar un rompecabezas de piezas idénticas. ¿Queréis mierda? Mierda vais a tener.

Tras múltiples entregas y un trabajo con el piloto automático encendido, se llega al final, se cobra y adiós muy buenas. Pasan los meses y se anuncia el lanzamiento. Pompilio recibe una llamada de la intermediaria que le pregunta si no le ha llegado un ejemplar. No, ni ganas, seguro que pensó para sus adentros. A las semanas acabó llegando y sé de buena tinta que tenía un interés tal, que no le dio ni por abrirlo para ver el resultado final.

DE trepas andamos sobrados

Tenemos a Teofilía Pechoabierto, una autora que ha trabajado duro durante mucho tiempo para llegar donde estaba. Empezó colaborando en pequeños fanzines, pero siempre con la vista puesta en poder ganarse la vida con su pasión, ser colorista. Pocas veces se habrá visto tal nivel de compromiso por mejorar. Su determinación y ética de trabajo la acabaron llevando a encargos cada vez más importantes. Hasta tal punto, que lo que empezó siendo una sustitución en una colección para un sello americano, acaba con su nombre apareciendo mes a mes en esa y otras colecciones del mismo sello.

Como complemento a su principal fuente de ingresos, y ya con su nombre resonando en varios medios especializados, le van saliendo proyectos puntuales dentro de nuestras fronteras. Uno de ellos, lo lleva a colaborar con gente a la que conoce en mayor o menor medida. El impulsor de este proyecto es un personaje un tanto peculiar al que conoce de intercambiar mensajes en redes sociales y verlo en algún evento local. Es como esos músicos que tienen un one-hit wonder y se pasan el resto de los años viviendo de ese éxito puntual. Para que nos entendamos, a partir de ahora vamos a referirnos como Los del Río cuando hablemos del susodicho. Solo que ya quisiera él haberlo petado como los nazarenos. Su éxito se circunscribió a lo nacional y tampoco fue una locura. Solo que en su cabeza sí que lo fue, y eso lo llevó a una escalada de declaraciones públicas en las que se iba poniendo en ridículo, a la vez que echaba por tierra lo que había construido hasta ese momento, fuese poco o mucho. La cuestión es que no cejó en seguir sacando rentabilidad a ese «éxito» y no se puede decir que en ese empeño haya fracasado. La labor comercial no ha sido mala, y en uno de esos movimientos consigue convencer a una editorial de montar este tomo en el que nuestra Teofilía participa. Hasta ahí nada raro. Todo el mundo cobra lo suyo, o eso creo hasta donde yo sé. La parte que chirría viene años más tarde.

Teofilía está instalada en una posición en la que pocos compañeros de esta comunidad han estado. Ha seguido perseverando en mejorar sus habilidades e incorporar nuevas. El reconocimiento a su tenacidad te devuelve la fe en que hay algo de justicia para los que la merecen. Pero luego vienen los trepas y se ciscan en esa justicia. Los del Río, como hemos convenido en llamar al personaje en cuestión, consigue volver a mover otra vez su one-hit wonder. Nada que objetar si se lo compran una vez ha recuperado los derechos. Es más, me quito el sombrero ante semejante maniobra. Lo que chirría por todos los lados es que nadie, ni él, ni la nueva editorial, avisen a Teofilía de que va a salir una nueva versión de un proyecto en el que va su nombre en los créditos. Es más, ¿se podría decir que su nombre en los créditos es un valor añadido si tenemos en cuenta su actual situación laboral? Soy de los que piensan que sí. Pero Teofilía se queda a cuadros cuando un amigo le avisa de esto. Tampoco quiere nada de todo esto. Su carrera está situada en una liga muy diferente. Pero un simple aviso hubiera estado bien, máxime cuando el trepa promociona el lanzamiento de su nueva versión etiquetando la cuenta de IG de nuestra afamada colorista.

sal ratita, quiero verte la colita

Tenemos a Pluribuo Unume, un guionista que aparte de su faceta como escritor, tiene entre ceja y ceja la pelea por la mejora de los derechos de un colectivo alta e históricamente denostado por la mal llamada industria del cómic nacional. Con mucho esfuerzo y una dedicación que le resta horas a su trabajo y su vida personal, consigue montar una asociación junto con otros amigos y/o colegas de profesión.

El primer acelerón los lleva a una posición en la que ninguna otra asociación había estado. Se van sumando más agremiados al ver que de verdad hay movimiento y unos objetivos. Empiezan los problemas inherentes a cualquier grupo de personas en las que hay una serie de tareas a repartir. Hay algunos que se limitan a pagar su cuota por si en algún momento fuera necesaria la ayuda de la asociación. Pero esos no son a los que me refiero con el subtítulo que seguro que os suena si sois algo cinéfilos. El verdadero tumor que va minando desde dentro la vida de la asociación es el hecho de que las tareas se repartan siempre entre los mismos asociados.

Y aquí es donde entra en juego la persona que se ha ganado por derecho propio el apelativo de Rata. Esta sí que es al que le dedico el subtítulo que dicho en boca de Max Cady tiene hasta gracia. Lo que no fue tan gracioso es tener a esta ratita aprovechando cada beneficio que surgía de pertenecer a la asociación, mientras no aportaba nada en el proceso. Voluntarios para una colaboración en un evento en el que se paga la participación… la primera que levantaba la mano. Hace falta un relevo para los que ya se han chupado las tareas desde que se constituyó la asociación… cri cri (sonido de grillos).

Pero el culmen del arribismo llegó cuando se pidieron voluntarios para representar a la asociación en una entidad de mayor calado, que se supone que aglutinaba los intereses de todas las asociaciones relacionadas con el mundo del cómic en España. Y ese «se supone» no lo he puesto en mayúscula y negritas por la estética, pero ganas me han dado. La cuestión es que nuestra hacendosa ratita sale elegida (que conste) para esa tarea y, aunque con reticencias al principio, le debió coger el gusto a eso de aparecer en las fotos y demás, porque ya no la quiso soltar. Si la anécdota se quedara ahí pues bueno, tampoco sería tan raro a poco que sepas de qué pie cojea. Lo bizarro vino cuando se desmarcó diciendo que el representante de la asociación en esta entidad global no era ella. En su cabeza había sido elegida (¿por quién?) para un ámbito concreto y que solo se representaba a sí misma, no a la asociación. ¿El motivo de esta chaladura? Pues lo único que tenía un poco de sentido es que, diciendo esa tontería, no tuviera la obligación de defender los intereses de la pequeña asociación y al mismo tiempo nadie le podía tomar el relevo. Eso sí, cuando se volvía a reunir con Pluribuo Unume y los demás, no se le caía la cara de vergüenza (porque para eso hay que tenerla) con las cuestiones que se iban aprobando en la entidad global y que no iban en sintonía con las ideas con que la asociación nació.

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